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La Paz de las Damas: cómo Margarita de Austria negoció en 1529 lo que los reyes no podían

Viuda del heredero de los Reyes Católicos y tía de Carlos V, propuso que la paz con Francia la cerraran dos mujeres. En Cambrai, en tres semanas, lo logró.

✍️ Montse 📅 02 de October de 2026 ⏱ 8 min de lectura 👁 14 visitas
Dos pergaminos con sellos de cera colgantes colocados frente a frente sobre una mesa de roble, con dos plumas en un tintero, unos guantes de cuero bordado y un rosario de ámbar, ante un tapiz y una ventana gótica

Margarita de Austria y la Paz de las Damas: una propuesta escrita en una carta

A comienzos de 1529, Europa llevaba casi una década de guerra entre Carlos V y Francisco I de Francia. El rey francés había sido derrotado y hecho prisionero en Pavía, había firmado en Madrid un tratado que después repudió y había dejado a sus dos hijos mayores como rehenes en España. Las tropas imperiales habían saqueado Roma. Ninguno de los dos monarcas podía dar el primer paso hacia la paz sin parecer humillado. En ese punto muerto, la gobernadora de los Países Bajos, Margarita de Austria, escribió a su sobrino el emperador con una idea poco común. Según la biografía que publica Tudor Times, le explicó que se habían cruzado tantos insultos de palabra y por escrito que ninguno de los dos soberanos podía comprometer su dignidad cediendo, pero que las damas no tenían esas mismas nociones de honra. La propuesta era que negociaran ella y la madre del rey francés, Luisa de Saboya. Así nació la Paz de las Damas, firmada en Cambrai en el verano de 1529. En español se cita en los manuales en una línea. Casi nunca se explica cómo se gestó.

Princesa de Asturias durante seis meses

Margarita llegó a Cambrai con una biografía que ya parecía una novela. Nació en Bruselas el 10 de enero de 1480, hija del archiduque Maximiliano de Austria, futuro emperador, y de María de Borgoña. Siendo niña la prometieron al delfín de Francia, el futuro Carlos VIII, y se crió en la corte francesa hasta que él la repudió en 1491 para casarse con Ana de Bretaña.

Su segundo destino fue España. Maximiliano y los Reyes Católicos pactaron un doble matrimonio: su hermano Felipe el Hermoso se casaría con la infanta Juana, y ella con el príncipe Juan, heredero de Castilla y Aragón. En enero de 1497 embarcó en Flesinga. El viaje fue tan violento que, según la tradición que recogen sus biógrafos, compuso su propio epitafio por si naufragaba: aquí yace Margot, la noble doncella, que tuvo dos maridos y murió virgen. La flota tuvo que refugiarse en Southampton y llegó por fin a Santander a comienzos de marzo; unas fuentes dicen el día 6 y otras el 8.

La boda se celebró en Burgos. Tampoco aquí coinciden las fechas: History of Royal Women la sitúa el 19 de marzo, mientras que Tudor Times y otras biografías hablan del 3 de abril, Domingo de Ramos, que pudo ser la ceremonia solemne final. Lo que sí está claro es el desenlace. El príncipe Juan murió en Salamanca el 4 de octubre de 1497, con diecinueve años. Margarita estaba embarazada y dio a luz a una niña muerta, en abril de 1498 según la mayoría de las fuentes, aunque alguna lo adelanta a finales de 1497. La muerte del heredero cambió la historia de España: la corona pasó a Juana y, a través de ella, a la casa de Austria.

Dos años en Castilla

Margarita permaneció en Castilla hasta 1499, al lado de Isabel la Católica. Una tesis doctoral defendida en 2022 en la Universidad de Valladolid sostiene que esos dos años fueron decisivos para forjar el talento político y la afición por las artes que mostró después como gobernadora. Según History of Royal Women, la reina le pidió incluso que enseñara francés a la infanta Catalina, la futura Catalina de Aragón.

Gobernar sin corona

En 1501 se casó con Filiberto II de Saboya, que murió en 1504. Ese matrimonio tendría consecuencias veinticinco años después: Filiberto era hermano de Luisa de Saboya, de modo que Margarita y Luisa eran cuñadas. Además, se conocían desde niñas, porque se habían criado juntas en la corte francesa.

En 1507, tras la muerte de su hermano Felipe, su padre la nombró regente de los Países Bajos y tutora del pequeño Carlos. Según la Británica, gobernó de 1507 a 1515 y de nuevo desde 1519 hasta su muerte; Carlos, declarado mayor de edad, la volvió a llamar cuando tuvo que ocuparse de sus reinos españoles y de la corona imperial. Desde su corte de Malinas mantuvo una política exterior favorable a Inglaterra y reunió una de las grandes colecciones artísticas de su tiempo.

Cambrai, julio de 1529

A finales de 1528, el cardenal Wolsey, ministro de Enrique VIII de Inglaterra, sugirió que Margarita podía mediar entre los dos monarcas. Ella aceptó y propuso el encuentro directo con Luisa. Carlos y Francisco dieron a ambas plenos poderes para cerrar la paz.

Margarita llegó a Cambrai el 5 de julio de 1529. Las fuentes discrepan sobre cómo lo hizo: Tudor Times afirma que rechazó llevar guardia armada como gesto de confianza, mientras que el podcast histórico Englandcast la describe llegando en litera rodeada de veinticuatro arqueros. Luisa llegó un par de horas después, acompañada de su hija, Margarita de Angulema, reina de Navarra. Los dos monarcas no estaban presentes, aunque intentaron influir por carta.

Las conversaciones duraron casi tres semanas. Hubo un primer intento fallido de acuerdo el 24 de julio y el texto se ratificó el último día del mes. La fecha oficial del tratado tampoco es unánime: la Británica y la enciclopedia noruega dan el 3 de agosto, y la Wikipedia, el 5 de agosto, día en que ambas mujeres acudieron en procesión a la catedral para la misa solemne en la que se proclamó la paz.

Qué se firmó

Según la Británica, Francisco I renunció a sus pretensiones en Italia y a su soberanía feudal sobre Flandes y Artois. Carlos V, a cambio, aceptó no reclamar de momento el ducado de Borgoña y recibir dinero por la liberación de los dos príncipes franceses, Francisco y Enrique, el futuro Enrique II. Las fuentes en español cifran el rescate en dos millones de escudos de oro. Francisco se comprometió además a casarse con Leonor de Austria, hermana del emperador y viuda del rey de Portugal. Margarita obtuvo para sí el condado de Charolais, que volvería a Francia a su muerte.

El ángulo menos contado: por qué tenían que ser dos mujeres

La lectura habitual presenta la Paz de las Damas como una curiosidad. La carta de Margarita sugiere algo más calculado. Su argumento no era que las mujeres fueran más pacíficas, sino que no estaban atrapadas en el código de honor que obligaba a los reyes a no ceder. Dos negociadoras con plenos poderes permitían que Carlos y Francisco aceptaran concesiones sin firmarlas en persona. Que fueran cuñadas y se conocieran desde la infancia facilitaba la confianza. Un capítulo académico publicado por Springer insiste en que es un ejemplo raro de tratado negociado por mujeres y que solo se entiende a la luz de sus carreras previas: Margarita no llegaba como tía del emperador, sino como princesa viuda de Asturias, duquesa viuda de Saboya y veterana de dos décadas de gobierno.

Conviene no exagerar el resultado. En lo esencial, el acuerdo reproducía el Tratado de Madrid con algunas concesiones, y la Británica recuerda que solo confirmó temporalmente la hegemonía española en Italia. La guerra volvió en la década siguiente y la rivalidad no se cerró hasta Cateau-Cambrésis, en 1559. Fue una tregua bien negociada, no una paz perpetua.

Por qué importa hoy

Margarita de Austria murió en Malinas el 1 de diciembre de 1530, dieciséis meses después de Cambrai, y fue enterrada junto a Filiberto en el monasterio de Brou, que ella misma había mandado construir. La sucedió como gobernadora su sobrina María de Hungría. En España, su historia sobrevive en un lugar inesperado: el pintor Francisco Jover y Casanova representó la firma del tratado en un lienzo que obtuvo tercera medalla en la Exposición Nacional de 1871 y que hoy pertenece a la colección del Museo del Prado. Su lema personal jugaba con las palabras fortuna e infortunio. Pocas biografías lo justifican tanto. La pregunta que deja Cambrai sigue abierta: cuántas paces se han perdido porque nadie encontró una forma de ceder sin perder la cara.

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