Blanca de Navarra: la reina presa a la que su propia familia arrebató el trono y, quizás, la vida
Su hermano Carlos de Viana la nombró heredera del trono de Navarra en 1461. Su padre, Juan II de Aragón, la encerró un año después y forzó su renuncia a favor de su hermana Leonor; en 1464 murió presa en una torre francesa,
Una muerte con fecha de caducidad política
El 2 de diciembre de 1464, en la torre Moncada del castillo de Orthez, en el sur de Francia, murió una mujer que legalmente era reina de Navarra desde hacía tres años, aunque nunca había podido gobernar un solo día de su reino. Faltaban apenas semanas para que se reunieran unas Cortes llamadas a decidir, de una vez, quién se sentaría en el trono navarro y si ella misma recuperaría la libertad. No llegó a esa cita. Los cronistas de la época no se atrevieron a hablar de muerte natural, y seiscientos años después los historiadores tampoco lo hacen sin matices: la describen como una muerte "en extrañas circunstancias", una fórmula que en el relato de Blanca de Navarra equivale, casi siempre, a una palabra que nadie pudo demostrar entonces ni puede demostrar ahora: veneno.
La historia de Blanca de Navarra se cuenta casi siempre desde un único ángulo: el de la esposa repudiada por Enrique IV de Castilla, el rey al que la tradición apodó "el Impotente". Es un dato real y forma parte de su biografía, pero reducirla a ese papel oculta la parte más incómoda de su historia. Blanca no fue solo una esposa descartada. Fue una reina legítima a la que su propio padre encerró, y una heredera a la que su propia hermana sustituyó en el trono apenas unos meses antes de que ella muriera presa, sin que nadie llegara a determinar con certeza quién dio la orden.
Una boda a los quince años y un divorcio que no la señaló a ella
Blanca nació en Olite el 9 de junio de 1424, hija de Juan II de Aragón y de Blanca I de Navarra, reina propietaria del pequeño reino pirenaico. En 1440, con apenas quince años, la casaron en Valladolid con el entonces príncipe Enrique, heredero de la corona de Castilla. El matrimonio se prolongó trece años sin producir descendencia, y en 1453 el papa Nicolás V lo declaró nulo por falta de consumación. Enrique, según los testimonios recogidos en el proceso, no alegó una impotencia general —lo que habría dañado sus opciones de volver a casarse y engendrar un heredero— sino algo más específico y más cómodo para su reputación futura: una "impotencia recíproca", causada, según los testigos de su propio entorno, por hechizos o "influencias malignas" que solo actuaban entre ellos dos. La fórmula, hecha a medida, dejaba a Enrique libre para casarse de nuevo sin que su virilidad quedara oficialmente en entredicho, algo que años después, con su segunda esposa y la disputada paternidad de su hija Juana, la historia de Castilla volvería a poner en duda de todos modos. Blanca, repudiada sin haber sido señalada formalmente como culpable del fracaso conyugal, regresó a Navarra en 1453 con veintinueve años y sin hijos: exactamente el perfil que, en la política dinástica del siglo XV, convertía a una princesa en un problema de sucesión antes que en una posible reina.
La reina que su hermano sí quiso que reinara
Ese problema se agravó, y al mismo tiempo se aclaró, en 1461. Su madre, Blanca I de Navarra, había muerto veinte años antes dejando el trono a su marido Juan II con una condición que él incumplió de forma sistemática: debía cederlo a sus hijos en cuanto llegasen a la mayoría de edad. El primogénito, Carlos, príncipe de Viana, litigó ese derecho contra su propio padre durante toda su vida adulta, en una guerra civil navarra que dividió al reino entre agramonteses y beaumonteses durante más de una década. Carlos murió en 1461 en Barcelona, en circunstancias que también levantaron sospechas de envenenamiento, en su caso contra su madrastra, Juana Enríquez. Antes de morir redactó un testamento que nombraba heredera del trono navarro a su hermana Blanca, la segunda en la línea de sucesión. Sobre el papel, Blanca dejó entonces de ser solo la exesposa castellana sin descendencia: era, desde 1461, la reina legítima de Navarra en espera de coronación.
El pacto que la borró: Olite, 1462
Juan II de Aragón no tenía intención de cumplir ese testamento. Prefería que la corona recayera en su hija menor, Leonor, casada con Gastón IV de Foix, señor de un extenso dominio a ambos lados de los Pirineos y aliado natural de Luis XI de Francia, que veía en ese matrimonio la oportunidad de extender la influencia francesa sobre el reino pirenaico. En 1462, padre y yerno cerraron el llamado pacto de Olite: Blanca debía renunciar a sus derechos y pasar a custodia de su hermana, a cambio de la vaga promesa —nunca cumplida— de un matrimonio con Carlos, duque de Berry. Con ese señuelo la sacaron de Olite y la trasladaron, contra su voluntad, a los dominios de los Foix en Bearne, en abril de aquel año. El día 30 firmó, bajo presión evidente, un documento de renuncia a sus derechos sucesorios. Lo hizo, sin embargo, con un último gesto de desafío hacia quienes acababan de encerrarla: no cedió el trono a Leonor, la hermana que la sustituía de hecho, sino a Enrique IV, el mismo marido que la había repudiado nueve años antes. Convertir a su antiguo esposo castellano en heredero legal de Navarra fue, más que un gesto sentimental, un arma política de última hora contra su propia familia, aunque Enrique nunca llegaría a ejercer ese derecho ni a mover un solo ejército por reclamarlo.
El ángulo menos contado: dos años y medio de cautiverio y una muerte a las puertas de unas Cortes
Ese gesto no le sirvió de nada en vida. Blanca permaneció presa en la torre Moncada de Orthez durante dos años y medio, bajo la custodia directa de los condes de Foix, es decir, de su propio cuñado y de su propia hermana. Las crónicas de la época, según recogen historiadores como María Luisa Bueno Domínguez, dejaron constancia del hecho con una frase que ya entonces sonaba a acusación velada: que la reina había muerto "con gran infamia" del conde de Foix y de la infanta doña Leonor, su mujer. Ninguna fuente contemporánea llegó a probar quién dio la orden, si es que alguien la dio de forma explícita. Los tres nombres que la historiografía navarra sigue barajando hoy —Juan II, Leonor y Gastón de Foix— tenían, cada uno, un motivo evidente para desear la desaparición de una reina cuyo testamento seguía nombrando heredero a Enrique IV de Castilla y cuya sola existencia mantenía abierta, en teoría, toda la disputa sucesoria. Ese es, precisamente, el dato que rara vez se subraya con la fuerza que merece: Blanca no murió como una nota al pie en la biografía de Enrique el Impotente, sino como el último obstáculo vivo a un reparto de poder que su padre, su hermana y su cuñado ya habían decidido sin ella.
La incertidumbre, conviene decirlo con la misma honestidad que exige cualquier episodio de sospecha histórica, sigue siendo genuina. No existe una confesión, ni un documento judicial, ni un examen médico de la época que confirme el envenenamiento más allá de toda duda razonable. Pudo morir, como sostuvieron quienes la custodiaban, de una enfermedad repentina. Pero la coincidencia entre un fallecimiento tan oportuno y la inminente reunión de unas Cortes que debían resolver la sucesión —y, posiblemente, ordenar su liberación— es la razón por la que ni los cronistas de su tiempo ni la historiografía navarra posterior han dado por buena esa versión sin más matices.
Por qué esta historia importa hoy
Leonor se proclamó de inmediato "princesa de Viana", el título que hasta entonces correspondía a la heredera legítima del reino, y a la muerte de Juan II, en 1479, se convirtió por fin en reina de Navarra por derecho propio. El reinado le duró, según las fuentes consultadas, entre quince días y poco más de un mes —las cifras varían y ninguna supera las cinco semanas— antes de morir ella también, en circunstancias que, de nuevo, no todos los cronistas se conformaron con calificar de naturales. La corona que Juan II había arrebatado a una hija para entregársela a otra apenas tuvo tiempo de posarse sobre la cabeza de la segunda.
Contada así, la historia de Blanca de Navarra deja de ser el anecdotario de un matrimonio fallido con un rey castellano y se convierte en algo más incómodo de resumir en una sola frase: la de una mujer que fue reina por nacimiento, por testamento de su hermano y por ley sucesoria, y a la que ni ese triple título bastó para sentarse, siquiera un día, en su propio trono. Que su nombre siga apareciendo hoy, sobre todo, en las biografías de los hombres que la repudiaron, la encerraron o pudieron haberla envenenado, dice menos sobre el peso real de su reinado frustrado que sobre qué historias decidimos, siglo tras siglo, contar en torno a un trono vacío.