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Calculó durante una década dónde debía estar un planeta que nadie había visto. Cuando por fin lo encontraron, en 1930, ella ya llevaba ocho años despedida.

Contratada en 1905 por el astrónomo Percival Lowell, Elizabeth Langdon Williams pasó años calculando a mano las perturbaciones orbitales que debían delatar un noveno planeta.

✍️ Montse 📅 15 de September de 2026 ⏱ 8 min de lectura 👁 5 visitas
Calculó durante una década dónde debía estar un planeta que nadie había visto. Cuando por fin lo encontraron, en 1930, ella ya llevaba ocho años despedida.

Un mapa del cielo calculado a mano durante una década, y un nombre que no llegó al titular

El 13 de marzo de 1930, el Observatorio Lowell, en Flagstaff, Arizona, anunció al mundo el hallazgo de un noveno planeta. La noticia recorrió periódicos de medio planeta y convirtió de inmediato al joven ayudante que había hecho el hallazgo, Clyde Tombaugh, de veinticuatro años, en una celebridad de la astronomía estadounidense. Nadie mencionó entonces —ni la mayoría de los relatos posteriores lo haría durante décadas— que Tombaugh no buscaba a ciegas: apuntaba su telescopio hacia una región muy concreta del cielo, calculada años antes, ecuación a ecuación, por una física del MIT llamada Elizabeth Langdon Williams. Cuando Plutón apareció por fin en las placas fotográficas, Williams llevaba ya ocho años despedida del propio observatorio que acababa de anunciar el hallazgo que sus cálculos habían hecho posible.

Una de las primeras físicas del MIT, contratada para hacer cuentas

Williams nació el 8 de febrero de 1879 en Putnam, Connecticut, y se graduó en física por el Instituto Tecnológico de Massachusetts en 1903, en una de las primeras promociones que incluyeron a mujeres en esa titulación. En 1905 la contrató el astrónomo Percival Lowell, obsesionado desde principios de siglo con la idea de que ciertas irregularidades observadas en la órbita de Urano solo podían explicarse por la existencia de un noveno planeta, al que bautizó de antemano como "Planeta X". Williams empezó editando publicaciones del observatorio, pero hacia 1910 ya dirigía el pequeño equipo de "computadoras humanas" —así se llamaba entonces, sin ninguna connotación mecánica, a quienes realizaban a mano los cálculos matemáticos de los observatorios— encargado de traducir esas irregularidades orbitales en coordenadas concretas del cielo donde buscar. Lowell, hijo de una familia acomodada de Boston, financiaba de su propio bolsillo la búsqueda del "Planeta X" desde el observatorio que él mismo había fundado en 1894, y depositó buena parte de esa búsqueda en el trabajo silencioso de su equipo de cálculo, del que Williams era la figura de mayor responsabilidad.

Diez años de ecuaciones para señalar un punto en la oscuridad

El trabajo de Williams consistió en analizar, durante años, las perturbaciones gravitatorias de Urano y Neptuno para deducir la masa y la posición aproximada del planeta hipotético que las estaría causando. Era un cálculo de una complejidad enorme, resuelto sin más herramienta que el papel, la regla de cálculo y una paciencia casi artesanal: cada corrección en la órbita teórica de Urano exigía repetir buena parte de las ecuaciones desde el principio, un proceso que podía llevar semanas para ajustar apenas una fracción de grado en la posición predicha. Cuando Lowell murió en 1916, sin haber encontrado el planeta que perseguía, Williams se trasladó a la estación de Jamaica del Observatorio de Harvard, donde continuó con cálculos similares y se ocupó también de la correspondencia científica del centro. Allí conoció al astrónomo George Hall Hamilton, con quien se casó en 1922. La boda le costó el empleo: la viuda de Lowell, que dirigía entonces la fundación del observatorio, consideraba inapropiado mantener contratada a una mujer casada, y tanto Williams como su marido fueron despedidos. Williams no volvería a trabajar nunca más en un observatorio profesional.

Un joven de veintitrés años hereda un mapa que ella ya no pudo terminar

La búsqueda del "Planeta X" quedó prácticamente paralizada tras la muerte de Lowell en 1916, en parte por una disputa legal sobre su herencia que inmovilizó los fondos del observatorio durante años. No se retomó en serio hasta 1929, cuando el nuevo director, Vesto Slipher, contrató a un joven agricultor de Kansas sin titulación universitaria, Clyde Tombaugh, de veintitrés años, para fotografiar sistemáticamente el cielo con un telescopio recién instalado y comparar cada par de placas con un aparato llamado comparador de parpadeo. Tombaugh heredó, sin haber participado nunca en su elaboración, la región del cielo que el equipo de Williams había delimitado años antes como la más probable para el planeta hipotético. Tras trece meses de comparar miles de imágenes estelares, localizó el 18 de febrero de 1930 un punto que se desplazaba de una placa a otra exactamente donde el cálculo original apuntaba. El nombre del nuevo planeta, Plutón, lo propuso apenas unas semanas después una niña inglesa de once años llamada Venetia Burney, en otra coincidencia que la propia historia del hallazgo reserva casi siempre a una nota curiosa al margen del relato principal, y no a una parte central de él.

El ángulo menos contado: un mapa que acertó por una razón que resultó ser falsa

Aquí es donde la historia de Elizabeth Williams se vuelve más interesante que un simple caso de mérito no reconocido. Durante décadas, la versión divulgativa habitual presentó sus cálculos como la prueba matemática que condujo directamente a Tombaugh hasta Plutón en 1930. La astronomía posterior matizó bastante esa versión. Las perturbaciones orbitales de Urano y Neptuno que Lowell —y con él, Williams— tomaron como prueba de la existencia de un noveno planeta masivo se debían, según se descubrió después, a un error en el cálculo de la masa de Neptuno, un error que no se corrigió hasta 1989, gracias a los datos que envió la sonda Voyager 2 en su sobrevuelo del planeta. Plutón, con una masa muchísimo menor que la exigida por las ecuaciones de Lowell y Williams —apenas el 0,2% de la masa terrestre—, nunca tuvo la fuerza gravitatoria necesaria para provocar esas perturbaciones. Tombaugh encontró Plutón, casi con toda probabilidad, en la región correcta del cielo por una notable coincidencia: estaba, en efecto, más o menos donde el mapa de Williams señalaba, pero no por la razón física que ese mapa daba por buena. Ningún relato centrado solo en "la mujer a la que no se le reconoció el mérito" suele detenerse en esta ironía adicional: ni siquiera está del todo claro cuánto pesa su cálculo, en términos estrictamente científicos, en el hallazgo final.

Cien años, casi todos ellos lejos de cualquier observatorio

Tras su despido en 1922, Williams y su marido se instalaron en distintos destinos hasta la muerte de Hamilton en 1935. Williams se retiró entonces a Lebanon, en New Hampshire, donde ella y su hermana Louise regentaron durante años una casa de retiro veraniego llamada Peaceful Acres. No volvió a publicar ni a figurar en ninguna institución científica. Murió en 1981, a los ciento un años, prácticamente olvidada por la comunidad astronómica a la que había dedicado la década más productiva de su vida. Tombaugh, en cambio, se convirtió en una figura pública de la astronomía estadounidense hasta su muerte en 1997; parte de sus cenizas viajan hoy a bordo de la sonda New Horizons de la NASA, que sobrevoló Plutón en 2015 y prosigue su viaje hacia los confines del sistema solar. De Williams no viaja nada, y ningún observatorio lleva hoy su nombre.

Por qué esta historia importa hoy

En 2006, la Unión Astronómica Internacional degradó a Plutón de la categoría de planeta a la de "planeta enano", un giro que muchos aficionados a la astronomía siguieron con genuina consternación. Pocos recordaron entonces que el objeto cuya categoría se discutía había nacido, en cierto modo, de un error de cálculo doble: el de una masa de Neptuno mal estimada que llevó a postular un planeta que en realidad no hacía falta, y el de una física a la que se le encargó encontrarlo y a la que, cuando por fin apareció, ya no le quedaba trabajo ni reconocimiento que reclamar. La discusión sobre si Plutón merece o no llamarse planeta sigue abierta entre astrónomos. La de si Elizabeth Williams merece figurar junto a Clyde Tombaugh en la historia de su descubrimiento ni siquiera ha llegado a plantearse con la misma intensidad.

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