Combatió junto a Agustina de Aragón contra Napoleón. Murió tan pobre que los niños del pueblo la creían bruja
Casta Álvarez fue una de las tres heroínas oficialmente reconocidas de los Sitios de Zaragoza (1808-1809), condecorada por el propio Fernando VII. Mientras Agustina de Aragón se convertía en símbolo internacional de la resistencia española.
Una bayoneta atada a un palo, junto a la Puerta del Carmen
En algún momento de 1808, mientras la caballería al servicio de Napoleón cargaba contra las murallas de Zaragoza cerca de la Puerta del Carmen, una vecina de la ciudad recogió un fusil que un soldado caído había dejado en el suelo y abrió fuego contra los jinetes. Los atacantes, sorprendidos por la resistencia de una mujer sin instrucción militar, retrocedieron sin lograr entrar en la ciudad. En otros momentos de los dos asedios que sufrió Zaragoza, según las crónicas que recogieron después su historia, combatió con lo que tenía a mano: una bayoneta sujeta a modo de lanza improvisada. Aquella mujer se llamaba Casta Álvarez, y ese gesto repetido la convirtió, junto a Agustina de Aragón y Manuela Sancho, en una de las tres heroínas que el gobierno de Fernando VII reconoció oficialmente por la defensa de Zaragoza frente a los franceses. Más de dos siglos después, solo una de esas tres mujeres tiene estatua, leyenda internacional y un lugar firme en la memoria colectiva española. Casta Álvarez ni siquiera cuenta hoy con una página dedicada en la Wikipedia en español.
Una ciudad que resistió dos veces, y un mito que solo tuvo sitio para un rostro
Zaragoza sufrió dos asedios sucesivos durante la Guerra de la Independencia: el primero, entre junio y agosto de 1808, terminó con la retirada francesa tras varios asaltos fallidos; el segundo, entre diciembre de ese año y febrero de 1809, se prolongó durante semanas de combate casa por casa, epidemias de tifus y hambre extrema, hasta la capitulación de la ciudad. La resistencia zaragozana se convirtió, casi de inmediato, en el símbolo internacional de la negativa española a doblegarse ante Napoleón, en buena parte gracias a dos vehículos culturales que actuaron con una rapidez inusual para la época: los grabados de guerra de Francisco de Goya y el poema que el propio Lord Byron dedicó a la "doncella de Zaragoza" en su Childe Harold's Pilgrimage, publicado apenas tres años después de los hechos. Ese poema consagró en toda Europa el nombre de Agustina de Aragón como rostro único de la heroicidad zaragozana, mientras otras mujeres que se habían jugado exactamente lo mismo —entre ellas Manuela Sancho y Casta Álvarez— quedaban relegadas, desde el principio, a un segundo plano del que la primera nunca llegaría a salir del todo.
El segundo asedio, en particular, se convirtió en una de las páginas más sangrientas de toda la guerra: los historiadores calculan que la ciudad perdió cerca de cincuenta y cuatro mil personas entre soldados y población civil, muchas de ellas víctimas de la disentería y el tifus que se propagaron por unas calles hacinadas de heridos y cadáveres antes incluso de que cayera la última línea de defensa. En un contexto de esas dimensiones, que civiles sin instrucción militar —hombres y mujeres por igual— acabaran combatiendo junto a los regimientos regulares no era la excepción, sino la norma impuesta por la propia supervivencia: Zaragoza defendió sus calles, de forma literal, casa por casa y manzana por manzana.
De un presidio norteafricano a las trincheras aragonesas
Sobre el origen de Casta Álvarez, ni siquiera las fuentes especializadas se ponen de acuerdo. Según su biografía en la Real Academia de la Historia, nació en Orán —entonces plaza española en el norte de África— en 1786, hija de Diego Álvarez y Manuela Bravo, ambos naturales de Figueruelas, en la provincia de Zaragoza. Otras fuentes, sin embargo, sitúan su nacimiento en 1776, diez años antes, y dudan de si realmente llegó a nacer en Orán o si esa plaza africana se coló en su biografía por alguna confusión posterior con el destino militar de su padre. Esa discrepancia, lejos de ser un detalle menor, es representativa de lo poco que se ha investigado con rigor sobre su vida: mientras Agustina de Aragón cuenta con estudios biográficos detallados y contrastados, la fecha exacta de nacimiento de Casta Álvarez sigue siendo, hoy, una cuestión abierta. Lo que las fuentes sí coinciden en situar es su llegada a Zaragoza siendo aún joven, ya instalada en la ciudad cuando estalló la guerra en 1808.
El ángulo menos contado: ni siquiera las crónicas se ponen de acuerdo en qué puerta defendió
Tampoco hay acuerdo pleno sobre el episodio concreto que la hizo célebre. Unas fuentes sitúan su intervención armada junto a la Puerta del Carmen, frente a la caballería francesa; otras la describen organizando el suministro de munición y agua para la batería de cañones de la Puerta Sancho, en el barrio del Arrabal, al otro lado del río Ebro. Es posible, y así lo sugieren las crónicas más completas, que hiciera ambas cosas en momentos distintos de un asedio que se prolongó durante meses: la logística de guerra y el combate cuerpo a cuerpo no eran, en la Zaragoza sitiada de 1808, tareas mutuamente excluyentes para una misma persona. Una de las estampas que popularizaron su figura, grabada por Juan Gálvez y Fernando Brambila entre 1812 y 1813, la muestra precisamente en plena noche de fin de año de 1808, participando en una salida nocturna de los defensores para destruir las obras de asedio construidas por los franceses frente a las murallas, una operación de alto riesgo que solo tenía sentido si se estaba dispuesta a combatir, no solo a abastecer a quienes combatían.
Una medalla, una pensión que casi nunca llegó, y una vejez de miseria
El reconocimiento oficial llegó en 1815, ya restaurado Fernando VII en el trono: el gobierno le concedió el Escudo de Distinción y el Escudo de Defensor de la Patria, y le asignó una pensión de cuatro reales diarios por su participación en la defensa de la ciudad. Sobre el papel, era el mismo tipo de reconocimiento simbólico que recibieron sus dos compañeras más recordadas. En la práctica, según recoge la documentación local conservada en Cabañas de Ebro, la pensión "la recibió en pocas ocasiones", víctima de una burocracia que administraba con desidia el pago de las recompensas de guerra a quienes no tenían medios para reclamarlas con insistencia. Casta se casó en 1814 con un labrador de Figueruelas, enviudó poco después, y pasó sus últimos años en Cabañas de Ebro sumida, según las mismas fuentes municipales, en la pobreza y con episodios de lo que entonces se describía como senilidad; los niños del pueblo, ajenos a que aquella anciana solitaria había combatido junto a Agustina de Aragón, llegaron a considerarla una bruja. Murió el 29 de abril de 1846, a los sesenta años, y fue enterrada como una indigente, envuelta en una sábana prestada.
Por qué esta historia importa hoy
El desagravio, cuando llegó, llegó tarde y llegó sobre todo simbólico: en 1908, con motivo del centenario de los Sitios, sus restos fueron localizados, exhumados y trasladados con honores a la capilla de Nuestra Señora del Portillo en Zaragoza, junto a los de Agustina de Aragón, y una calle de la ciudad pasó a llevar su nombre. Ese mismo año, un retrato pintado por Marcelino de Unceta en 1875 —casi treinta años después de su muerte, y por tanto sin ninguna garantía de parecido real— terminó de fijar una imagen suya que ella nunca llegó a ver ni a autorizar. Que una mujer reconocida oficialmente como heroína de guerra por el propio rey de España pudiera, al mismo tiempo, morir de pobreza y ser señalada como bruja por los niños de su pueblo, dice menos sobre la sinceridad de aquel reconocimiento que sobre su alcance real: una medalla y cuatro reales diarios, mal pagados, no bastaban para sostener una vida entera, y ningún poema de Lord Byron se escribió jamás pensando en ella.