Escribió al papa en cinco lenguas y un siglo después la firmaron como autora de un libro erótico: la falsificación que persiguió a Luisa Sigea
La humanista de Tarancón fue maestra de latín de una infanta portuguesa y admirada en media Europa. Hacia 1660, un abogado francés publicó con su nombre unos diálogos pornográficos que durante siglos la convirtieron en otra persona.
Luisa Sigea y la «Satyra sotadica»: cómo se fabricó una autora
Hacia 1660 empezó a circular en Francia un libro en latín con un título largo y prometedor: Aloisiae Sigaeae Toletanae Satyra sotadica de arcanis Amoris et Veneris, la sátira sotádica de Luisa Sigea de Toledo sobre los secretos del Amor y de Venus. Según la portada, lo había escrito en castellano una erudita española y lo había traducido al latín el filólogo holandés Johannes Meursius. Eran diálogos entre dos mujeres, una casada y otra joven, sobre sexo, tan explícitos que el libro acabó convertido en uno de los clásicos de la literatura erótica europea. Nada de la portada era cierto. Luisa Sigea no lo escribió y Meursius no lo tradujo: el autor era un abogado francés, Nicolas Chorier. Pero la humanista, muerta un siglo antes, cargó con aquella firma durante generaciones. Quién era la mujer real, y por qué eligieron precisamente su nombre, es una historia que casi nunca se cuenta en español.
Una niña educada igual que sus hermanos
Luisa Sigea de Velasco nació hacia 1522 en Tarancón, en la actual provincia de Cuenca, entonces dentro del arzobispado de Toledo; de ahí el sobrenombre de «toledana». Su padre, Diego Sigeo, era un humanista de origen francés; su madre, Francisca de Velasco, procedía de una familia ilustre de la villa. Según la Wikipedia en español, Diego dio a sus hijas la misma educación esmerada que a sus hijos, algo muy poco habitual. Había sido preceptor de María Pacheco, la viuda del comunero Juan de Padilla, y la acompañó en su exilio a Portugal. La familia terminó instalada en Lisboa.
Allí Luisa mostró una facilidad para los idiomas que asombró a sus contemporáneos: además de latín y griego, aprendió hebreo, siríaco y árabe. Hacia 1542 entró en la corte portuguesa como maestra de latín de la infanta María, hija del rey Manuel I y una de las mujeres más ricas y cultas de la península. Su hermana Ángela se incorporó al mismo círculo de damas letradas, en el que figuraban también Joana Vaz y Paula Vicente, hija del dramaturgo Gil Vicente.
La carta que la hizo famosa
En 1546 envió al papa Pablo III un poema latino, Syntra, dedicado a la infanta, en el que describía de forma fabulada los parajes de Sintra. Lo acompañaba una carta escrita en cinco lenguas: latín, griego, hebreo, siríaco y árabe. Según la Biblioteca Nacional de España, el propio papa contestó, y esa respuesta la convirtió en una celebridad. Un investigador que ha recopilado sus textos fecha la contestación el 6 de enero de 1547. Los comentarios de la Universidad Dickinson, en Estados Unidos, calculan que tenía unos veintidós años.
A esa etapa pertenece también el Duarum virginum colloquium de vita aulica et privata, fechado en 1552: un diálogo entre dos doncellas sobre si es más feliz la vida en la corte o la vida retirada. Aquí conviene señalar una duda. Un estudio publicado en 2025 en la revista Hipogrifo, especializada en el Siglo de Oro, lo califica de «dudoso», es decir, de atribución discutida. El texto permaneció inédito hasta que Manuel Serrano y Sanz lo imprimió en 1905.
Burgos, Valladolid y una carta a Felipe II
En 1552 se acordó su matrimonio con Francisco de Cuevas, un hidalgo burgalés; algunos estudios sitúan la boda y el traslado definitivo a Castilla en 1555. Tuvieron una hija, Juana, nacida en 1557. Durante un breve periodo, Luisa volvió a trabajar en una corte: la reina María de Hungría, hermana de Carlos V, que había regresado a España, la tomó a su servicio en Valladolid como «dama latina», mientras su marido ejercía de secretario. Las fuentes dudan entre 1557 y 1558 para esa incorporación. La reina murió en octubre de 1558 y el empleo terminó con ella.
Sus cartas de esos años, escritas en un latín que usaba como lengua cotidiana, muestran a una mujer frustrada por la falta de oportunidades para una erudita sin protectora. Escribió a Felipe II para pedir un puesto para ella y su marido, alegando pobreza, aunque, según la reseña biográfica publicada por el Ayuntamiento de Villafranca de los Caballeros, la documentación conocida sobre su casa no confirma que fuera tan grave. No lo consiguió. Murió en Burgos el 13 de octubre de 1560, con unos treinta y ocho años. Humanistas de varios países le dedicaron epitafios y elegías.
El ángulo menos contado: por qué eligieron su nombre
La falsificación de Chorier no surgió de la nada. Un estudio de la Universidad de Cádiz sobre una supuesta carta de amor latina dirigida a Sigea por un canónigo de Toledo sostiene que esa misiva es también una invención, y la sitúa dentro de un proceso más largo de deterioro de su imagen. Según ese trabajo, el cambio empezó en 1566, seis años después de su muerte, con la publicación en París del Tumulus del humanista portugués André de Resende, y culminó en 1660 con los primeros coloquios de la Satyra sotadica, a los que ediciones posteriores añadieron alguno más.
Burlarse de la mujer culta
El mismo estudio identifica la doble intención de estas falsificaciones: ridiculizar a la Sigea histórica como prototipo de mujer culta e inteligente y, a la vez, atacar a una Iglesia a la que se presentaba como corrupta. Hay una coincidencia que ilustra bien el choque entre las dos imágenes. Según la Biblioteca Nacional de España, Syntra, su poema más conocido, se publicó por primera vez de forma póstuma en París en 1566, por iniciativa de su padre, Diego Sigeo, que quiso dejar impresa la obra de su hija. Es el mismo año y la misma ciudad en que, según el estudio de Cádiz, empezó a deformarse su imagen. Mientras el padre intentaba fijar en letra impresa a la humanista, en el mismo ambiente literario comenzaba a construirse otra Sigea muy distinta. La elección no era casual. Una humanista célebre por su latín, su virtud y su piedad era la firma perfecta para un libro que buscaba escandalizar: cuanto más respetable la supuesta autora, mayor el efecto. La Satyra pertenece además a un género, el de los diálogos entre una mujer experimentada y una joven, en el que poner la voz del deseo en boca femenina era parte del artificio.
El engaño duró mucho. En 1862, el erudito francés Paul Allut publicó Aloysia Sigea et Nicolas Chorier para deshacer la confusión, pero la obra siguió reeditándose con el nombre de ella en la portada, en francés y en inglés, hasta bien entrado el siglo XX. Todavía hoy, en catálogos de librerías de viejo, los «diálogos de Luisa Sigea» se venden como literatura erótica con su nombre bien visible. En España la reivindicación llegó por otras vías: Marcelino Menéndez Pelayo tradujo Syntra en 1878, y Carolina Coronado le dedicó una novela, La Sigea, publicada en libro en 1854.
Por qué importa hoy
El caso de Luisa Sigea es el reverso de muchas historias de este portal. No le quitaron una obra: le pusieron otra. Durante siglos, para muchos lectores europeos su nombre no evocó a la maestra de latín de una infanta ni a la autora de una carta al papa en cinco lenguas, sino un libro obsceno que no escribió. Hoy su epistolario está traducido al castellano, su diálogo cuenta con ediciones modernas y varios grupos universitarios la estudian. Pero la pregunta que plantea va más allá del Renacimiento: ¿qué ocurre con la reputación de una mujer cuando otros deciden hablar con su voz?