Descubrió el francio sin tener un título universitario. Treinta años después, moriría por culpa del mismo elemento que la hizo célebre.
En 1939, una ayudante de laboratorio sin estudios superiores identificó el último elemento químico que se ha descubierto de forma natural en la Tierra. En 1962 se convirtió en la primera mujer admitida en la Academia de Ciencias francesa.
Una nota científica que ella misma no pudo firmar ante la Academia
El 9 de enero de 1939, la Academia de Ciencias de Francia recibió una breve comunicación titulada «Sobre un elemento 87, derivado del actinio». La presentó ante los académicos el físico Jean Perrin, futuro premio Nobel. El descubrimiento, sin embargo, no era suyo. Pertenecía a una técnica de laboratorio de veintinueve años, sin título universitario, contratada una década antes para lavar material y preparar disoluciones en el Instituto del Radio de París. Marguerite Perey acababa de identificar, trabajando prácticamente sola, el último elemento químico que se descubriría de forma natural en la Tierra. No pudo presentar sus propios resultados ante la Academia porque el reglamento de la institución exigía credenciales académicas de las que ella carecía: tuvo que pedirle a un hombre que hablara en su lugar.
De limpiar tubos de ensayo a heredar el trabajo de Marie Curie
Perey había nacido en 1909 en Villemomble, cerca de París, en una familia a la que la muerte prematura de su padre dejó sin recursos para que ella cursara la carrera de Medicina que quería. Se conformó con un diploma de técnica química que la habilitaba para trabajar en un laboratorio, no para dirigirlo. En 1929, con diecinueve años, se presentó a una entrevista para un puesto de ayudante personal —préparatrice, en el vocabulario del instituto— de Marie Curie, y lo consiguió. Bajo la tutela de Curie aprendió a aislar y purificar elementos radiactivos, especializándose en un trabajo tan meticuloso como poco glamuroso: extraer actinio, elemento 89, de toneladas de mineral de uranio. Cuando Curie murió en 1934 de una anemia aplásica que la comunidad médica atribuye a décadas de exposición a la radiación que ella misma investigaba, Perey continuó el trabajo junto al físico André-Louis Debierne y fue ascendida a radioquímica.
Una incoherencia en los datos que nadie más había perseguido
En 1935, Perey leyó un artículo estadounidense que afirmaba que el actinio emitía partículas beta con una energía que, según sus propios cálculos, no encajaba con las propiedades conocidas del elemento. Sospechó que una fracción minúscula de esos átomos debía de estar generando, por el camino, un elemento hijo todavía no descrito. Tras años purificando muestras de actinio hasta un grado de pureza que nadie había logrado antes en su laboratorio, detectó una pequeñísima emisión de radiación alfa que no correspondía a ninguna sustancia conocida. La pérdida de una partícula alfa —dos protones y dos neutrones— transformaría el actinio, elemento 89, en el elemento 87, hasta entonces solo una casilla vacía en la tabla periódica. Lo bautizó francio, en honor al país que, paradójicamente, llevaba una década negándole el acceso a sus propias aulas universitarias.
Un elemento tan escaso que apenas llena una cucharadita en todo el planeta
El francio es, todavía hoy, el segundo elemento más escaso de la Tierra después del astato: se calcula que en toda la corteza terrestre no existen, en un momento dado, más de unos 550 gramos de esta sustancia, que se desintegra en cuestión de minutos. Perey había encontrado, literalmente, una aguja radiactiva en un pajar de mineral de uranio, y lo había hecho sin el título que le habría permitido, en teoría, dirigir la investigación que acababa de completar en solitario.
Un doctorado obtenido a los treinta y siete años, para poder seguir haciendo lo que ya llevaba una década haciendo
El propio Instituto del Radio le concedió una beca para estudiar en la Sorbona, pero antes de poder iniciar un doctorado tuvo que completar, ya adulta y con un descubrimiento a sus espaldas, los estudios de licenciatura que nunca había cursado. Se doctoró en Física en 1946. Volvió al Instituto del Radio como investigadora sénior hasta 1949, año en que la Universidad de Estrasburgo la nombró catedrática y directora del departamento de química nuclear, un puesto que ella misma tuvo que crear casi desde cero. En 1958 fundó un laboratorio que acabaría integrado en el Centro de Investigación Nuclear de la ciudad, y entre 1950 y 1963 formó parte de la Comisión de Pesos Atómicos, uno de los organismos internacionales que fijan los valores de referencia de la tabla periódica que hoy se enseña en cualquier instituto.
El ángulo menos contado: la academia que la aceptó a ella había cerrado la puerta a su maestra
En 1962, la Academia de Ciencias francesa eligió a Marguerite Perey como miembro correspondiente, con lo que se convirtió en la primera mujer admitida en el Institut de France desde su fundación en 1666. La distinción llegaba con matices que ninguna nota entusiasta suele mencionar: como miembro correspondiente, y no de número, Perey no gozaba de los mismos derechos que sus colegas varones. Aun así, el contraste con lo ocurrido medio siglo antes resulta difícil de ignorar. En 1911, la propia Marie Curie —ya entonces poseedora de un Premio Nobel y a punto de recibir el segundo— se presentó como candidata a esa misma Academia y perdió la votación por un solo voto, en un episodio que combinó el rechazo a que una mujer ocupara el puesto con una campaña de prensa que la acusó, falsamente, de ser extranjera y de origen judío. Curie nunca llegó a ser miembro de la institución. Su antigua ayudante, sin título universitario y sin el prestigio internacional de dos Nobel, sí lo consiguió cincuenta y un años después. Pese a ello, y pese a haber sido propuesta al Premio Nobel en cinco ocasiones distintas por su trabajo sobre el francio, según recogen sus biógrafos, Perey nunca lo recibió.
El elemento que quiso usar contra el cáncer acabó matándola
Durante años, Perey abrigó la esperanza de que el francio, por su intensa radiactividad, pudiera emplearse algún día en el diagnóstico de tumores. La ironía resultó más cruel de lo que ella misma pudo prever: el elemento que había descubierto, y con el que trabajó de forma directa durante décadas en un momento en que las medidas de protección radiológica eran mucho más laxas que las actuales, resultó ser altamente carcinógeno. Perey desarrolló un cáncer óseo que los médicos atribuyeron a la exposición acumulada a la radiación en su propio laboratorio, y murió el 13 de mayo de 1975, a los sesenta y cinco años. En sus últimos años se convirtió en una defensora activa de medidas de seguridad más estrictas para quienes trabajaban con materiales radiactivos, una causa que ella misma pagó con su vida antes de poder verla del todo consolidada.
Por qué esta historia importa hoy
El nombre de Marguerite Perey ha empezado a circular de nuevo en 2026, al ser propuesta entre setenta y dos científicas destinadas a acompañar, en un futuro homenaje, los setenta y dos nombres masculinos que ya coronan la Torre Eiffel desde el siglo XIX. Pero la mayoría de esas menciones repiten la misma anécdota del descubrimiento del francio sin detenerse en lo que la vuelve una historia genuinamente incómoda: una institución científica que había cerrado la puerta a la mujer más condecorada de la historia de la ciencia terminó abriéndosela, décadas después, a su ayudante sin título, mientras el elemento que ella misma bautizó terminaba, con la misma indiferencia con la que trata la radiactividad a cualquier tejido humano, matándola.