Su estrella estaba bajo la firma de Frans Hals: Judith Leyster, la pintora cuyo cuadro perdió valor cuando se supo que era suyo
Fue una de las primeras mujeres del gremio de pintores de Haarlem y llevó a Frans Hals ante ese gremio por quitarle un aprendiz. Dos siglos después, sus cuadros se vendían con la firma de él. Cuando apareció su monograma, bajaron de precio.
Judith Leyster: la pintora que desapareció bajo la firma de Frans Hals
A comienzos de la década de 1890, un cuadro holandés cambió de manos por una cantidad importante. Mostraba a una pareja en una taberna: ella levanta una copa, él toca el violín y canta. Se vendía como obra de Frans Hals, el pintor más cotizado de Haarlem. Al examinarlo de cerca apareció, junto al zapato del músico, otra marca: una J y una L unidas, atravesadas por una estrella. Nadie supo identificarla. El asunto acabó en los tribunales. Aquella estrella era la firma de Judith Leyster, una pintora a la que sus contemporáneos habían elogiado y de la que la historia del arte llevaba más de dos siglos sin acordarse. Lo más revelador vino después: cuando se supo quién lo había pintado, el cuadro valió menos.
La octava hija de un pañero de Haarlem
Judith Leyster nació en Haarlem en julio de 1609, octava hija de Jan Willemsz Leyster, fabricante de paños que más tarde se hizo cervecero. No se sabe con certeza con quién se formó. En 1628, con diecinueve años, ya aparecía mencionada por el poeta local Samuel Ampzing en un libro de elogio de la ciudad, algo excepcional para una artista tan joven.
Su firma es un pequeño juego de palabras. En neerlandés, leidster es la estrella que guía, la que orienta a los navegantes, y ella la dibujaba junto a sus iniciales. Hacia 1633 ingresó en el gremio de San Lucas de Haarlem, una de las primeras mujeres en hacerlo, lo que le permitía tener taller propio, vender con su nombre y formar aprendices. Según la Wikipedia en inglés, en apenas dos años ya enseñaba a tres alumnos varones.
El pleito contra Frans Hals
En 1635, uno de esos aprendices dejó su taller y se marchó al de Frans Hals sin el permiso del gremio. Leyster reclamó. Los registros muestran un desenlace ambiguo: la madre del aprendiz le pagó cuatro florines, la mitad de lo que pedía; Hals pagó una multa de tres florines en lugar de devolver al alumno, y la propia Leyster fue multada por no haber registrado al aprendiz. El episodio pone en duda una idea muy repetida, la de que fue discípula de Hals. No hay pruebas documentales de esa relación, y la Wikipedia en inglés, en su artículo sobre El último trago, recuerda que el parecido de estilo no basta para demostrarla. Según la misma fuente, tras el pleito sus cuadros ganaron reconocimiento en la ciudad. Sus estilos se parecen, pero en 1635 se trataban ante el gremio como competidores, no como maestro y alumna.
Una mirada propia
Pintó escenas de taberna, músicos, bebedores y niños, el repertorio que triunfaba en el Haarlem de su tiempo, pero con una luz contrastada que muchos estudiosos relacionan con los pintores caravaggistas de Utrecht. Su autorretrato de hacia 1630, conservado en la National Gallery of Art de Washington, la muestra girándose hacia el espectador con el pincel en la mano, delante de un violinista a medio pintar: una declaración de oficio poco habitual en una mujer de su época. No se retrata como aficionada que pinta por entretenimiento, sino como profesional que muestra su herramienta y su producto al posible comprador. En otras obras, como La proposición, del Mauritshuis, una mujer cose en silencio mientras un hombre le ofrece dinero, una escena que la crítica ha leído como un giro sobre un tema que otros pintores trataban en clave burlesca.
Matrimonio, Ámsterdam y silencio
En 1636 se casó con el pintor Jan Miense Molenaer y la pareja se trasladó a Ámsterdam. A partir de entonces su producción conocida se reduce drásticamente, algo que la mayoría de estudios relaciona con la crianza de sus hijos y con el trabajo en el negocio familiar, aunque no hay un documento que lo explique. Murió en 1660. En las décadas siguientes, sus cuadros con el monograma poco visible o sin firma acabaron catalogados a nombre de Hals o de su propio marido.
Por qué era tan fácil confundirlos
La confusión tenía una base real. Leyster y Hals trabajaban en la misma ciudad, en los mismos años y con los mismos temas: bebedores, músicos, niños riendo. Ambos usaban una pincelada suelta y visible que da a las figuras un aire de instantánea, como si el modelo acabara de girarse. En El alegre bebedor, de 1629, su monograma JL con la estrella aparece bien visible, pero en otras obras es pequeño o está en una zona oscura del lienzo. Las firmas, en cambio, no se parecen: Hals usaba un monograma con la H. Cuando alguien quería convertir un Leyster en un Hals, bastaba con pintar encima.
Y había motivos para hacerlo. Según un trabajo académico de la Universidad McGill, el valor de mercado de Hals creció mucho a finales del siglo XIX, cuando coleccionistas y museos de Europa y Estados Unidos competían por sus retratos. Un cuadro de una pintora casi desconocida valía poco; el mismo cuadro con el nombre de Hals podía valer una fortuna. La falsificación de la firma no borraba solo una autoría: convertía el olvido en un negocio.
El ángulo menos contado: lo que costó recuperarla
El relato del redescubrimiento no es tan limpio como suele contarse, y las fuentes no coinciden. Según The Paris Review, el cuadro de la pareja se vendió por 4.500 libras, el comprador demandó al vendedor al descubrir el monograma y ganó el pleito. Otras versiones, como la New World Encyclopedia, sostienen que fue el Louvre quien lo compró en 1893 creyendo que era un Hals, y que alguien había añadido una firma falsa del maestro para venderlo mejor. Un trabajo académico de la Universidad McGill habla de una caída de 4.500 a 3.500. Lo que sí coincide en todas las versiones es el resultado: el cuadro está hoy en el Louvre, y la atribución correcta le restó en torno a una cuarta parte de su valor.
En 1893, el historiador neerlandés Cornelis Hofstede de Groot publicó un breve artículo en una revista alemana de arte en el que atribuía a Leyster siete cuadros que pasaban por obras de Hals, seis de ellos con su monograma. Entre los recuperados desde entonces está La serenata, de 1629, que el Rijksmuseum exhibe hoy con su nombre. La escritora Germaine Greer señaló la reacción que nunca se produjo: nadie celebró haber encontrado a una pintora capaz de igualar a Hals en sus mejores momentos. Y según TheArtStory, parte de la crítica que había alabado el cuadro como un Hals empezó a ver en él debilidades cuando supo quién lo había pintado. Era el mismo lienzo.
Por qué importa hoy
La recuperación completa de Leyster llegó sobre todo a partir de los años setenta, cuando historiadoras del arte como Linda Nochlin y colectivos de artistas empezaron a revisar el canon. Hoy sus obras se exponen con su nombre en el Louvre, el Rijksmuseum o la National Gallery of Art de Washington. Su caso deja una pregunta incómoda para el mercado del arte: si el precio de un cuadro depende más de la firma que de lo que se ve en él, ¿cuántas obras siguen colgadas con un nombre que no es el suyo porque el correcto valdría menos?