Confesó a la Gestapo que dirigía la mayor red de fugas de la Europa ocupada. No le creyeron, y eso la salvó
Andrée de Jongh fundó con 23 años la Línea Cometa, que sacó de la Europa ocupada a más de 700 aviadores aliados cruzando los Pirineos a pie. Cuando la capturó la Gestapo.
Le dijo la verdad completa a sus interrogadores, y ellos decidieron que mentía
El 15 de enero de 1943, agentes de la Gestapo detuvieron a una joven belga en un control cerca de la frontera franco-española, en plena operación de contrabando de personas hacia España. Durante el interrogatorio que siguió, Andrée de Jongh hizo algo que ninguno de sus captores esperaba: en lugar de negar su implicación o inventar una identidad falsa, como hacían la mayoría de los agentes de las redes de resistencia cuando caían en manos alemanas, admitió sin rodeos que era la fundadora y la responsable directa de la Línea Cometa, la red de evasión que durante casi dos años había sacado de la Europa ocupada a cientos de aviadores aliados derribados sobre territorio enemigo. El oficial que la interrogó, según recoge la documentación disponible sobre su captura, no la creyó: le pareció sencillamente inverosímil que una mujer de veintiséis años pudiera haber dirigido, sola y desde la clandestinidad, una organización de esa escala y esa complejidad logística. Ese error de cálculo, nacido del mismo prejuicio que en tantos otros episodios de esta serie ha servido para minimizar el papel de las mujeres, es probablemente lo que le salvó la vida.
Una enfermera que decidió no quedarse de brazos cruzados tras la capitulación belga
Andrée de Jongh nació en 1916 en Schaerbeek, un municipio del área metropolitana de Bruselas, y estudiaba para ser enfermera cuando, en mayo de 1940, Bélgica capituló ante la invasión alemana. Poco después de la rendición, De Jongh empezó a visitar y atender a soldados aliados heridos u ocultos en un hospital de Brujas, un contacto directo con militares que necesitaban desesperadamente encontrar una vía de escape hacia territorio no ocupado que resultaría decisivo para el rumbo que tomaría el resto de su vida. En el verano de 1941, con apenas veintitrés años, organizó y ejecutó personalmente su primera operación de fuga: acompañó a un oficial escocés y a dos oficiales belgas a través de Francia y de los Pirineos hasta Bilbao, donde se presentó directamente en el consulado británico para demostrar, con las tres personas que había guiado hasta allí en carne y hueso, que la ruta que había diseñado funcionaba. La respuesta inicial de la inteligencia británica, más acostumbrada a desconfiar de agentes que se presentaban por iniciativa propia que a confiar en ellos de inmediato, fue de cautela; con el tiempo, sin embargo, el Servicio de Inteligencia británico terminó financiando buena parte de las operaciones de la red que De Jongh acababa de fundar, cuyo coste rondaba los dos mil dólares por cada operación de evacuación.
Una ruta de más de mil kilómetros, cruzada veintidós veces por ella misma
La organización que De Jongh bautizó como Línea Cometa —Comet Line, o Réseau Comète en francés— trazaba una ruta que arrancaba en Bruselas o Lille, atravesaba París, Tours, Burdeos y Bayona, y cruzaba a pie las montañas de los Pirineos hasta San Sebastián, con extensiones posteriores hacia Madrid y Gibraltar. A lo largo de sus casi tres años de funcionamiento, la red ayudó a escapar a más de setecientas setenta personas, la mayoría aviadores aliados derribados sobre Bélgica y el norte de Francia cuyo conocimiento técnico resultaba demasiado valioso para el esfuerzo bélico aliado como para dejarlos caer en manos alemanas. De Jongh cruzó personalmente los Pirineos veintidós veces, acompañando ella misma a ciento dieciocho de esos evadidos a través del tramo más peligroso y físicamente exigente de toda la ruta, un esfuerzo que sostuvo de forma continuada durante año y medio antes de su captura. La organización, que llegó a contar con unos tres mil colaboradores repartidos por toda la ruta —guías de montaña, familias que escondían a los fugitivos, falsificadores de documentos—, estaba compuesta en su mayoría por mujeres jóvenes, un dato que rara vez aparece destacado en los relatos generales sobre la resistencia belga y francesa de la Segunda Guerra Mundial.
El padre que pagó con su vida el mismo compromiso que su hija
La Línea Cometa no fue un proyecto que Andrée de Jongh sostuviera en solitario: su propio padre, Frédéric de Jongh, se incorporó como uno de sus colaboradores más cercanos en la organización de la red en Bélgica. Frédéric fue detenido por las autoridades alemanas y ejecutado, uno de los ciento cuarenta y cuatro miembros de la Línea Cometa que perdieron la vida a lo largo del conflicto, una cifra que da una idea del riesgo constante que asumía cada eslabón de una cadena logística que dependía, en última instancia, de que ningún participante hablara bajo tortura ni traicionara al resto de la red.
Ravensbrück, Mauthausen, y una identidad que logró mantener oculta hasta el final
Tras su detención de enero de 1943 y el interrogatorio en el que confesó su papel sin que nadie la creyera, De Jongh fue deportada primero al campo de concentración de Ravensbrück y trasladada después a Mauthausen, dos de los campos más duros del sistema concentracionario nazi. Según la documentación disponible sobre su cautiverio, logró mantener oculta ante sus captores la magnitud real de su papel al frente de la Línea Cometa incluso después de que la Gestapo, con el paso de los meses, empezara a sospechar que la mujer que tenían detenida podía ser más importante de lo que habían asumido en un primer momento; su deliberado deterioro físico y el hambre extrema que sufrió en cautiverio contribuyeron, paradójicamente, a que pasara desapercibida en un sistema que procesaba a decenas de miles de prisioneras al mismo tiempo. Sobrevivió a ambos campos y fue liberada el 30 de abril de 1945, cuando el Ejército Rojo llegó a Ravensbrück.
El ángulo menos contado: la enfermera que volvió a arriesgar su vida en tiempos de paz
Buena parte de los perfiles divulgativos sobre Andrée de Jongh terminan su relato en el momento de la liberación, como si la historia de una heroína de guerra debiera cerrarse necesariamente ahí. Lo que esos resúmenes suelen omitir es que, terminada la guerra, De Jongh retomó sus estudios de enfermería y decidió trasladarse al Congo, entonces colonia belga, donde dedicó buena parte de las tres décadas siguientes de su vida a atender a enfermos de lepra, una enfermedad estigmatizada y desatendida por los sistemas sanitarios coloniales de la época. No hay en ese segundo capítulo de su biografía ningún relato de fuga espectacular ni ninguna hazaña militar que narrar, y quizá por eso mismo ha quedado sistemáticamente eclipsado por la parte más cinematográfica de su vida: la de una mujer que, tras sobrevivir a dos campos de concentración por dirigir una red de evasión, decidió pasar el resto de su carrera profesional cuidando a los pacientes que la medicina de su tiempo prefería no tocar.
Un título nobiliario y una medalla que llegaron décadas después
El reconocimiento oficial a su papel en la Línea Cometa se fue acumulando a lo largo de las décadas siguientes: el rey belga Balduino la elevó a la nobleza, y Estados Unidos le concedió la Medalla de la Libertad, uno de los más altos honores civiles que ese país otorga a ciudadanos extranjeros. En 2019, más de una década después de su muerte en 2007, a los noventa años, una calle del barrio bruselense de Laeken fue bautizada con su nombre, un reconocimiento tardío que la sitúa, por fin, junto a otras figuras de la resistencia europea con calles y monumentos propios en las ciudades que ayudaron a liberar.
Por qué esta historia importa hoy
El detalle que mejor resume la historia de Andrée de Jongh no es la magnitud de la red que dirigió, ni las veintidós veces que cruzó los Pirineos a pie, sino el momento exacto de su interrogatorio en enero de 1943: dijo la verdad completa sobre quién era y qué había hecho, y el prejuicio de sus captores sobre lo que una mujer joven podía o no podía haber organizado resultó, por una vez, una ventaja involuntaria en lugar de un obstáculo. Que ese mismo prejuicio siguiera operando después, en la forma en que la historiografía general de la resistencia europea ha tendido a centrar su atención en los mandos masculinos de otras redes mejor conocidas, es la parte de esta historia que todavía queda por corregir del todo.