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La «bruja de Agnesi» no era una bruja ni la descubrió ella: lo que de verdad hizo Maria Gaetana Agnesi

Su nombre quedó unido a una curva por un error de traducción, se le atribuye una cátedra en Bolonia que probablemente nunca ejerció y apenas se recuerda el libro que sí escribió: el primer tratado de matemáticas publicado por una mujer.

✍️ Montse 📅 28 de September de 2026 ⏱ 9 min de lectura 👁 2 visitas
La «bruja de Agnesi» no era una bruja ni la descubrió ella: lo que de verdad hizo Maria Gaetana Agnesi

Maria Gaetana Agnesi y la «bruja de Agnesi»: tres mitos y un libro

En cualquier manual de cálculo en inglés aparece, tarde o temprano, una curva con forma de campana llamada witch of Agnesi, la bruja de Agnesi. Muchos estudiantes suponen que el apodo se refería a la propia matemática, una mujer tan brillante que sus contemporáneos la tomaron por hechicera. No es así. La curva no la descubrió Maria Gaetana Agnesi, y el nombre procede de una mala interpretación de una palabra italiana. Tampoco está claro que diera clase en la Universidad de Bolonia, como repiten muchas biografías. Lo que sí hizo es menos pintoresco y bastante más importante: escribió en 1748 uno de los manuales de cálculo más claros de su siglo, considerado el primer tratado de matemáticas publicado por una mujer. Separar lo que hizo de lo que se le atribuye es la mejor manera de entender por qué su nombre sobrevivió, aunque sea por las razones equivocadas.

La niña prodigio de los salones de Milán

Agnesi nació en Milán el 16 de mayo de 1718, primogénita de Pietro Agnesi, un comerciante enriquecido que buscaba ascender en la sociedad milanesa, y de Anna Fortunata Brivio, de familia aristocrática. Su padre tuvo veintiún hijos con tres esposas, y Maria, la mayor, acabó ocupándose de la educación de muchos de sus hermanos. Algunas biografías en español afirman que Pietro era profesor de matemáticas en Bolonia; la Encyclopedia.com lo describe más bien como un comerciante con vínculos con esa universidad.

Pietro convirtió a su hija en la atracción de las reuniones que organizaba en casa, a las que acudían eruditos y viajeros extranjeros. Según sus biógrafos, de niña ya manejaba el latín, el griego, el hebreo, el francés y el español, entre otras lenguas —las listas varían según la fuente—, lo que le valió el apodo de «oráculo de siete lenguas». A los nueve años recitó en latín un discurso en defensa de la educación de las mujeres. En 1738 publicó Propositiones philosophicae, una colección de tesis de filosofía natural surgidas de aquellas veladas. Ella soportaba mal la exhibición: la Encyclopedia.com sitúa en 1739 su retirada de la vida pública para concentrarse en las matemáticas. Quiso incluso ingresar en un convento, algo a lo que su padre se negó.

El libro: las Instituzioni analitiche

A partir de 1740 estudió con el monje olivetano Ramiro Rampinelli, profesor de matemáticas, que la introdujo en la obra de los matemáticos italianos del cálculo infinitesimal y la puso en contacto con Jacopo Riccati. Llevaba años preparando un comentario al manual de cálculo del marqués de L'Hôpital; lo dejó a un lado para escribir algo más ambicioso. El resultado fueron los dos volúmenes de las Instituzioni analitiche ad uso della gioventù italiana, publicados en Milán en 1748: más de mil páginas que recorrían el álgebra, la geometría analítica, el cálculo diferencial e integral y las ecuaciones diferenciales. Según la enciclopedia italiana Treccani, se imprimieron en su propia casa.

Dos decisiones lo hacían distinto. La primera, el idioma: lo escribió en italiano y no en latín, la lengua habitual de la ciencia, para que lo leyeran los jóvenes, como anunciaba el título. La segunda, el método. No presentaba grandes descubrimientos propios, sino una síntesis ordenada de resultados dispersos en obras de distintos autores, escritas en lenguas diferentes y con notaciones incompatibles, organizados en una secuencia que llevaba al lector de lo elemental a lo complejo. Esa claridad explica su éxito: se tradujo al francés en 1775 y al inglés en 1801, y sirvió como libro de texto durante décadas. Lo dedicó a la emperatriz María Teresa de Austria, que le envió un anillo de diamantes, y el papa Benedicto XIV le escribió para felicitarla y le regaló una corona y una medalla de oro.

El primer mito: la bruja que era una cuerda de vela

Entre los cientos de ejemplos del libro figura una curva que Agnesi llamó versiera. No era nueva: la había estudiado Pierre de Fermat en el siglo XVII y el matemático Guido Grandi le dio una construcción en 1703. El nombre procedía del latín versoria, la cuerda que orienta la vela de un barco, y aludía al seno verso, una función trigonométrica. En el libro de Agnesi es un ejercicio de geometría analítica más, útil para enseñar a calcular puntos de inflexión.

El problema llegó con la traducción inglesa. John Colson, catedrático lucasiano de matemáticas en Cambridge, aprendió italiano expresamente para traducir la obra y, al llegar a la versiera, la vertió como witch, bruja. Aquí las fuentes discrepan sobre el tipo de error. La versión más difundida, que recogen Scientific American y la Wikipedia en inglés, sostiene que Colson leyó avversiera, término que designaba a una mujer enemiga de Dios o a una diablesa. Otros autores, apoyándose en el Oxford English Dictionary, señalan que la propia palabra versiera se usaba en italiano para nombrar a un demonio femenino, de modo que Colson no habría leído mal, sino escogido la acepción equivocada.

Una traducción póstuma

Hay un detalle que casi nunca se menciona. Colson murió en 1760 y su traducción no se publicó hasta 1801, costeada por el barón Francis Maseres. Para entonces, Agnesi llevaba dos años muerta. El nombre se quedó. Hoy la curva aparece en física para describir fenómenos de resonancia y en estadística, porque su forma coincide con la de la distribución de Cauchy. Casi nunca con su nombre original.

El segundo mito: la catedrática que no fue a Bolonia

La afirmación que más se repite en las biografías en español es que fue catedrática de matemáticas en la Universidad de Bolonia. Es cierto que en 1750 Benedicto XIV, que ya había protegido a la física boloñesa Laura Bassi, hizo que se le ofreciera la cátedra de matemáticas y filosofía natural. Lo que ocurrió después depende de la fuente. La Wikipedia en español sostiene que la ejerció entre 1750 y 1752, «seguramente de forma honorífica». La revista italiana OggiScienza afirma que aceptó el cargo, pero nunca viajó a Bolonia. La Treccani es mucho más tajante: habla de una leyenda y asegura que nunca quiso aceptar la cátedra, pese a la insistencia de los académicos boloñeses. Physics Today y el historiador Umberto Bottazzini coinciden en que no llegó a ocupar el puesto. La conclusión más prudente es que recibió el nombramiento y que no dio clase en Bolonia.

El ángulo menos contado: la matemática que eligió a los pobres

La tercera distorsión es de enfoque. Muchas biografías presentan el final de su carrera científica como una renuncia forzada. Las fuentes cuentan otra cosa. Tras la muerte de su padre en 1752 dejó las matemáticas por decisión propia y se dedicó a la teología y al cuidado de pobres y enfermos, primero en su casa y después en hospitales de la ciudad. En 1771, el arzobispo de Milán le encargó dirigir la sección femenina del Pio Albergo Trivulzio, un asilo para ancianos pobres. En 1783 se trasladó a vivir allí. Según la reseña biográfica de FemBio, el número de internos no tardó en superar los cuatrocientos cincuenta.

Para ella, fe y razón no eran territorios enfrentados, y el historiador Massimo Mazzotti, autor de una biografía que la presenta como «matemática de Dios», ha estudiado precisamente esa unión entre el cálculo y la piedad en la Milán católica del siglo XVIII. Según recoge la revista Smithsonian a partir de sus trabajos, en la memoria popular milanesa se la recuerda mucho más por su caridad que por su libro.

Murió en el Trivulzio el 9 de enero de 1799, en una Milán ocupada por las tropas francesas. Según OggiScienza, no se permitió un funeral público. Fue enterrada en el cementerio de Porta Romana, que se cerró y demolió en 1826, y sus restos no se han vuelto a localizar.

Por qué importa hoy

Un cráter de Venus y un asteroide llevan su nombre, y en 2014 Google le dedicó un doodle. Pero la mayoría de quienes la conocen lo hacen por una curva que no descubrió, bautizada con un término que ella nunca usó en ese sentido. Su caso no es exactamente el de una mujer a la que robaron un hallazgo: es el de una autora cuyo mérito real, explicar con orden lo que otros habían dejado disperso, quedó desplazado por una anécdota más llamativa. Y plantea una pregunta que sigue vigente en la divulgación científica: ¿cuánto de lo que recordamos de una figura histórica procede de lo que hizo y cuánto de los errores con que otros la contaron?

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