La única civil entre uniformes: Felisa Martín Bravo, primera doctora en Física de España
Se doctoró en 1926 con rayos X y durante décadas fue la única meteoróloga de un servicio militarizado. No podía llevar galones: a las mujeres no se les daba grado militar.
Felisa Martín Bravo, primera doctora en Física de España, en una foto de 1943
En 1943, los funcionarios que acababan de ingresar en el Cuerpo de Meteorólogos posaron para una fotografía de grupo junto a sus profesores y jefes. Casi todos visten el uniforme del Ejército del Aire, del que dependía entonces el servicio meteorológico. En la imagen hay una sola mujer, vestida de calle. Se llamaba Felisa Martín Bravo, rozaba los cuarenta y cinco años y diecisiete antes se había convertido en la primera mujer doctora en Física de España. El historiador de la meteorología Manuel Palomares, que ha reconstruido la historia de las primeras mujeres del servicio, escogió esa foto para resumir su caso. En español abundan las fichas que repiten el título de pionera. Casi ninguna explica por qué fue, durante décadas, la única civil en una sala llena de uniformes.
De San Sebastián al laboratorio de rayos X
Felisa Martín Bravo nació en San Sebastián el 11 de junio de 1898. Terminó el bachillerato en el instituto de su ciudad y en 1918 se trasladó a Madrid para estudiar Ciencias Físicas en la Universidad Central, donde se licenció en 1922. Ese mismo año se incorporó al grupo del físico Julio Palacios en el Laboratorio de Investigaciones Físicas, el centro que dirigía Blas Cabrera y que era entonces el núcleo de la física experimental española. Según la Embajada de España en Viena, que la incluyó en su homenaje del Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia de 2024, fue la primera mujer investigadora de aquel laboratorio.
Su trabajo consistió en determinar, mediante difracción de rayos X y los métodos de Bragg y Debye-Scherrer, la estructura cristalina del óxido de níquel, del óxido de cobalto y del sulfuro de plomo. Con esa investigación se doctoró en 1926. El historiador Aitor Anduaga, autor de su biografía en la Enciclopedia Auñamendi, subraya que esas estructuras tenían interés directo para las investigaciones sobre magnetismo de Cabrera, y que ella lo sabía. No pudo profundizar en ellas: tenía que compaginar el laboratorio con las clases en el Instituto-Escuela, y en 1925 ya se había presentado a oposiciones a cátedras de instituto, lo que en la práctica suponía renunciar a investigar.
Una beca para enseñar, no para investigar
A finales de 1926 viajó a Estados Unidos con una beca de la Junta para Ampliación de Estudios. Anduaga matiza el dato que suelen repetir las semblanzas: el motivo de la beca no fue su investigación, sino una invitación del Connecticut College para dar un curso de lengua castellana y lecciones de física. Es decir, una tarea docente. Regresó en agosto de 1927.
Hay otro episodio de aquellos años que se cita con frecuencia. Según un artículo publicado en el blog de la Agencia Estatal de Meteorología con motivo del centenario de la visita de Einstein a España, el físico alemán le dedicó un ejemplar de su libro sobre la relatividad durante una de las conferencias que dio en Madrid en 1923. Es un detalle verosímil, porque Cabrera, director de su laboratorio, fue uno de los anfitriones de Einstein en Madrid, pero solo lo hemos encontrado en esa fuente.
Primera mujer en el Cuerpo de Meteorólogos
En 1928 aprobó las oposiciones al Cuerpo de Meteorólogos y Auxiliares de Meteorología. Fue la primera mujer en ingresar en él. Las fechas que dan las fuentes varían, de 1928 a 1931, y la explicación está en el propio procedimiento: según Palomares, hizo el curso de formación en 1929, fue nombrada auxiliar con la categoría de «oficial tercero de administración» y, como no había plazas libres, quedó «en expectativa de destino» hasta 1931. La destinaron primero a dirigir el observatorio de Melilla, un nombramiento que se anuló, y en abril de 1931 se incorporó a la Oficina Central de Madrid.
Mientras tanto no había abandonado la física. Era ayudante de Física en la Universidad Central y becaria en el recién fundado Instituto Nacional de Física y Química, donde Palacios dirigía la sección de rayos X.
Cambridge y las nubes de tormenta
En octubre de 1932 obtuvo una licencia de diez meses, con sueldo, para estudiar espectrografía de rayos X en Inglaterra. En Cambridge, según Anduaga, asistió a las clases de Ernest Rutherford, pero también conoció a C. T. R. Wilson, premio Nobel y autoridad mundial en electricidad atmosférica, que la instruyó en sondeos de la atmósfera, un encargo que le había hecho el propio servicio meteorológico para la protección de la aviación. Anduaga añade que probablemente influyó en el destino la situación de su marido, el catedrático de Filología Latina José Vallejo, que trabajaba entonces en Cambridge. A su regreso en 1933 la destinaron al Centro Meteorológico de la Cuenca del Guadalquivir, en Sevilla.
1936: un servicio partido en dos
En julio de 1936 el servicio meteorológico se dividió como el resto del país. En la zona nacional se reorganizó como un órgano del ejército; en la otra siguió siendo un organismo civil. El levantamiento sorprendió a Felisa Martín Bravo en Madrid, cuando se disponía a viajar a San Sebastián de vacaciones. Recibió la orden de trasladarse a Valencia con el resto del personal y no la cumplió, por lo que fue dada de baja.
A partir de aquí las dos fuentes principales no coinciden. Palomares sostiene que consiguió pasar a la zona nacional y que en 1939 reingresó en el servicio; un trabajo posterior de la Asociación Meteorológica Española precisa que llegó a San Sebastián en 1937. Anduaga, en cambio, escribe que tuvo que someterse a un expediente de responsabilidades por haber permanecido en la zona republicana antes de ser readmitida. Ambas versiones coinciden en lo esencial: se negó a irse a Valencia y volvió al servicio al terminar la guerra.
El ángulo menos contado: el «ascenso adiabático» y una mujer sin galones
El servicio al que volvió ya no era el mismo. Tras la guerra quedó adscrito al Ejército del Aire, y sus técnicos tenían asimilación militar. Pero una norma anterior a la contienda seguía en vigor: un auxiliar con al menos tres años de antigüedad y el título de licenciado podía ascender a meteorólogo presentando una memoria científica. Palomares cuenta que en el servicio se conocía a este procedimiento, en broma, como «ascenso adiabático», por analogía con el aire que sube y se enfría sin intercambiar calor, y que se mantuvo hasta 1980.
Felisa Martín Bravo lo utilizó. Presentó una memoria titulada «Corrientes eléctricas verticales originadas por la acción de las puntas bajo nubes tormentosas», una investigación que conecta directamente con lo que había aprendido junto a Wilson, y en junio de 1940 tomó posesión como la primera mujer meteoróloga facultativa de España. En 1941 la nombraron jefa de la Sección de Laboratorio de la Oficina Central.
Aquí está la clave de la fotografía de 1943. Según Palomares, las seis mujeres que habían ingresado antes de la guerra fueron las únicas en los cuerpos técnicos de meteorología hasta 1970, y también las únicas sin asimilación militar, porque las mujeres no podían tener grado en el Ejército del Aire. Anduaga añade que, pese a la escasez de meteorólogos de la posguerra, el servicio no volvió a admitir a ninguna mujer hasta finales de los sesenta: en 1966 se autorizó su ingreso y en la oposición de 1969 entraron las dos primeras en treinta y cinco años, Dolores Parra y Pilar Sanjurjo, que después sería la primera mujer del tiempo de la televisión.
¿La única mujer hasta 1960?
Varias fuentes, entre ellas la nota del Ayuntamiento de Madrid de 2024, afirman que fue la única mujer de la institución hasta 1960. La frase necesita matices. No fue la única: otras pioneras de 1935, como Antonia Roldán, siguieron en el servicio, y Roldán ascendió a meteoróloga por el mismo procedimiento en 1941. Lo exacto es que fue la primera y que, durante treinta años, ninguna mujer nueva pudo seguirlas.
Por qué importa hoy
Felisa Martín Bravo trabajó en tareas científicas y técnicas hasta su jubilación en 1968, incluidas las primeras experiencias con estaciones meteorológicas automáticas en los años sesenta. En 1973, ya jubilada, se convirtió en la primera mujer que presidió la Asociación Meteorológica Española. Murió en Madrid el 29 de octubre de 1979. En 2024 el Ayuntamiento de Madrid aprobó dar su nombre a un jardín en el distrito de Carabanchel. Su carrera no se truncó por falta de talento, sino por la suma de reglas que dejaban a una mujer licenciada, doctora y formada en Cambridge siempre un paso al margen: primero de la investigación pura, después del uniforme. La foto de 1943 lo muestra mejor que cualquier currículum. La pregunta que deja es cuántas científicas de su generación no aparecen en ninguna foto porque nunca llegaron a entrar.