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Describió cómo funciona la catálisis 42 años antes de que existiera esa palabra. No sabemos cuándo nació ni cuándo murió

Elizabeth Fulhame publicó en 1794 un libro de química que Joseph Priestley la animó a escribir y que una sociedad científica de Filadelfia premió con una membresía honoraria.

✍️ Montse 📅 29 de August de 2026 ⏱ 9 min de lectura 👁 6 visitas
Describió cómo funciona la catálisis 42 años antes de que existiera esa palabra. No sabemos cuándo nació ni cuándo murió

Una química de la que solo queda un libro y un apellido de casada

De Elizabeth Fulhame se conoce, con precisión razonable, exactamente un objeto: un libro publicado en Edimburgo en 1794. Se sabe que estaba casada con un médico irlandés llamado Thomas Fulhame, formado en la Universidad de Edimburgo bajo el obstetra Andrew Duncan. Se sabe que residió en direcciones documentadas de Edimburgo entre 1784 y 1800. Se sabe que un químico tan influyente como Joseph Priestley la animó personalmente, en 1793, a publicar los catorce años de experimentos que llevaba realizando. Y se sabe que su libro fue traducido al alemán, reseñado en la revista científica francesa Annales de Chimie, reeditado en Estados Unidos en 1810 y que ese mismo año la Sociedad Química de Filadelfia la nombró miembro honoraria. Lo que no se sabe, ciento treinta años después de que un químico llamado J. W. Mellor la rescatara del olvido a principios del siglo XX, es cuándo nació Elizabeth Fulhame. Ni cuándo murió. Ni dónde. La mujer cuyo trabajo teórico anticipó, según varios historiadores de la ciencia, mecanismos centrales del concepto de catálisis que definiría la química industrial moderna, no dejó tras de sí ni siquiera esa información mínima que cualquier biografía da por sentada.

Catorce años tiñendo telas con metales, hasta entender algo que nadie había explicado antes

El origen del trabajo de Fulhame fue, aparentemente, doméstico y práctico: hacia 1780 comenzó a experimentar con la posibilidad de teñir telas utilizando sales metálicas y luz, un interés que fue derivando, a lo largo de más de un centenar de ensayos que ella misma clasificó de forma sistemática entre resultados exitosos y fallidos, hacia una pregunta mucho más ambiciosa sobre la naturaleza química de la combustión y la oxidación. El resultado, publicado en 1794 bajo el título completo de An Essay on Combustion, with a View to a New Art of Dying and Painting, wherein the Phlogistic and Antiphlogistic Hypotheses are Proved Erroneous, rechazaba de plano las dos grandes teorías rivales que dominaban entonces la química de la combustión —la del flogisto, la sustancia hipotética que según la ciencia del momento se liberaba al arder los cuerpos, y la teoría antiflogística que empezaba a desplazarla tras los trabajos de Lavoisier—, y proponía en su lugar un mecanismo propio en el que el agua desempeñaba un papel activo y necesario en ciertas reacciones de oxidación, regenerándose una vez completado el proceso. Antoine Lavoisier, el químico francés cuya obra revolucionó por completo la disciplina, fue guillotinado en mayo de 1794, el mismo año de la publicación del libro de Fulhame, lo que hace imposible saber si llegó siquiera a conocer su existencia.

"Ya no podemos negar al sexo el privilegio de participar en esta ciencia"

El recibimiento contemporáneo, a juzgar por lo que se ha conservado, fue notablemente más generoso de lo que cabría esperar para una autora sin formación académica formal ni afiliación institucional. Thomas P. Smith, responsable de la edición estadounidense de 1810, escribió en su presentación que Fulhame había hecho "reclamaciones tan audaces a la química que ya no podemos negar al sexo el privilegio de participar en esta ciencia también", una frase que revela, entre líneas, lo insólito que resultaba entonces que una mujer publicara un tratado científico original. El físico y militar Benjamin Thompson, conde de Rumford, se refirió a ella como "la ingeniosa y vivaz señora Fulhame". Y el químico irlandés William Higgins, que había investigado por su cuenta la oxidación del hierro sin conocer previamente el trabajo de Fulhame sobre el mismo fenómeno, reconoció públicamente haber "leído su libro con gran placer" una vez tuvo constancia de él, un gesto de reconocimiento cruzado entre científicos contemporáneos que rara vez se menciona en los relatos posteriores sobre su figura.

El ángulo menos contado: la conexión con Berzelius que casi ningún artículo se atreve a matizar

Aquí está el punto donde conviene ser más cuidadosos que la mayoría de los artículos divulgativos que circulan sobre Elizabeth Fulhame, incluidos varios publicados en medios españoles de gran alcance. Es habitual leer que Fulhame "se adelantó a Berzelius" o que "predijo la catálisis cuarenta y dos años antes de que existiera la palabra", dando a entender que el químico sueco Jöns Jacob Berzelius, que acuñaría el término "catálisis" en 1836, conocía y se apoyó en el trabajo de Fulhame. No hay evidencia documental de esa conexión directa. Lo que los historiadores de la química sostienen, con más cautela, es que el mecanismo que describió Fulhame para explicar cómo el agua intervenía y se regeneraba en ciertas reacciones de oxidación-reducción puede considerarse, en retrospectiva, un antecedente conceptual del fenómeno que Berzelius bautizaría décadas después, con la salvedad importante de que Fulhame centró su atención en el agua, mientras que Berzelius trabajó principalmente sobre metales pesados. Son fenómenos relacionados, no necesariamente la misma línea de investigación heredada de forma consciente. Presentar la relación como una influencia directa y demostrada es, precisamente, el tipo de simplificación dramática que este artículo prefiere evitar: lo verificable es que Fulhame llegó, por su cuenta y con método experimental propio, a una intuición química que la disciplina tardaría cuatro décadas en formalizar con nombre propio; lo que no puede afirmarse con la misma seguridad es que la ciencia posterior construyera conscientemente sobre su trabajo.

Una desaparición casi completa hasta que alguien volvió a abrir el libro

Pese al reconocimiento que recibió en vida —una membresía honoraria filadelfia no era, ni de lejos, un gesto habitual hacia una autora sin credenciales académicas—, el nombre de Elizabeth Fulhame se desvaneció casi por completo de la historia de la química durante todo el siglo XIX. Su rescate se debe al químico e historiador británico J. W. Mellor, que a principios del siglo XX volvió a citar su obra al reconstruir la genealogía de las ideas sobre catálisis y reacciones fotoquímicas, devolviéndola a un puñado de notas a pie de página en tratados especializados, muy lejos todavía del reconocimiento público que hoy reciben otras científicas históricas más mediáticas. El propio editor estadounidense de 1810 ya había anticipado, con una lucidez incómoda, la razón de fondo de ese olvido: escribió que "el orgullo de la ciencia se rebelaba ante la idea de ser enseñado por una mujer", una frase que funciona casi como una profecía autocumplida sobre lo que le esperaba a su legado en las décadas siguientes.

Lo que queda cuando no queda una vida, solo un libro

El vacío biográfico que rodea a Fulhame no es un simple descuido archivístico menor: es, en sí mismo, el dato más elocuente de toda su historia. Conocemos con precisión el contenido de sus experimentos, la estructura de su libro, las cartas de reconocimiento que recibió y hasta las reacciones específicas de al menos tres científicos contemporáneos que leyeron su obra. Lo único que se ha perdido por completo es ella: su rostro, su fecha de nacimiento, el año y las circunstancias de su muerte, incluso su lugar de origen. Ninguna otra figura de las que suelen aparecer bajo la etiqueta del "efecto Matilda" combina de forma tan extrema el reconocimiento científico documentado en vida con la desaparición biográfica casi total después de morir.

Por qué esta historia importa hoy

La catálisis, el fenómeno que Berzelius terminaría bautizando en 1836, es hoy uno de los pilares de la química industrial: gobierna procesos que van desde la fabricación de fertilizantes hasta el convertidor catalítico de cualquier coche moderno. Que una mujer sin formación académica formal, casada con un médico y trabajando desde su propia curiosidad doméstica sobre el teñido de telas, llegara por su cuenta a una intuición experimental emparentada con ese fenómeno cuarenta y dos años antes de que tuviera nombre, sería ya, por sí solo, un dato notable. Que ni siquiera se conserve la fecha en la que nació o murió la mujer que escribió ese libro dice bastante sobre qué tipo de legado científico ha resultado, durante dos siglos, más fácil de preservar: el de las ideas, cuando convenía citarlas, y no el de las vidas de quienes las tuvieron primero.

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