A Anacaona la ahorcaron por orden de un gobernador español, no de Colón. Varios medios en español siguen confundiéndolo
Anacaona gobernó el cacicazgo de Jaragua, en el actual Haití, y fue ejecutada en 1503 tras una matanza que un gobernador español justificó como respuesta a una conspiración nunca probada. Cristóbal Colón llevaba años fuera del poder cuando ocurrió.
Un titular que atribuye su muerte al hombre equivocado
Varios artículos en español publicados en los últimos años, incluidos algunos en medios de alcance masivo, resumen la historia de Anacaona con una fórmula parecida: "la cacica que desafió a Cristóbal Colón y murió por ello". Es una frase que se repite con tanta naturalidad que pocos lectores se detienen a comprobar la cronología. Cristóbal Colón había sido destituido como gobernador de las Indias en 1500, procesado y enviado de vuelta a España encadenado; murió en Valladolid en 1506. Anacaona fue ejecutada en 1503, no por Colón, sino por Nicolás de Ovando, el tercer gobernador de La Española, en un episodio que ni siquiera guarda relación directa con ningún encuentro documentado entre ella y el propio Almirante. Colón sí había tratado con Anacaona años antes, en términos que las crónicas describen como cordiales; el hombre que ordenó su muerte fue otro, y confundir a ambos en un titular no es un matiz menor, sino el primer síntoma de lo poco que se ha revisado, en español, la historia real de la última gran cacica taína.
La hermana de un cacique, casada por razones de Estado con el cacique más temido de la isla
Anacaona nació hacia 1474 en Yaguana, en el cacicazgo de Jaragua, al suroeste de la actual isla de La Española, hermana de Bohechío, el cacique que gobernaba ese territorio. Hacia 1475, su hermano concertó su matrimonio con Caonabo, cacique de Maguana y uno de los líderes indígenas que con más firmeza se había enfrentado a los primeros asentamientos españoles en la isla; la alianza buscaba, además, reforzar la posición de Jaragua frente a las incursiones de guerreros caribes procedentes de otras islas. Anacaona pasó, según las fuentes disponibles, buena parte de su vida en Jaragua más que junto a su marido, que tenía varias esposas y la situaba, según los cronistas, entre las de mayor rango. Tuvieron una hija, Higuenamota. Caonabo fue capturado en 1496 por el conquistador Alonso de Ojeda tras la batalla de la Vega Real, desterrado y muerto poco después, sin que Anacaona, viuda ya de un hombre que había resistido militarmente a los españoles, dejara de mantener por entonces una relación relativamente cordial con la administración colonial.
Una cacica que gobernó sola desde el año 1500, y que la propia colonia trataba con respeto
A la muerte de su hermano Bohechío, hacia el año 1500, Anacaona se convirtió en cacica de Jaragua por derecho propio. Las fuentes disponibles describen una gobernante con autoridad real y no meramente simbólica sobre la administración del cacicazgo, capaz de organizar el pago de tributos en pan de casabe y algodón a las autoridades españolas y de agasajar con regalos de lujo a los funcionarios coloniales que la visitaban; había recibido, además, a Bartolomé Colón, hermano del Almirante, en 1496 y 1497, en encuentros que las crónicas de la época describen sin sobresaltos. Nada de eso la protegería, pocos años después, de la llegada de un gobernador con una estrategia distinta hacia los cacicazgos que aún conservaban cierta autonomía.
Trescientos hombres, una fiesta de bienvenida y una masacre planeada
En 1502 llegó a la isla Nicolás de Ovando como nuevo gobernador de La Española. Tras someter militarmente la región de Higüey, se dirigió en 1503 hacia Jaragua al frente de unos trescientos hombres. Anacaona, lejos de sospechar la trampa, organizó una recepción para el gobernador español y convocó a decenas de caciques y señores de su territorio a que acudieran a la ciudad para recibirlo, celebrarlo y rendirle homenaje. Según el relato de fray Bartolomé de las Casas, testigo indirecto de aquel periodo y una de las voces más críticas con el trato dado a la población indígena, Ovando hizo encerrar a un número de caciques que las fuentes sitúan entre cuarenta y ochenta en un bohío y ordenó prenderle fuego, quemándolos vivos. A Anacaona la trasladaron a Santo Domingo, donde permaneció presa y fue sometida a tortura durante tres meses antes de ser ahorcada en la plaza pública.
Cuatro cronistas, cuatro versiones distintas de por qué ocurrió
Aquí es donde la honestidad histórica exige exponer las versiones por separado, porque ni siquiera los relatos más próximos en el tiempo a los hechos coinciden en su justificación. Bartolomé de las Casas sostuvo que este tipo de matanzas respondía a una estrategia deliberada de los españoles para "infundir y engendrar miedo" entre la población indígena de toda la isla. El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, mucho más favorable a la versión oficial colonial, afirmó que Ovando había sofocado una conspiración secreta que los caciques estaban tramando contra los españoles, una acusación de la que ninguna fuente independiente aporta pruebas más allá del propio relato de los responsables de la matanza. El cronista posterior Antonio de Herrera y Tordesillas ofreció una tercera lectura, más defensiva todavía: que Ovando actuó por temor a un ataque inminente mientras era, formalmente, huésped de Anacaona. Historiadores modernos como Juan Pérez de Tudela, Ursula Lamb o Troy S. Floyd han propuesto una cuarta explicación, menos centrada en la conspiración y más en el móvil económico: los caciques de Jaragua se habrían resistido a entregar alimentos y mano de obra para las minas, y la matanza habría sido, sencillamente, un castigo ejemplar por esa resistencia.
El ángulo menos contado: una mujer convertida, siglo tras siglo, en lo que cada época necesitaba que fuera
Aquí está la parte de la historia de Anacaona que rara vez se explica con el detalle que merece, y que un estudio académico publicado en 2016 sobre la construcción de su figura en la España del siglo XIX documenta con precisión: la Anacaona que hoy circula en canciones, poemas y novelas es, en gran medida, una reconstrucción hecha por generaciones posteriores que rara vez coincidieron entre sí sobre qué representaba. El poeta británico Alfred Tennyson la convirtió en 1830 en un símbolo de "buena salvaje" habitando un paraíso edénico, una imagen que reflejaba más la ambivalencia europea hacia el colonialismo que ningún dato real sobre su gobierno. La escritora dominicana Salomé Ureña, en 1880, escribió sobre ella para reforzar una identidad hispánica frente a otras lecturas del Caribe. La novela Enriquillo (1879-1882), de Manuel de Jesús Galván, convirtió a su hija Higuenamota en abuela del protagonista. Un siglo después, el escritor haitiano Jean Métellus la retrató en una obra de teatro de 1986 como una gobernante fuerte que pactaba la paz mediante alianzas matrimoniales, en lo que la crítica ha interpretado como una respuesta al afrocentrismo del régimen de los Duvalier. Cada época, en otras palabras, ha rehecho a Anacaona a su medida, y esa acumulación de relecturas es la que ha terminado por sepultar, bajo capas sucesivas de símbolo, a la gobernante real cuya autoridad sobre Jaragua está, en cambio, razonablemente bien documentada por las propias crónicas coloniales.
Ni siquiera la salsa se libra de la reinterpretación
La canción "Anacaona", compuesta originalmente por el puertorriqueño Tite Curet Alonso y popularizada por Cheo Feliciano en 1971, incorpora fragmentos de un supuesto "areíto de Anacaona" que la tradición atribuye a guerreros que la honraban en vida; la investigadora Olivia Tracy ha sostenido que esa canción contribuyó, décadas después, a alimentar la identidad indígena dentro del movimiento chicano en Estados Unidos, muy lejos ya del contexto caribeño original. Ninguno de esos versos, hay que decirlo con la misma honestidad, procede de un registro contemporáneo a la propia Anacaona: como sus poemas y composiciones para areítos, que las crónicas mencionan mencionar pero que no sobrevivieron, casi todo lo que hoy se canta o se recita en su nombre es una reconstrucción posterior, valiosa como memoria cultural, pero no como fuente histórica primaria.
Por qué esta historia importa hoy
Que el episodio más citado sobre Anacaona en español siga atribuyéndose, en pleno siglo XXI, al hombre equivocado —Colón en lugar de Ovando— no es un simple desliz periodístico: es un síntoma de hasta qué punto la última cacica de Jaragua sigue circulando más como símbolo genérico de la conquista que como una gobernante con una biografía política concreta, documentada por cronistas que, encima, no llegaron a ponerse de acuerdo sobre por qué ordenaron su muerte. Quinientos veintitrés años después de aquella matanza, la pregunta que todavía divide a los historiadores no es si Anacaona gobernó con autoridad real sobre su pueblo —eso lo confirman las propias crónicas españolas—, sino qué justificó, más allá de la propia conveniencia colonial, que un gobernador quemara vivos a decenas de caciques que habían acudido, desarmados, a rendirle homenaje.