Se pintó dentro de una copa: Clara Peeters, primera mujer con muestra propia en el Prado
El Prado tardó casi dos siglos en dedicar una exposición a una mujer. Eligió a una flamenca de la que no se sabe cuándo nació ni murió y cuyo rostro solo aparece en el brillo de la vajilla.
Clara Peeters y los autorretratos escondidos en sus bodegones
En un bodegón fechado en 1612 que hoy conserva la Staatliche Kunsthalle de Karlsruhe hay flores, monedas, conchas y dos copas doradas. Quien se acerque a la copa de la derecha encontrará algo más: en las protuberancias del metal se reflejan seis diminutos retratos de una mujer con pinceles y paleta en las manos. Es la autora, Clara Peeters, pintándose a sí misma en el acto de pintar. De ella no se conoce con seguridad ni la fecha de nacimiento ni la de su muerte, ni con quién se formó, ni dónde vivió exactamente. En 2016 se convirtió en la primera mujer a la que el Museo del Prado dedicó una exposición en sus casi dos siglos de historia. La prensa española lo celebró durante unas semanas. Lo que se contó menos es todo lo que todavía no sabemos de ella y cómo acabaron sus cuadros en España.
Una pintora sin biografía
La ficha de artista del Prado lo admite sin rodeos: toda la información que tenemos sobre Clara Peeters procede de sus cuadros, y con ella solo puede reconstruirse una biografía limitada. El museo sitúa su nacimiento hacia 1588 o 1590 y supone que desarrolló su carrera en Amberes. Otras fuentes, como la Wikipedia en inglés, mencionan un documento del archivo de Amberes que registra el bautismo de una Clara Peeters, hija de Jan Peeters, el 15 de mayo de 1594 en la iglesia de Santa Walburga, y una boda de una mujer del mismo nombre con Henricus Joosen en 1639.
El problema es que Clara y, sobre todo, Peeters eran nombres muy corrientes en Amberes. La reseña de la exposición publicada por la asociación Historians of Netherlandish Art es tajante: los documentos que antes se le atribuían, el bautismo, unos viajes a Ámsterdam y La Haya y la boda, no pueden validarse o se cree que corresponden a otra persona. Si hubiera nacido en 1594, habría pintado sus primeras obras fechadas, de 1607, con doce o trece años, algo que varios especialistas consideran improbable. Tampoco aparece en los registros del gremio de San Lucas de Amberes, aunque al menos una de sus tablas lleva en el reverso la marca de ese gremio.
Un cuchillo con su nombre
Ante la falta de documentos, los objetos de sus cuadros han tenido que hablar por ella. Según el Prado, seis de sus pinturas incluyen el mismo cuchillo de plata, con su nombre grabado en el mango. En la hoja de al menos tres se distingue una marca de platero de Amberes. La Wikipedia en inglés lo identifica como un cuchillo de boda, un regalo nupcial típico de los plateros de la ciudad hacia 1595-1600. El museo plantea que pudo ser un recuerdo de su propio matrimonio, del que no existe ningún otro rastro. Es decir: la única pista sobre su vida privada podría estar pintada sobre un mantel.
Pionera de un género que estaba naciendo
Peeters trabajó cuando el bodegón todavía no existía como especialidad consolidada. Según los datos que recoge la Wikipedia a partir del catálogo de Ann Sutherland Harris y Linda Nochlin, antes de 1608 se pueden fechar en los Países Bajos menos de diez cuadros de flores y menos de cinco de comida. Ella cultivó las dos grandes variantes: los desayunos, con pan, queso y vasijas sencillas, y los banquetes, con copas de metales preciosos, porcelana y dulces. En 1611 pintó peces y aves de caza muertas antes de que otros artistas trataran esos temas; uno de esos cuadros se considera el primer bodegón conocido de aves de caza, si se exceptúa una obra aislada de Jacopo de' Barbari de 1504.
Ocho cuadros con su reflejo
Los autorretratos escondidos son su rasgo más famoso, pero no un invento suyo. La tradición de reflejar al pintor en superficies brillantes se remonta a Jan van Eyck, que lo hizo en el escudo de san Jorge de la Virgen del canónigo Van der Paele. Peeters lo convirtió en una costumbre: según la reseña de Historians of Netherlandish Art, aparece en ocho de sus cuadros. En una época en la que una mujer pintora rara vez firmaba con orgullo, ella dejó su nombre grabado en un cuchillo y su cara en el metal. El comisario de la muestra de Amberes interpretó ambos gestos, según recogió El Independiente, como señales de la confianza de una profesional en un oficio dominado por hombres.
Sobre cuántos cuadros firmó hay dos cifras. La Wikipedia, basándose en la monografía de Pamela Decoteau, habla de treinta y una obras firmadas; el Prado eleva a treinta y nueve las que llevan su firma o una inscripción con su nombre. La diferencia depende de qué se cuente como firma y de las atribuciones posteriores.
El ángulo menos contado: cómo llegaron sus cuadros a España
Hay un dato de la ficha del Prado que explica por qué Madrid es hoy un lugar central para estudiarla: no se ha documentado ni un solo cuadro de Clara Peeters en Amberes durante los siglos XVII y XVIII. En cambio, en 1637 y de nuevo en 1655 aparecen dos obras suyas en el inventario de Diego Mexía, marqués de Leganés, uno de los grandes coleccionistas de la corte de Felipe IV. El museo deduce que probablemente vendía a través de marchantes que exportaban su obra, en una economía artística que miraba más hacia fuera que hacia su propia ciudad.
El Prado conserva cuatro tablas suyas de un tamaño inusualmente grande para el género, en torno a 50 por 72 centímetros; tres están fechadas en 1611. Según la Wikipedia, que cita el catálogo del museo, estaban en la colección real española en el siglo siguiente y se repartieron entre varios palacios. El primer registro de inventario conocido de una de ellas es de 1734, cuando fue rescatada del incendio que destruyó el Alcázar de Madrid. Uno de esos bodegones incluye, según la ficha del museo, el reflejo de la pintora en una vasija de metal.
Algunas reseñas de 2016 afirmaron que Felipe IV fue cliente suyo. No hemos encontrado documentación que lo pruebe, y la Wikipedia recuerda que no se conserva ningún registro de sus mecenas. Lo prudente es decir que sus cuadros acabaron en la colección real, no que el rey se los encargara.
Por qué importa hoy
La exposición «El arte de Clara Peeters» se inauguró en la sala D del Prado el 25 de octubre de 2016 y se clausuró el 19 de febrero de 2017. Reunió quince obras, fue coorganizada con el Museo Real de Bellas Artes de Amberes y la comisarió Alejandro Vergara, jefe de conservación de pintura flamenca del museo. El propio Prado recordó que la obra conocida de la artista apenas llega a cuarenta cuadros. Que la primera mujer con muestra individual en la pinacoteca fuera alguien de quien casi nada sabemos dice mucho del lugar que ocuparon las pintoras en los archivos. Clara Peeters no dejó cartas, ni contratos conocidos, ni un retrato oficial. Dejó un cuchillo con su nombre y su cara repetida en el brillo de una copa. Cuatro siglos después, es suficiente para reconocerla. La pregunta es cuántas pintoras de su tiempo no tuvieron la ocurrencia de esconderse en la vajilla.