Concha Espina sonó tres veces para el Nobel: por qué hoy apenas se la lee
Fue la primera escritora española en vivir solo de sus libros y sonó para el Nobel de Literatura en 1926, 1929 y 1931. Décadas después, su ambigua cercanía al franquismo la fue borrando del canon literario que la crítica empieza ahora a revisar.
Una escritora que casi gana tres veces el Nobel, y a la que hoy cuesta encontrar en las librerías
En noviembre de 2025, una emisora de radio cántabra resumía casi setenta años de historia literaria española con una sola pregunta: si Concha Espina, la escritora más internacional que dio Santander en el siglo XX, debía seguir siendo la autora borrada por su cercanía al franquismo, o si había llegado el momento de que la historia revisara su caso. La pregunta no era retórica. Concha Espina se cuenta entre las primeras mujeres españolas que vivieron exclusivamente de lo que escribían, sonó para el Premio Nobel de Literatura en al menos tres ocasiones —1926, 1929 y 1931, según recogen distintas fuentes especializadas en la historia del galardón— y compartió generación literaria con Unamuno y Antonio Machado. Y sin embargo, buena parte del público español de hoy no podría nombrar un solo título suyo, ni explicar por qué una autora de ese calibre desapareció, durante décadas, de los programas escolares y de las librerías generalistas.
De Santander a Valparaíso: una escritora que empezó a escribir por necesidad económica
Concepción Espina y Tagle nació en Santander el 15 de abril de 1869. En enero de 1894 se casó con Ramón de la Serna y Cueto y se trasladó con él a Valparaíso, en Chile, atraída por la promesa de una fortuna que nunca terminó de materializarse. Tuvo cinco hijos —Ramón, Víctor, José, que murió siendo niño, Josefina y Luis— y, según sus biógrafos, empezó a escribir de manera regular en parte para hacer frente a las tensiones económicas del matrimonio, que terminó separándose de hecho por desacuerdos sobre quién debía sostener económicamente a la familia. De vuelta en España, esa necesidad se convirtió en oficio: en 1909 publicó La niña de Luzmela, la novela que la dio a conocer y que llevó al pequeño pueblo cántabro de Mazcuerras a adoptar oficialmente, en 1948, el nombre literario de Luzmela.
El libro que la consagró, y la etiqueta que ella misma rechazó
La esfinge maragata, publicada en 1914 y premiada por la Real Academia Española, se considera hoy su obra maestra: un retrato duro de las mujeres de la comarca leonesa de la Maragatería, condenadas a sostener sus hogares mientras los hombres emigraban durante meses o años en busca de trabajo. En 1920 publicó El metal de los muertos, una novela de denuncia social ambientada en las minas de Riotinto que, pese a estar escrita por una autora de simpatías conservadoras, llegó a ser acusada por algunos sectores de propaganda comunista. En 1926 publicó Altar mayor, por la que recibió el Premio Nacional de Literatura al año siguiente. La crítica y la historiografía feminista posterior han tendido a reivindicarla como precursora, pero la propia Concha Espina rechazó en vida, de forma explícita, la etiqueta de feminista, un matiz que buena parte de los homenajes que se le rinden hoy tiende a pasar por alto.
Ceguera y una posguerra de lealtades exigidas
En sus últimos años, Concha Espina perdió progresivamente la vista. Según relató ella misma, siguió escribiendo con la ayuda de un cartón rayado similar a los que usaban entonces las personas ciegas, guiando el lápiz línea a línea sin poder ver lo que trazaba. Vivió la Guerra Civil en la zona que quedó bajo control del bando franquista, una circunstancia que, según sus biógrafos, condicionó su posición en el nuevo régimen que se instauró tras 1939. Ese mismo año firmó el manifiesto de escritores españoles en defensa de la Falange, y entre 1940 y 1943 perteneció a la Sección Femenina del partido único del franquismo. Aquí las fuentes no coinciden: algunos biógrafos sostienen que esa afiliación fue, en gran medida, una manera de proteger su posición literaria en un país que exigía lealtades explícitas a cualquier autor con proyección pública; otros la leen como una adhesión más sincera, coherente con las simpatías conservadoras y nacionalistas que ya había mostrado durante la Restauración y el régimen de Primo de Rivera. Las fuentes disponibles no permiten zanjar con certeza cuál de las dos lecturas se ajusta mejor a los hechos, y cualquier resumen que presente una sola versión como la definitiva simplifica una biografía que sus propios estudiosos consideran ambigua.
El ángulo menos contado: por qué la canonización literaria la dejó fuera sin retirarle nada
Aquí está el matiz que la mayoría de los artículos en español sobre Concha Espina no explican bien. Su posición durante la guerra le dio, de entrada, cierta continuidad de reconocimiento institucional en los primeros años del franquismo: no fue perseguida ni represaliada, y conservó sus nominaciones al Nobel y su Premio Nacional de Literatura sin que ninguna institución se los retirara jamás. Lo que cambió, con el paso de las décadas, no fue su historial de premios, sino los criterios con los que la crítica literaria española reconstruyó su propio canon en la segunda mitad del siglo XX: un estilo narrativo vinculado a formas previas y alejado de las corrientes experimentales que empezaban a marcar la literatura de posguerra la fue relegando a una posición periférica, más citada en las historias de la literatura que efectivamente leída por el público general. Es decir: a Concha Espina no la borró un decreto ni una sanción explícita, sino un proceso más lento y menos visible de reconstrucción del canon literario español, que privilegió otras estéticas y otras figuras y que, en su caso concreto, coincidió además con una biografía política demasiado incómoda para que nadie se ocupara de reivindicarla con entusiasmo.
Una polémica de 2025 demuestra que la discusión sigue abierta
El debate sobre qué hacer con la memoria de Concha Espina no es solo cosa de historiadores. En abril de 2025, el ayuntamiento de Tres Cantos, en Madrid, decidió que la nueva biblioteca municipal llevaría su nombre, en sustitución de un compromiso adquirido en 2023 para dedicar el siguiente equipamiento cultural inaugurado al grupo de música Vetusta Morla. La decisión reavivó en la prensa local una discusión que va más allá de la política municipal: si una escritora con su historial de cercanía al franquismo debe seguir recibiendo honores públicos con el mismo automatismo que cualquier otra figura de las letras españolas, o si ese reconocimiento exige, como mínimo, una explicación explícita de las luces y las sombras de su biografía. Ese mismo debate —redimir, matizar o simplemente ignorar— es el que resumía meses después, en noviembre de 2025, el titular de la emisora cántabra con el que arranca este reportaje.
Por qué esta historia importa hoy
Concha Espina murió en Madrid el 19 de mayo de 1955, casi ciega, todavía citada como una de las grandes firmas de su generación literaria pero ya alejada de la primera línea pública. Setenta años después, su figura sigue atrapada entre dos relatos que compiten por simplificarla: el que quiere convertirla sin matices en una precursora feminista silenciada, y el que prefiere seguir recordándola solo por su cercanía al franquismo. Ninguno de los dos hace justicia a una escritora que estuvo, según la documentación disponible sobre el propio Premio Nobel, a un paso de convertirse en la primera española en ganarlo, y que después vivió, escribió y tomó decisiones políticas discutibles en un país que llevaba dos guerras seguidas exigiendo lealtades sin matices. La pregunta que su caso deja abierta no es si merece un monumento o un olvido, sino si es posible —o si tiene sentido— separar la calidad de una obra literaria de las decisiones políticas más cuestionables de quien la escribió.