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Escribió por obediencia en papeles de contabilidad y su primer libro se imprimió en Filadelfia: la Madre Castillo, la monja de Tunja que Colombia considera su primera escritora.

Francisca Josefa del Castillo pasó más de cincuenta años en un convento de clarisas y nunca quiso publicar. Setenta y cinco años después de su muerte, un sobrino llevó su autobiografía a una imprenta de Estados Unidos.

✍️ Montse 📅 27 de September de 2026 ⏱ 8 min de lectura 👁 40 visitas
Escribió por obediencia en papeles de contabilidad y su primer libro se imprimió en Filadelfia: la Madre Castillo, la monja de Tunja que Colombia considera su primera escritora.

La Madre Castillo, primera escritora de Colombia: una obra que no estaba pensada para leerse

Algunas de las páginas más estudiadas de la literatura colonial hispanoamericana se escribieron en sobres, en libros de cuentas de un convento y en el cuaderno de gastos de un cuñado. Su autora, Francisca Josefa del Castillo y Guevara, una monja clarisa de Tunja conocida como la Madre Castillo, no escribía para publicar: lo hacía porque sus confesores se lo ordenaban. Hoy la Wikipedia en inglés la presenta como la primera escritora documentada de lo que ahora es Colombia, y en el siglo XX el crítico Antonio Gómez Restrepo la situó entre los cuatro grandes escritores de la América colonial, junto a Juan Ruiz de Alarcón, sor Juana Inés de la Cruz y el Inca Garcilaso de la Vega. Pero su primer libro no apareció en Tunja ni en Bogotá, sino en Filadelfia, en 1817. Cómo llegaron hasta allí los papeles de una monja de clausura es una historia que casi nunca se cuenta.

Una niña que se escondía para llorar

Nació en Tunja, en el Nuevo Reino de Granada, el 6 de octubre de 1671, según la Enciclopedia del Banco de la República de Colombia. Su padre, Francisco Ventura de Castillo, era un jurista nacido en Illescas, en Toledo; su madre, María Guevara Niño y Rojas, pertenecía a una familia tunjana. Sobre su lugar entre los hermanos hay discrepancia: la Wikipedia en español la describe como la menor de cuatro hijos y recoge otra versión según la cual era la quinta de nueve.

Aprendió a leer y escribir con su madre y siguió formándose por su cuenta. Según la enciclopedia del Banco de la República, su madre leía en voz alta a los hijos las obras de santa Teresa de Jesús, que la marcaron profundamente. En su autobiografía recordaría que de niña tuvo siempre una inclinación natural a la soledad y que se escondía a llorar. Con unos catorce años leía ya los Ejercicios espirituales de san Ignacio.

Cincuenta y tres años en Santa Clara la Real

A los dieciocho años, en 1689 y pese a la oposición de su familia, entró en el Real Convento de Santa Clara de Tunja, fundado en 1572. Su padre murió cuatro meses después. Profesó en septiembre de 1694 con el nombre de Francisca Josefa de la Concepción; la enciclopedia del Banco de la República da el día 23 y la Wikipedia, en sus dos versiones, el 24.

Dentro del convento hizo casi de todo. Fue sacristana, portera, enfermera, maestra de novicias y secretaria; aprendió latín, leyó la Biblia y tocaba el órgano, según la Wikipedia en inglés. Fue elegida abadesa varias veces, aunque el número no coincide: la enciclopedia del Banco de la República menciona 1716, 1729 y 1738, y recoge que otras fuentes añaden mandatos en 1715 y 1718, mientras que la Wikipedia habla de cuatro elecciones: 1715, 1718, 1729 y 1738. Con ayuda de su hermano, saneó las finanzas del convento. En 1699 acogió a su madre, ciega y paralítica, que murió allí dos años después.

La vida interior que relata no fue apacible. Según resume la enciclopedia del Banco de la República, su autobiografía recorre largos periodos de oscuridad espiritual, lo que la tradición mística llamaba la noche oscura, antes de llegar a la experiencia de unión, y describe fenómenos psicológicos intensos que ella interpretaba en clave sobrenatural. A la vez, su relato está lleno de oficios concretos del convento, de la enfermería a la portería, lo que ha permitido leerlo también como un testimonio de la vida cotidiana en una clausura colonial.

Escribir porque lo manda el confesor

La obra de la Madre Castillo nació de una práctica habitual en los conventos de su tiempo: los confesores pedían a las religiosas que pusieran por escrito sus experiencias espirituales para poder examinarlas. En 1694, el año de su profesión, el confesor Francisco de Herrera le ordenó escribir lo que sentía en la oración. Así empezaron los Afectos espirituales, un conjunto de 196 composiciones en prosa que fue escribiendo a lo largo de toda su vida, según la enciclopedia del Banco de la República. Hacia 1713, por mandato del padre Diego de Tapia, comenzó su Vida, una autobiografía espiritual, según la Wikipedia en español. Dejó además algunos poemas y escritos breves.

Una prosa hecha de metáforas y salmos

Su escritura busca contar lo que ocurre dentro del alma: los periodos de oscuridad interior, las dudas y la experiencia de unión mística. Lo hace con metáforas prolongadas y con paráfrasis de la Biblia, especialmente del Cantar de los Cantares y de los salmos. La enciclopedia del Banco de la República describe el resultado como una tela tejida con sus sueños y ensueños. La comparación con santa Teresa es inevitable, y ella misma reconocía la huella de las lecturas de su infancia.

El ángulo menos contado: de un libro de cuentas a una imprenta de Filadelfia

El detalle material es revelador. Según la enciclopedia del Banco de la República, escribió sobre los papeles que tenía a mano: sobres, libros de cuentas del convento e incluso el libro de contabilidad de su cuñado, conocido hoy como el Cuaderno de Enciso. Su hermana Catalina se había casado con el gobernador José de Enciso y Cárdenas, y ella misma ingresó viuda en el convento hacia 1738. Ninguna de esas páginas estaba destinada a la imprenta.

Murió en Tunja en 1742, con unos setenta años. La Wikipedia en español fija la fecha en el 7 de agosto; la enciclopedia del Banco de la República afirma que el día exacto se desconoce. La asistió su último confesor, el padre Diego de Moya, que certificó la autenticidad de sus escritos, y en el convento se difundió la noticia de que su cuerpo se había encontrado incorrupto un año después del entierro, una afirmación propia de la tradición devocional de la época que no puede verificarse. Sus manuscritos quedaron en Santa Clara hasta 1813, cuando pasaron a manos de su sobrino Antonio María del Castillo y Alarcón. Él hizo tres copias, buscó la autorización eclesiástica y, en 1817, publicó la Vida de la V. M. Francisca Josefa de la Concepción en la imprenta de T. H. Palmer, en Filadelfia, según coinciden la enciclopedia del Banco de la República y la Wikipedia en inglés. Ninguna de las fuentes consultadas explica por qué eligió una imprenta de Estados Unidos. Sí es un hecho que en aquellos años la Nueva Granada estaba en plena guerra y que Filadelfia era uno de los centros donde se imprimían libros en español para el mercado hispanoamericano. La primera parte de los Afectos tuvo que esperar a 1843, cuando se publicó en Bogotá con el título de Sentimientos espirituales. La edición conjunta de sus obras no llegó hasta 1942.

Hay un último giro. Según la enciclopedia del Banco de la República, en 1941 se descubrió que tres poemas copiados de su puño y letra, que se le habían atribuido, eran en realidad de sor Juana Inés de la Cruz. No hemos encontrado una segunda fuente que detalle el hallazgo, pero el dato muestra que en Tunja circulaban los versos de la monja mexicana y que la Madre Castillo los leía y copiaba. Los manuscritos originales se conservan hoy en la Biblioteca Luis Ángel Arango, en Bogotá.

Por qué importa hoy

En 1867, el escritor José María Vergara la llamó el escritor más notable que poseía su país. Hoy figura en los programas de literatura colombiana, pero fuera de Colombia es casi desconocida, eclipsada por sor Juana, su contemporánea mexicana. Su caso muestra hasta qué punto la literatura escrita por mujeres en la época colonial dependió de azares: un confesor que ordena escribir, un sobrino que conserva unos papeles, una imprenta extranjera dispuesta a publicarlos. ¿Cuántas otras obras se quedaron en los libros de cuentas de los conventos sin que nadie las llevara a la imprenta?

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