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A los 66 años, sin salón literario ni título académico, escribió el alegato feminista más audaz de la Ilustración española

Inés Joyes y Blake, hija de comerciantes irlandeses afincados en Málaga, escondió su ensayo más incendiario dentro de una carta a sus propias hijas. Nadie de su época respondió a sus argumentos.

✍️ Montse 📅 05 de September de 2026 ⏱ 8 min de lectura 👁 9 visitas
A los 66 años, sin salón literario ni título académico, escribió el alegato feminista más audaz de la Ilustración española

Una carta a sus hijas que escondía un desafío en toda regla

En 1798, la imprenta madrileña de Sancha publicó una traducción española de Rasselas, la novela filosófica del escritor inglés Samuel Johnson, dedicada a la condesa-duquesa de Benavente. El nombre de Johnson no aparecía en la portada. La traductora, en cambio, aprovechó las últimas treinta páginas del volumen para colar un texto propio, presentado como una carta privada dirigida a sus hijas y titulado Apología de las mujeres. Bajo esa apariencia doméstica e inofensiva se escondía uno de los alegatos más contundentes que se escribieron en español, en todo el siglo XVIII, sobre la igualdad intelectual entre hombres y mujeres. Su autora, Inés Joyes y Blake, tenía entonces sesenta y seis años, ninguna formación académica reconocida y ninguna posición en los círculos ilustrados de Madrid. Escribía, sencillamente, desde Málaga, donde había pasado casi toda su vida adulta como esposa de un comerciante.

Hija de comerciantes irlandeses en la España de mediados del siglo XVIII

Inés Joyes nació en Madrid el 27 de diciembre de 1731, tercera de seis hermanos en una familia de comerciantes católicos irlandeses: su padre procedía de Galway y su madre, pese al apellido compartido, de Nantes. El negocio familiar combinaba banca y comercio internacional, un entorno que le proporcionó, casi con seguridad, cierto acceso a lecturas e idiomas poco habituales entre las niñas burguesas de su tiempo, aunque no hay constancia de que recibiera una educación formal comparable a la de sus hermanos varones. Su padre murió cuando ella tenía trece años, dejando a su madre al cargo de los hijos menores. En 1752 se casó con Agustín Blake, socio comercial emparentado con su propio tío, en un enlace que trajo consigo una dote considerable y que trasladó a la pareja primero a Málaga y después a Vélez-Málaga, siguiendo los negocios de su marido. Tuvieron nueve hijos: cuatro niñas y cinco niños.

Treinta años de matrimonio y una viudez que la dejó al frente de todo

Agustín Blake murió el 16 de junio de 1782, tras treinta años de matrimonio, dejando a Inés, entonces de cincuenta y un años, al frente de la gestión de los intereses familiares, la negociación de los matrimonios de sus hijos y la resolución de disputas de herencia. Un viajero inglés, Joseph Townsend, dejó constancia en 1786 de haber sido recibido con generosa hospitalidad «bajo el techo de la señora Blake», elogiando la calidad de la conversación que allí se ofrecía. Todo indica que Inés Joyes era, para cuando empezó a escribir su ensayo más conocido, una mujer de sesenta y tantos años con una vida ya prácticamente cerrada: viuda, con los hijos criados, sin necesidad aparente de demostrar nada ni de abrirse camino en ningún círculo literario.

Por qué eligió esconderse detrás de un traductor inglés

Esa misma falta de ambición pública explica, en parte, la estrategia retórica que empleó. Publicar un ensayo firmado abiertamente por una mujer sin credenciales académicas, y sin la protección de una posición aristocrática, habría expuesto a Joyes a un escrutinio que su posición social no podía permitirse fácilmente. En su lugar, escondió el argumento detrás de tres capas de protección: lo presentó como apéndice de la traducción de un autor extranjero ya consagrado —Johnson, además, reconocido defensor del talento femenino en sus propias novelas—; lo dedicó a una de las mujeres más poderosas de la aristocracia española, la duquesa de Osuna; y lo enmarcó, formalmente, como una carta privada de una madre a sus hijas, un género que ninguna autoridad de la época podía calificar de intromisión indebida en el debate público.

Lo que de verdad dice el texto, con sus propias palabras

El contenido, sin embargo, no tiene nada de privado ni de tibio. Joyes denuncia abiertamente la contradicción con la que la sociedad trataba a las mujeres, «unas veces idolatradas como deidades y otras despreciadas aún de hombres que tienen fama de sabios», y rechaza de plano la idea de que la capacidad intelectual femenina fuera inferior por naturaleza: «que el mayor talento esté anexo a la mayor robustez es idea de que se reirá toda persona juiciosa». Critica un sistema educativo que reduce la formación de las niñas a lo mínimo indispensable —«aprenden a leer y escribir, y esto no todas»— y denuncia el doble rasero moral que exige castidad y recato a las mujeres mientras tolera, e incluso premia socialmente, la persecución masculina hacia ellas. Defiende, además, algo que en 1798 resultaba prácticamente impensable de expresar por escrito: que ni el matrimonio ni la maternidad debían considerarse el único horizonte vital aceptable para una mujer, aunque reconoce el valor de los deberes domésticos cuando se ejercen por elección y no por obligación exclusiva.

El ángulo menos contado: escribió como quien ya ha vivido lo que critica, no como quien fantasea con ello

Aquí está el matiz que distingue a Inés Joyes de otras autoras ilustradas españolas de su generación, como Josefa Amar y Borbón, más conocida y mejor conectada con las academias de su tiempo. Joyes no escribía desde la teoría ni desde la frustración de una vocación negada: escribía después de haber sostenido, con aparente éxito, treinta años de matrimonio y nueve hijos, y advertía precisamente por eso que «las expectativas matrimoniales a menudo decepcionan» y que una mujer confinada al horizonte doméstico encuentra más difícil hallar compensaciones a sus sinsabores que un hombre, que dispone de ocupaciones públicas y espacios sociales propios. No es la denuncia de alguien que no ha probado el sistema que critica, sino la de alguien que lo probó a fondo, con relativo éxito según los criterios de su época, y aun así concluyó que dejaba a las mujeres en desventaja.

Un silencio casi total, y una vida que terminó demostrando lo que había escrito

Pese a lo audaz de sus planteamientos, la Apología de las mujeres no generó, hasta donde puede documentarse, ninguna respuesta ni polémica pública en su momento: ni elogios entusiastas, ni ataques indignados, ni referencias posteriores en la prensa ilustrada española que sí discutió, por ejemplo, los textos de Josefa Amar y Borbón. Joyes murió en algún momento posterior al 16 de octubre de 1806, fecha en que se ejecutó su último testamento, con unos setenta y cinco años. Ese testamento resulta, en cierto modo, la coda perfecta de su ensayo: reparte los bienes por igual entre todos sus hijos sin distinción de sexo, muestra una preocupación explícita por sus parientes femeninas y por el bienestar de las sirvientas que llevaban años a su servicio, y rechaza los funerales ostentosos en favor de una religiosidad discreta. Es la prueba de que su defensa de la solidaridad entre mujeres no se quedó en el papel.

Por qué esta historia importa hoy

Doscientos años después de escrita, la Apología de las mujeres sigue siendo, sobre todo, un texto de nicho: citado en estudios académicos sobre el feminismo ilustrado español, catalogado en la Biblioteca Nacional, pero prácticamente ausente de cualquier reportaje pensado para un lector general. Que uno de los alegatos más claros y mejor argumentados sobre la igualdad intelectual entre hombres y mujeres escritos en español en todo el siglo XVIII llevara la firma discreta de una comerciante malagueña de sesenta y seis años, sin salón literario ni respaldo institucional, y que ese texto haya tardado más de dos siglos en encontrar algo parecido a un lector fuera de la academia, plantea una pregunta incómoda sobre cuántas otras voces femeninas de la Ilustración española siguen esperando, escondidas dentro de traducciones, dedicatorias y cartas privadas, a que alguien decida por fin leerlas como lo que realmente son.

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