Cuando un banco quebró, su hijo recuperó su fortuna entera. A ella y a su hija solo les devolvieron un 30%. Quién fue Johanna Schopenhauer, la escritora que su hijo eclipsó
En 1819, mientras el libro de su hijo Arthur se topaba con un silencio casi total, Johanna Schopenhauer era ya la escritora alemana más leída de su generación.
El mismo año, dos libros y dos suertes opuestas
En 1819 se publicaron, con meses de diferencia, dos libros firmados por dos miembros de la misma familia alemana. Uno era una novela en tres volúmenes titulada Gabriele. El otro era un tratado de filosofía titulado El mundo como voluntad y representación. La novela la firmaba Johanna Schopenhauer, ya entonces la escritora más leída de Alemania, una autora cuyos libros se agotaban en las librerías y cuyo salón literario en Weimar había recibido durante años la visita habitual de Goethe. El tratado lo firmaba su hijo Arthur, un filósofo de treinta y un años prácticamente desconocido cuya obra, según registra hoy la propia Wikipedia en inglés, fue recibida «con un silencio casi unánime». Dos siglos después, la situación se ha invertido por completo: el tratado de Arthur se estudia en universidades de todo el mundo, y el nombre de Johanna sobrevive, cuando sobrevive, como una nota a pie de página en la biografía de su hijo.
De Danzig a Weimar: una boda de conveniencia y una viudedad que cambió su vida
Johanna Henriette Trosiener nació en Danzig el 9 de julio de 1766. En 1785, con apenas dieciocho años, se casó con Heinrich Floris Schopenhauer, un comerciante veinte años mayor que ella. Ella misma reconoció después, con una franqueza poco habitual para una memorialista de su época, que la atracción había sido sobre todo económica y social, no afectiva. El matrimonio tuvo dos hijos, Arthur, nacido en 1788, y Adele, nacida en 1797. En 1805, Heinrich Floris murió en circunstancias que las fuentes no terminan de aclarar: algunas versiones apuntan a un accidente, y Arthur llegaría a acusar más tarde a su madre de haber abandonado a un padre «postrado, enfermo» para asistir a fiestas mientras agonizaba, una acusación que ninguna fuente consultada confirma de forma independiente como relato objetivo de lo ocurrido, y que este artículo recoge por tanto como acusación, no como hecho establecido. Fuera cual fuese la causa exacta, la muerte de su marido liberó a Johanna de un matrimonio que ella misma había descrito como distante, y le abrió, con apenas treinta y nueve años, una vida completamente distinta.
La escritora más famosa de Alemania, antes de que nadie hubiera oído hablar de su hijo
Tras enviudar, Johanna se trasladó a Weimar, entonces el centro cultural más importante de los territorios de habla alemana, y organizó allí un salón literario semanal que llegó a reunir a Johann Wolfgang von Goethe, a los hermanos Schlegel y al escritor Ludwig Tieck, entre otras figuras de primer nivel. Fue, según coinciden varias fuentes académicas, la primera mujer alemana en publicar libros bajo su propio nombre, sin recurrir a un pseudónimo masculino, una decisión nada trivial en el mundo editorial de comienzos del siglo XIX. Su salón, además, no se limitó a reunir a figuras consagradas: distintas biógrafas destacan que Johanna tuvo el gesto, poco habitual para la rigidez social de la época, de recibir abiertamente en su casa a Christiane Vulpius, la pareja de Goethe, en un momento en que buena parte de la sociedad culta de Weimar todavía la trataba con frialdad por no estar casada con el escritor. Su producción fue extensa: una biografía del crítico de arte Karl Ludwig Fernow en 1810, un libro de viajes por Gran Bretaña en 1813-1814, la colección de relatos Novellen, fremd und eigen en 1816, y su novela más conocida, Gabriele, publicada en tres volúmenes entre 1819 y 1820. En 1831 se publicó una segunda edición de sus obras completas en veinticuatro volúmenes, una cifra que por sí sola da una idea del volumen de su producción y de la demanda editorial que sostenía. Entre finales de la década de 1810 y comienzos de la de 1830, distintas fuentes la describen sencillamente como «la escritora más famosa de Alemania», un estatus que su hijo, en esos mismos años, ni remotamente se acercaba a igualar.
El ángulo menos contado: una quiebra bancaria que repartió la fortuna familiar de forma muy desigual
Aquí está la parte de la historia que ni los reportajes centrados en su choque de personalidad con Arthur —incluido el que le dedicó en 2022 la revista cultural Jot Down, centrado en sus cartas, ni el que en 2025 publicó Infobae sobre el lado oscuro de su hijo, que recoge por ejemplo la respuesta sarcástica de Johanna cuando Arthur le mostró su tesis doctoral: «¿Y quién va a leer eso, Arthur? Ni siquiera entienden el título»— suelen desarrollar con el detalle que merece. Hacia 1818 y 1819, la casa bancaria A. L. Muhl, de Danzig, donde la familia Schopenhauer tenía invertida buena parte de su patrimonio, entró en una situación cercana a la quiebra. Johanna y su hija Adele habían depositado allí la totalidad de sus ahorros; Arthur, en cambio, había invertido solo un tercio de su propia fortuna en esa misma casa bancaria. Cuando la crisis estalló, las dos mujeres recuperaron apenas un treinta por ciento de lo que habían invertido. Arthur, aplicando lo que sus biógrafos describen como un conocimiento práctico de los negocios y una postura agresiva y desconfiada frente al banquero, logró recuperar su parte íntegra.
El contraste no fue solo una anécdota económica: distintos estudios biográficos sobre la familia señalan explícitamente que ese episodio agravó todavía más las ya deterioradas relaciones entre los tres. Arthur, que en 1805 había heredado de su padre una fortuna que invirtió con prudencia en deuda pública y que le proporcionó, de por vida, unos ingresos por intereses superiores al doble del sueldo de un catedrático universitario, no necesitó nunca depender de la venta de sus libros para vivir, ni siquiera cuando esos libros no se vendían. Johanna y Adele, en cambio, vivieron el resto de sus vidas con muchas más estrecheces de las que su fama literaria previa habría hecho esperar, precisamente a partir de esa quiebra. La diferencia no fue de talento comercial ni de éxito público —ella vendía más que él, con diferencia— sino de la protección desigual que cada uno tuvo frente a un mismo golpe financiero familiar.
Por qué esta historia importa hoy
La última ruptura definitiva entre madre e hijo se produjo en 1814, tras una discusión, y no volvieron a verse en persona nunca más, aunque retomaron una correspondencia esporádica a partir de 1831. Johanna sufrió un ictus en 1823 que afectó a su salud durante el resto de su vida, se trasladó a Bonn en 1830, y en 1837 el duque de Weimar le concedió una pequeña pensión e la invitó a instalarse en Jena, en reconocimiento a su contribución cultural a la ciudad. Murió allí el 17 de abril de 1838, a los setenta y un años, en una situación económica modesta y sin que Arthur asistiera a su funeral. En su testamento, nombró heredera única a su hija Adele, dejando fuera a un hijo cuya seguridad económica, a diferencia de la suya, nunca había llegado a peligrar. Que la escritora más leída de la Alemania de su tiempo terminara sus días con estrecheces, mientras el hijo cuyo libro nadie leía entonces vivía protegido por una fortuna que él mismo se había asegurado de proteger mejor que a nadie, es el tipo de detalle concreto que ninguna narración centrada solo en su incompatibilidad de caracteres termina de explicar del todo: detrás del desprecio filosófico de Arthur por el éxito popular de su madre, hubo también, siempre, una desigualdad de fondo mucho más material.