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Con un telescopio prestado igualó los cálculos de una comisión astronómica oficial española en 1882. Su catálogo de 6.000 plantas caribeñas nunca se publicó: quién fue Ana Roqué de Duprey

En 1882, la puertorriqueña Ana Roqué de Duprey observó el tránsito de Venus desde una azotea con un telescopio prestado, y sus cálculos coincidieron, salvo por segundos, con los de la comisión oficial del Observatorio de San Fernando.

✍️ Montse 📅 02 de September de 2026 ⏱ 9 min de lectura 👁 6 visitas
Con un telescopio prestado igualó los cálculos de una comisión astronómica oficial española en 1882. Su catálogo de 6.000 plantas caribeñas nunca se publicó: quién fue Ana Roqué de Duprey

Una observación astronómica desde una azotea, con un telescopio prestado

El 6 de diciembre de 1882, en la azotea de una casa del Viejo San Juan, un pequeño grupo de aficionados apuntó un telescopio prestado hacia el sol para cronometrar uno de los fenómenos astronómicos más raros que existen: un tránsito de Venus, el paso del planeta por delante del disco solar, un suceso que no volvería a repetirse hasta 2004. Quien dirigía la observación no era un astrónomo profesional ni tenía acceso a instrumental de precisión: era una maestra de veintinueve años llamada Ana Roqué de Duprey, ayudada por Manuel Corchado, Carlos Soler y el coronel Laguna. Cuando compararon después sus cálculos sobre los momentos exactos de contacto entre los discos de Venus y el Sol con los de la comisión oficial que el Observatorio de San Fernando, en Cádiz, había desplazado a la región para el mismo fin, la diferencia fue de segundos, no de minutos, atribuible únicamente a la falta de un telescopio propio. Cincuenta años más tarde, la obra científica más ambiciosa de esa misma mujer —un catálogo con más de seis mil especies de la flora antillana, fruto de tres décadas de trabajo— seguiría sin publicarse, después de que un funcionario agrónomo calificara su método de "sumamente defectuoso".

Un fenómeno que medio mundo científico salió a observar ese mismo diciembre

El tránsito de Venus de 1882 no era un capricho local: gobiernos y observatorios de medio mundo —España, Francia, Estados Unidos, Reino Unido— habían desplegado expediciones a distintos puntos del planeta para cronometrarlo con la mayor precisión posible, porque comparar esos tiempos desde ubicaciones distintas permitía entonces calcular la distancia entre la Tierra y el Sol con un método que no volvería a estar disponible hasta el siguiente tránsito, ciento veintidós años después. Que una maestra puertorriqueña sin instrumental profesional lograra, desde una azotea, resultados casi idénticos a los de la comisión oficial española no fue un dato menor para la pequeña comunidad científica de la isla, aunque tampoco le abrió ninguna puerta institucional: siguió observando el cielo como aficionada el resto de su vida, sin acceso jamás a un observatorio propio ni a una plaza académica.

De maestra autodidacta a miembro de la Sociedad Astronómica de Francia

Ana Roqué Géigel nació en Aguadilla, Puerto Rico, el 18 de abril de 1853, hija de una familia dedicada a la enseñanza. Empezó a dar clases como maestra suplente a los once años, mientras estudiaba por su cuenta piano, contabilidad, aritmética, inglés y francés, y a los trece escribió un manual de geografía que llegaría a convertirse en libro de texto oficial en las escuelas puertorriqueñas, una hazaña notable para una autora adolescente en la isla de mediados del siglo XIX. Se formó después en botánica, zoología, astronomía, geología y meteorología de manera prácticamente autodidacta, guiada a distancia por el naturalista alemán Agustín Stahl, sin haber pisado nunca una universidad, una vía de acceso a la ciencia que compartió con buena parte de las escasas naturalistas de su generación en toda Hispanoamérica.

Su trabajo de observación astronómica no se limitó al tránsito de Venus de 1882: ese mismo año registró también manchas solares y el paso del Gran Cometa de septiembre, y con el tiempo entró a formar parte de la Société Astronomique de France, cuyo boletín L'Astronomie le sirvió de referencia para las cartografías celestes que usó en su propio trabajo divulgativo. En 1923 firmó el capítulo sobre los cielos de Puerto Rico de El Libro de Puerto Rico / The Book of Porto Rico, la gran obra de referencia enciclopédica sobre la isla editada por Eugenio Fernández García, uno de los pocos textos de astronomía descriptiva escritos por una mujer puertorriqueña en toda esa época.

Un manuscrito de tres décadas, escondido en treinta cuadernos

Pero la obra a la que Roqué de Duprey dedicó más tiempo y ambición no fue astronómica, sino botánica. Durante más de treinta años recopiló, dibujó y describió la flora y la fauna de las Antillas en un manuscrito que tituló Botánica Antillana, un proyecto que fue tomando forma en al menos tres versiones sucesivas: unos primeros borradores de 1906 a 1913, pensados con fines educativos para escolares, y una versión final de 1925, la más completa y cuidada, redactada a lo largo de treinta cuadernos pautados. El resultado, según describen quienes han podido examinarlo, es un catálogo de más de seis mil especies de plantas y árboles caribeños, ilustrado con cuatrocientos dibujos en color y ciento cincuenta en blanco y negro, escrito además con una prosa accesible que intercalaba poemas y un lenguaje pensado para el público general, no solo para especialistas. Es, según coinciden los investigadores que se han acercado a él en los últimos años, uno de los catálogos botánicos más completos jamás escritos sobre Puerto Rico.

Roqué de Duprey buscó financiación para publicarlo durante años, sin éxito. El manuscrito nunca vio la imprenta en vida de su autora.

El ángulo menos contado: la carta de 1932 que enterró el catálogo

Aquí es donde la historia deja de ser solo la de un manuscrito perdido y se convierte en la de un rechazo documentado. Carlos E. Chardón, director de la Estación Experimental Agrícola de Puerto Rico y una de las autoridades científicas más influyentes de la isla en esos años, había alentado en un primer momento la publicación de la obra. En 1932 cambió de posición: en una carta que se conserva y que el periodismo de investigación puertorriqueño ha citado directamente, escribió que no veía "la oportunidad de publicarla" y calificó la nomenclatura científica empleada por Roqué de Duprey de "sumamente defectuosa", exigiéndole que abandonara el sistema de clasificación del botánico alemán Ignatz Urban, en el que se había formado, para adoptar en su lugar el del botánico estadounidense Nathaniel Lord Britton. Fuera o no ese el motivo real, el efecto fue el mismo que si lo hubiera sido: el catálogo quedó archivado.

No todas las fuentes que han recuperado esta historia coinciden en el peso exacto de ese episodio. El reportaje de investigación que documentó la carta de Chardón lo presenta como el obstáculo concreto y decisivo; otras semblanzas más recientes de Roqué de Duprey, en cambio, atribuyen la falta de publicación a un enunciado más amplio y menos verificable: "el prejuicio contra las mujeres" de la época, sin mencionar a Chardón ni su carta. Ambas explicaciones pueden ser ciertas a la vez —un prejuicio de fondo que se manifestó, en la práctica, a través de una objeción técnica muy concreta—, pero conviene no confundir la evidencia documental, que apunta a un funcionario y una fecha exactos, con la explicación estructural, más difícil de probar con una sola carta.

Un tesoro redescubierto casi un siglo después

Los treinta cuadernos de la versión de 1925 permanecieron durante décadas en el Museo de Historia, Antropología y Arte del recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, prácticamente sin consultar. En 2011, el botánico mexicano Jorge Carlos Trejo inició un proyecto para digitalizar, transcribir y preparar la publicación completa de la obra. La versión más avanzada y definitiva del manuscrito, la de 1925, no se localizó con certeza hasta 2014, cuando el periodista de investigación Eliván Martínez Mercado la encontró y documentó su historia para el Centro de Periodismo Investigativo, bajo un título que resume bien la magnitud del hallazgo: "El tesoro de una científica rebelde". Más de un siglo después de que Ana Roqué de Duprey empezara a llenar el primero de esos treinta cuadernos, su catálogo de la flora antillana sigue a la espera de una edición completa y accesible al público general.

Por qué esta historia importa hoy

Ana Roqué de Duprey murió en Río Piedras, San Juan, el 3 de octubre de 1933, a los ochenta años, sin ver publicada la obra que le había llevado más tiempo que cualquier otra. Para entonces ya había fundado, en 1894, La Mujer, la primera publicación periódica de Puerto Rico dirigida por mujeres, y en 1917 la Liga Femínea Puertorriqueña, germen del movimiento sufragista que lograría el voto femenino alfabetizado en la isla en 1929, dos logros por los que se la recuerda hoy con más frecuencia que por su ciencia. Que una mujer capaz de igualar con un telescopio prestado los cálculos de una comisión astronómica oficial española, y de pasar treinta años catalogando en solitario seis mil especies vegetales, sea recordada sobre todo como pionera del feminismo puertorriqueño y casi nunca como científica, dice bastante sobre qué parte de su legado decidió conservar la memoria histórica, y cuál prefirió dejar en un cajón —o, en este caso, en treinta cuadernos sin abrir durante más de ochenta años.

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