Descubrió la tumba más rica de Mesoamérica, y México solo la recuerda por un error
Eulalia Guzmán participó en el hallazgo de la Tumba 7 de Monte Albán y construyó el archivo histórico del INAH. En 1949 anunció haber encontrado los restos de Cuauhtémoc; el error, probablemente real, borró casi por completo el resto de su carrera.
El anuncio que la prensa mexicana convirtió en un chiste nacional
El 26 de septiembre de 1949, la arqueóloga e historiadora Eulalia Guzmán compareció ante la prensa mexicana para anunciar lo que consideraba el hallazgo más importante de su carrera: bajo el piso de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, en Ichcateopan, un pequeño pueblo del estado de Guerrero, había localizado los restos del último tlatoani mexica, Cuauhtémoc, ejecutado por orden de Hernán Cortés en 1525. La noticia recorrió el país. También lo hizo, casi con la misma velocidad, el ridículo con el que buena parte de la prensa y de sus propios colegas varones recibieron el anuncio: un arqueólogo llegó a acusarla de actuar con una "vehemencia casi patológica", y su reputación profesional, construida durante más de veinte años de trabajo de campo real y verificable, quedó desde entonces reducida, en la memoria pública, a una anécdota sobre unos huesos que, según concluyó una comisión oficial casi tres décadas más tarde, probablemente no pertenecían a Cuauhtémoc.
De maestra rural y sufragista a alumna de Franz Boas
Guzmán había nacido el 12 de febrero de 1890 en San Pedro Piedra Gorda, Zacatecas, y se formó como maestra en la Escuela Normal antes de sumarse, desde 1906, a los movimientos sufragistas mexicanos junto a Hermila Galindo, en una época en que reclamar el voto femenino en México todavía parecía una excentricidad. En 1913 comenzó a estudiar antropología en el Museo Nacional bajo la dirección de Franz Boas, uno de los fundadores de la antropología moderna, y en 1931 se incorporó al equipo del prestigioso arqueólogo Alfonso Caso en las excavaciones de Monte Albán, en Oaxaca. Fue en ese yacimiento donde, en 1932, participó de forma decisiva en el hallazgo de la Tumba 7, considerada hasta hoy uno de los conjuntos funerarios más ricos jamás descubiertos en Mesoamérica, con cientos de piezas de oro, jade y hueso trabajado que hoy se consideran, en conjunto, el ajuar funerario prehispánico más rico jamás documentado en el continente americano, y que todavía se exhiben como una de las joyas del Museo Nacional de Antropología. Continuó después investigando de forma sistemática la región mixteca, aplicando métodos de documentación —mapas, dibujos, fotografías numeradas, fichas comparativas de materiales— poco habituales en la arqueología mexicana de la época, en la que buena parte del trabajo de campo todavía se registraba de forma más impresionista que sistemática.
Una embajada científica por los archivos de media Europa
En 1934 asumió la dirección del Departamento de Arqueología del Museo Nacional, y entre 1936 y 1940 encabezó una misión de investigación por archivos europeos que la llevó a Berlín, Viena, Londres, Oxford, Copenhague, Bruselas, Milán, Florencia, Bolonia, Roma y el Vaticano, donde catalogó más de tres mil documentos relacionados con la historia de México. Ese trabajo sentó las bases del Archivo Histórico de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia, que hoy conserva más de tres mil doscientos expedientes de expediciones en Oaxaca, Guerrero, Morelos y Chiapas gracias, en gran medida, a su labor de sistematización. Para 1949, cuando anunció el hallazgo de Ichcateopan, Guzmán no era una recién llegada al campo: era una de las arqueólogas con más trayectoria documentada de todo el país.
Lo que la evidencia posterior sí pudo establecer sobre los huesos de Ichcateopan
Aquí es donde este artículo debe alejarse de la versión más simple y más repetida de esta historia, la que presenta a Guzmán únicamente como una víctima del machismo institucional. La honestidad exige reconocer que las objeciones científicas a su hallazgo no eran triviales. Una comisión revisora convocada en 1976 —27 años después del anuncio— concluyó, tras un examen exhaustivo, que los restos hallados en Ichcateopan pertenecían en realidad a al menos ocho individuos distintos, de épocas y prácticas funerarias diferentes, y que uno de los cráneos examinados correspondía a una mujer adulta joven, un dato incompatible con la identidad de un guerrero mexica ejecutado a los veintitantos años. La comisión determinó además que la iglesia bajo la que se excavó no pudo construirse antes de 1550, dos décadas después de la fecha en que, según la versión de Guzmán, se habría producido el entierro, y que buena parte de la documentación que respaldaba la autenticidad del hallazgo —incluida una supuesta tradición oral local— parecía haberse fijado por escrito solo después de 1917. El propio informe de la comisión fue tajante: no existía base científica para afirmar que aquellos restos fueran los de Cuauhtémoc.
El ángulo menos contado: lo que se hundió junto con un error
Lo que casi ningún relato divulgativo sobre Eulalia Guzmán explica con el mismo detalle es que, incluso admitiendo que su hallazgo más famoso fuera probablemente erróneo, la magnitud del castigo profesional que recibió no guardó proporción con la de otros arqueólogos varones de su generación que también defendieron, en algún momento de su carrera, hallazgos que resultaron infundados. Investigaciones académicas recientes, entre ellas un estudio publicado por Cambridge University Press, sostienen que la institución arqueológica mexicana de la época utilizó explícitamente nociones sobre su condición de mujer para desacreditar no solo el hallazgo concreto de Ichcateopan, sino el conjunto de su trayectoria científica anterior, incluida la participación, hoy fuera de toda duda, en el descubrimiento de la Tumba 7. A ese desgaste se sumó un factor ideológico: su lectura anticolonial de la conquista —llegó a describir a Hernán Cortés como "un genio de la mentira" y defendió con insistencia la genealogía indígena dentro del mestizaje mexicano— chocaba con la línea institucional del Instituto Nacional de Antropología e Historia de la época, lo que según varios historiadores contribuyó a que su caso se tratara con una dureza que otros errores científicos, cometidos por hombres, no solían recibir.
Un debate que, 76 años después, todavía no se ha cerrado del todo
La polémica sobre Ichcateopan, sorprendentemente, sigue viva. En 2023, el investigador Jorge Veraza Urtuzuástegui publicó un libro en el que defiende de nuevo la autenticidad del hallazgo de Guzmán y cuestiona la consistencia metodológica de la comisión de 1976, reabriendo una discusión que la mayoría de los arqueólogos mexicanos consideraba zanjada. El consenso académico oficial sigue siendo el del rechazo, pero la persistencia de voces disidentes casi ocho décadas después del anuncio original sugiere que la pregunta de fondo —qué fue exactamente lo que se enterró bajo aquella iglesia de Guerrero, y cuándo— no está tan cerrada como los manuales de arqueología mexicana suelen dar a entender.
Por qué esta historia importa hoy
Eulalia Guzmán continuó al frente del Archivo Histórico del INAH hasta su jubilación en 1968 y murió en Ciudad de México en 1985, a los noventa y cuatro años. Décadas después de su muerte, su nombre empieza a reaparecer en la investigación universitaria mexicana, no ya como advertencia sobre los riesgos de la vehemencia femenina, sino como referencia legítima en los estudios sobre archivos históricos y códices prehispánicos. Que la misma institución que en su día certificó su destrucción profesional sea hoy la que custodia, cataloga y utiliza el archivo documental que ella construyó es, probablemente, la ironía que mejor resume su historia: no la de una científica que siempre tuvo razón, sino la de una científica a la que un solo error, real o no, le costó que se le reconociera todo lo demás. Ningún arqueólogo varón de su generación que defendiera después una hipótesis descartada por la comunidad científica —y los hubo— cargó con un veredicto tan totalizador sobre el conjunto de su obra; a Eulalia Guzmán, en cambio, un solo yacimiento discutido le bastó a la memoria oficial mexicana para borrar, durante décadas, el yacimiento que sí había cambiado la arqueología del país.