Cervantes y Lope de Vega elogiaron su obra en vida. Siglos después, apareció un testamento en el que su padre decía haberla escrito él: quién fue Oliva Sabuco
En 1587, con apenas veinticinco años, Oliva Sabuco publicó un tratado filosófico y médico que tuvo ocho ediciones en siglo y medio. A principios del siglo XX salió a la luz un documento en el que su propio padre reclamaba la autoría.
Un tratado que Cervantes y Lope de Vega elogiaron, firmado por una mujer de veinticinco años
En 1587, en la imprenta madrileña de Pedro Madrigal, se publicó un libro con un título tan ambicioso como su contenido: Nueva filosofía de la naturaleza del hombre, una obra en cinco tratados que se atrevía a discutir abiertamente, y en varios puntos a contradecir, a autoridades médicas y filosóficas consideradas casi intocables durante siglos, como Aristóteles y Galeno. Firmaba el libro una mujer de veinticinco años natural de Alcaraz, en la actual provincia de Albacete: Oliva Sabuco. El éxito fue notable para los estándares editoriales de la época: la obra tuvo una segunda edición al año siguiente, y hasta ocho reediciones documentadas antes de 1734, más de siglo y medio después de su primera publicación. En vida de la autora, dos de los nombres más importantes de las letras españolas del Siglo de Oro, Miguel de Cervantes y Lope de Vega, mencionaron su obra con elogio explícito, una validación literaria que pocas autoras de la época, hombres incluidos, llegaron a recibir.
Una educación excepcional en una ciudad de provincias
Sabuco nació el 2 de diciembre de 1562 en Alcaraz, hija de Miguel Sabuco, boticario y funcionario municipal, y de Francisca de Cózar. Tuvo siete hermanos, y recibió, de forma poco habitual para una niña de su tiempo, una educación amplia y cuidadosamente orientada hacia la ciencia y la filosofía natural: su propio padre le enseñó medicina, botánica y ciencias naturales, mientras que su padrino, el médico Alonso de Heredia, y otros intelectuales del círculo familiar se encargaron de instruirla en latín y en las disciplinas clásicas necesarias para leer a los autores que después discutiría en su propio tratado. En 1580, con dieciocho años, se casó con Acacio de Buedo. No hay constancia documental de que tuviera hijos, ni se conoce con precisión la fecha exacta de su muerte, que las fuentes disponibles sitúan de forma aproximada en torno a 1622, sin poder confirmarlo con un registro concreto.
Medicina del cuerpo entero, siglos antes de que se llamara así
El núcleo del pensamiento médico de Sabuco resulta, visto con perspectiva actual, sorprendentemente moderno: sostenía que el cuerpo y la mente formaban una unidad inseparable, y que cualquier tratamiento médico debía atender al paciente como un todo, no como una suma de órganos aislados, una idea que se adelanta varios siglos al enfoque holístico que hoy reivindica buena parte de la medicina contemporánea. También recomendaba precauciones concretas frente a enfermedades contagiosas transmitidas por el aire, en un momento en que la teoría microbiana de la enfermedad no existía todavía ni remotamente, y proponía que el cerebro, y no el corazón, fuera el órgano rector de buena parte de las funciones vitales del cuerpo, una discusión médica que no se resolvería de forma definitiva en términos científicos modernos hasta mucho después.
El ángulo menos contado: un testamento que ni siquiera sus críticos saben explicar
Aquí está el episodio que define, más que ningún otro dato biográfico, la historia posterior de Oliva Sabuco: a principios del siglo XX salió a la luz un testamento de su padre, Miguel Sabuco, en el que este reclamaba explícitamente haber sido el verdadero autor de la Nueva filosofía de la naturaleza del hombre, publicada bajo el nombre de su hija. El hallazgo de ese documento abrió, según recoge la propia bibliografía académica sobre el caso, "un debate encendido" entre quienes defendían la autoría de Oliva y quienes, a partir de esa sola fuente, empezaron a atribuir la obra a su padre. Es exactamente el tipo de disputa de autoría —una mujer cuyo mérito intelectual queda entredicho por la palabra de un hombre de su propio entorno familiar— que este portal existe para documentar con el mayor rigor posible, sin optar de antemano por la versión más cómoda en ninguna dirección.
Y aquí es donde el caso se vuelve más interesante que una simple disputa de autoría resuelta a favor de uno u otro bando: ni siquiera los especialistas que han estudiado el testamento con más detenimiento han logrado explicar de forma convincente por qué motivo Miguel Sabuco habría cedido en vida, sin ninguna protesta pública documentada, el crédito íntegro de una obra tan exitosa y comercialmente rentable a su propia hija, solo para reclamarla después mediante un documento privado que no se hizo público hasta mucho después de la muerte de ambos. La fuente académica más reciente consultada para este artículo lo resume con una honestidad poco habitual en este tipo de controversias: "es un misterio que no se ha conseguido descifrar". Ni la hipótesis de que Oliva fue una autora plenamente original cuyo padre intentó, por razones desconocidas, apropiarse tardíamente de su legado, ni la hipótesis contraria —que fue realmente su padre quien escribió el tratado y permitió, también por razones que nadie ha logrado reconstruir, que se publicara bajo el nombre de su hija— cuentan hoy con pruebas concluyentes que las respalden por completo. Es, en ese sentido, un caso distinto de la mayoría de los episodios del llamado efecto Matilda: no hay aquí un colega que se atribuya sin más el mérito ajeno, sino una contradicción documental que ni el propio paso de los siglos ha conseguido resolver.
Un rastro de influencia que llega hasta Descartes
Al margen de la disputa de autoría, la huella intelectual de la obra publicada bajo el nombre de Sabuco resultó duradera. La Nueva filosofía de la naturaleza del hombre se tradujo al latín y circuló por círculos académicos europeos durante los siglos XVII y XVIII, y varios historiadores de la filosofía han señalado semejanzas notables entre algunas de sus ideas sobre la relación entre cerebro, emociones y enfermedad y planteamientos que después desarrollarían pensadores como René Descartes en su teoría de las pasiones, aunque no existe constancia documental de que el filósofo francés llegara a leer directamente el tratado español. En España, la obra fue recuperada por historiadores de la medicina a partir del siglo XIX, antes incluso de que estallara la polémica de autoría del siglo XX, precisamente por lo adelantado de sus planteamientos sobre la conexión entre cuerpo y mente frente al galenismo dominante en su época. Esa doble vida del texto —celebrado primero como obra de una autora precoz, cuestionado después por el testamento paterno, y reivindicado finalmente por la historia de la ciencia como un adelanto genuino sobre el pensamiento médico de su tiempo— es en sí misma un ejemplo de lo difícil que resulta, siglos después, separar el valor de una idea del género de quien queda documentado como su autor.
Por qué esta historia importa hoy
Lo que sí puede afirmarse sin ambigüedad es que, durante los cuarenta años posteriores a su primera publicación, la Nueva filosofía de la naturaleza del hombre circuló, se reeditó y se leyó en la España del Siglo de Oro bajo el nombre de una mujer de Alcaraz, y que ese nombre fue lo bastante respetado como para merecer el elogio de dos de los escritores más influyentes de la lengua española. Que un documento privado, surgido siglos después de la muerte de ambos protagonistas, haya bastado para sembrar una duda que ni la propia investigación académica ha logrado despejar del todo, dice bastante sobre la fragilidad histórica del crédito intelectual femenino: basta, muchas veces, con la palabra de un solo hombre del entorno cercano —padre, marido, hermano, mentor— para que generaciones enteras empiecen a cuestionar una autoría que en su propio tiempo nadie había puesto en duda.