Cien camas compradas a un comerciante alemán: cómo la duquesa de la Victoria levantó un hospital en Melilla tras el desastre de Annual
En el verano de 1921, con los heridos desbordando los hospitales militares, una aristócrata madrileña llegó a Melilla por orden de la reina. En diez días abrió un hospital de cien camas. En un mes, otro de doscientas.
La duquesa de la Victoria y el hospital de la Cruz Roja de Melilla
A finales de julio de 1921, Melilla era una ciudad desbordada. En pocos días, la retirada de Annual había dejado miles de soldados españoles muertos en el Rif y cientos de heridos llegaban al puerto sin sitio donde atenderlos. En ese caos desembarcó una mujer de cuarenta y seis años con un uniforme de dama enfermera y un encargo directo de la reina Victoria Eugenia. Cuando un oficial le sugirió volver a España, su respuesta quedó en las crónicas: «Es orden de la reina y basta». Días después, en un edificio escolar vacío y con cien camas compradas a bajo precio a un comerciante alemán al que el Ejército se había negado a comprárselas, abrió un hospital. Se llamaba María del Carmen Angoloti y Mesa, duquesa de la Victoria. En Melilla la siguen recordando. Fuera de allí, su nombre casi no aparece en los relatos sobre Annual.
Una dama de la reina con formación de enfermera
Carmen Angoloti nació en Madrid en 1875, hija de Joaquín Angoloti Merlo y de Carmen Mesa. En 1892 se casó con Pablo Montesino Espartero, que heredaría el título de duque de la Victoria, creado para el general Baldomero Espartero; el matrimonio no tuvo hijos. Según su ficha de autoridad en el Portal de Archivos Españoles, el 2 de enero de 1911 fue nombrada dama de la reina Victoria Eugenia, con quien colaboró en la fundación de dispensarios antituberculosos en Madrid. En 1914 entró como vocal en la junta de patronato del Real Dispensario Antituberculoso Victoria Eugenia, y ese mismo 1921 en que partiría hacia Melilla ingresó en la Orden de las Damas Nobles de la Reina María Luisa. Su trayectoria antes de Annual era, por tanto, la de una organizadora de instituciones sanitarias, no la de una dama de salón que descubrió la enfermería de repente.
No era una aristócrata que se limitara a patrocinar. Cursó los estudios de dama enfermera de la Cruz Roja en los años en que la reina impulsaba la profesionalización de la enfermería española: según el Centro de Información Documental de Archivos del Ministerio de Cultura, en 1915 las Siervas de María pidieron a Alfonso XIII que se regulara la profesión, y ese mismo año una real orden, publicada en la Gaceta de Madrid el 21 de mayo de 1915, reguló el título. Victoria Eugenia se situó al frente de las enfermeras de la Cruz Roja como jefa suprema, y Angoloti se convirtió en una de sus colaboradoras de confianza.
Melilla, verano de 1921: un sistema sanitario desbordado
La Sanidad Militar de Melilla disponía, según el artículo de El Correo de Pozuelo que reconstruye aquellos días, de unas 1.700 camas repartidas en dos grupos de hospitales, entre ellos el hospital del Docker, con 750. Era una capacidad pensada para una guerra colonial de baja intensidad, no para el colapso de toda una comandancia. Tras la caída de Annual, el 22 de julio, la reina decidió enviar una misión de la Cruz Roja y puso a Angoloti al frente.
Cuándo llegó y con quién: las fuentes no coinciden
Los detalles de la expedición varían según quién los cuente. La web Epistemai sitúa el inicio del viaje el 27 de julio, cinco días después de Annual; una comunicación académica publicada en Dialnet da como fecha de llegada el 30 de junio, lo que no encaja con la cronología del desastre y parece una errata. El CIDA menciona como compañeras a tres damas enfermeras, María del Carmen Merry del Val, María Benavente Barbará y Conchita Heredia. Otras fuentes describen un equipo mayor, con tres damas enfermeras, cinco Hijas de la Caridad y tres enfermeras profesionales. Todas coinciden en lo esencial: era un grupo pequeño para una tarea enorme, y ella lo dirigía.
El ángulo menos contado: un hospital levantado contra las suspicacias
Lo que convierte esta historia en algo más que una estampa de caridad aristocrática es cómo se hizo. Las enfermeras no encontraron un hospital esperándolas, sino una sanidad militar recelosa de que un grupo de mujeres enviadas desde palacio se metiera en su terreno. Tuvieron que buscar ellas mismas un local. Lo hallaron en un antiguo edificio de los Hermanos de la Doctrina Cristiana y lo equiparon con cien camas que, según El Debate de Hoy y El Obrero, compraron barato a un comerciante alemán, desesperado porque el Ejército se negaba a adquirírselas. Consiguieron ropa, enseres y material, y el 4 de agosto de 1921 abrieron el hospital. Se llenó enseguida. A finales de ese mismo mes, el Ayuntamiento de Melilla les cedió un grupo escolar recién construido, que se puso en marcha con doscientas camas. Al equipo se sumaron religiosas voluntarias y todas las damas de la Cruz Roja de la ciudad.
El elogio que llegó desde el Congreso
La comparación con los hospitales del Estado fue inevitable. Ese otoño, el diputado Indalecio Prieto, uno de los críticos más duros de la gestión del Gobierno y del Ejército en Marruecos, visitó Melilla y escribió que los heridos del hospital de la Cruz Roja tenían salas limpias, ropa lavada y buena comida, frente a lo que describió como el infecto hospital del Docker. De la duquesa dijo que era la única heroína de aquella guerra, una mujer que curaba, consolaba, amortajaba cadáveres y clavaba ataúdes. Que el elogio viniera de alguien tan alejado de la corte explica por qué su trabajo se convirtió en símbolo: no había sospecha de adulación.
La crónica local ha conservado detalles menos políticos. El Alminar de Melilla recoge la historia de un mendigo anciano que se presentó en el hospital, pidió ver a la duquesa y le entregó una peseta envuelta en un pañuelo, probablemente todo lo que tenía. Y recuerda que en noviembre la infanta Luisa de Orleans pasó varias semanas en la ciudad trabajando como una enfermera más en los hospitales de la Cruz Roja.
De Melilla a la medalla Florence Nightingale
El Gobierno le concedió la Gran Cruz de la Orden Civil de Beneficencia, la máxima distinción civil del momento para este tipo de servicios; la Wikipedia fecha la concesión el 22 de noviembre de 1921 y El Alminar, el 23, y la Gaceta de Madrid la publicó el día 25. Tras la campaña de 1921 fue nombrada inspectora general de los hospitales de Marruecos, cargo que según distintas fuentes ejerció entre 1924 y 1927, y abrió hospitales en Tetuán, Larache, Ceuta y Arcila. Terminada la guerra, se incorporó al Hospital Central de la Cruz Roja en Madrid. El Comité Internacional de la Cruz Roja le otorgó la medalla Florence Nightingale, y fue la primera enfermera española en recibirla.
Por qué importa hoy
Carmen Angoloti murió en 1959. Su figura volvió brevemente a la conversación pública en 2017 con la serie de televisión Tiempos de guerra, que novelaba el trabajo de las enfermeras en Melilla, y en 2021, con el centenario de Annual. Fuera de esos momentos, el relato del desastre sigue centrado en los generales, las responsabilidades políticas y las cifras de muertos. Casi nunca se cuenta quién atendió a los que sobrevivieron, ni que para hacerlo una aristócrata tuvo que comprar camas por su cuenta mientras la administración militar no daba abasto. Su historia es también la de la enfermería española en el momento en que dejaba de ser caridad para convertirse en profesión. La pregunta es cuántas de aquellas mujeres anónimas que trabajaron a su lado en los dos hospitales de Melilla tienen hoy siquiera un nombre en algún archivo.