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¿Diosa o mujer real? El secreto que la Dama de Baza escondía dentro de su propio trono

En 1971, unos arqueólogos abrieron una escultura ibera de piedra caliza y encontraron en su interior las cenizas de una mujer real de entre 20 y 30 años.

✍️ Montse 📅 08 de September de 2026 ⏱ 8 min de lectura 👁 4 visitas
¿Diosa o mujer real? El secreto que la Dama de Baza escondía dentro de su propio trono

"El hallazgo más sensacional de la campaña"

El 20 de julio de 1971, en el Cerro del Santuario —también conocido como Cerro de los Tres Pagos—, a las afueras de Baza, en Granada, el equipo dirigido por el arqueólogo Francisco Presedo Velo levantó la tierra que cubría una cámara funeraria ibera y encontró algo con lo que ninguno de ellos contaba: una mujer sentada en un trono alado, con un ave posada en la mano, mirando al frente con una serenidad que ha sobrevivido casi intacta veinticuatro siglos. El propio Presedo la describiría después como el hallazgo más sensacional de toda la campaña de excavación. No exageraba: la escultura, hoy conocida como la Dama de Baza y conservada en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, se convertiría en una de las piezas más importantes del arte íbero, y sin embargo la pregunta que de verdad importa sobre ella —a quién representa exactamente— sigue sin respuesta cerrada.

La tumba no apareció aislada. Formaba parte de una necrópolis más amplia perteneciente a Basti, un asentamiento de los bastetanos, uno de los pueblos que integraban la amplia y diversa cultura ibera asentada en la costa mediterránea y el interior sur de la península entre los siglos VI y I antes de nuestra era. Los bastetanos, como el resto de los pueblos iberos, mantenían un intenso contacto comercial y cultural con fenicios, púnicos y griegos, una circulación de objetos, técnicas artísticas e ideas religiosas que explica por qué el arte ibero —y esta escultura en particular— combina rasgos difíciles de adscribir a una sola tradición: el trono alado y ciertos elementos de la indumentaria remiten a modelos orientales y mediterráneos, mientras que otros detalles del ajuar delatan una fabricación e influencia claramente helénica.

Una urna disfrazada de trono

La escultura, tallada en piedra caliza y conservando restos de la pintura original en rojos y azules, no era solo una imagen funeraria: era, literalmente, un recipiente. En un hueco practicado en el lateral izquierdo del asiento, los excavadores hallaron los restos calcinados de un cuerpo humano. Los análisis posteriores permitieron determinar que pertenecían a una mujer de entre 20 y 30 años, cremada según el rito habitual de la aristocracia ibera del sur peninsular en el siglo IV antes de nuestra era, la primera mitad de la Segunda Edad del Hierro. La tumba, además, no la acompañaba en soledad: cuatro conjuntos de armas depositados junto a sus pies, un ajuar cerámico con clara influencia mediterránea y griega, y un objeto tan doméstico como una fusayola —el peso de un huso de hilar— completaban un ajuar que solo tiene sentido si perteneció a alguien de un rango social muy alto.

Lo que las mismas armas cuentan de dos formas distintas

Ese ajuar es, precisamente, donde empieza el desacuerdo. Nadie sostiene hoy que las cuatro panoplias depositadas a sus pies fueran armas que ella misma hubiera empuñado: la lectura más extendida las interpreta como el rastro de unos juegos funerarios, combates rituales celebrados en su honor durante el funeral, una práctica que solo se dedicaba a personajes de importancia excepcional dentro de la comunidad ibera de Basti, la ciudad prerromana que dio origen al topónimo de Baza. Pero a partir de ahí, las interpretaciones se bifurcan. Para algunos especialistas, el trono alado y la paloma que sostiene en la mano son símbolos asociados a una divinidad protectora del más allá, de raíz mediterránea oriental, y la escultura representaría entonces una heroización: la mujer real, ya fallecida, elevada simbólicamente al plano de lo divino para asegurar su tránsito. Para otros, la lectura es más terrenal: la escultura sería sencillamente el retrato idealizado de una aristócrata de Basti, y la fusayola que la acompaña reforzaría, más que una naturaleza divina, su papel dentro de la organización doméstica y textil de la elite ibera. Ningún consenso académico cierra esa discusión, y las propias fuentes consultadas para este artículo —desde el Museo Arqueológico Nacional hasta estudios de historia de las mujeres— no coinciden en cuál de las dos lecturas prevalece.

Esa indefinición, además, no es un problema exclusivo de la Dama de Baza. Pertenece a una familia más amplia de esculturas iberas con las que comparte lenguaje visual y función: la propia Dama de Elche, la Dama del Cerro de los Santos en Albacete o la Gran Dama Oferente de Cerro de los Santos plantean, cada una a su manera, la misma disyuntiva entre retrato de una mujer real, imagen de una divinidad o figura híbrida que participa de ambos planos a la vez. Ninguna otra pieza de ese conjunto, sin embargo, ha podido confirmarse como una urna con restos humanos identificables en su interior: en eso, la Dama de Baza sigue siendo un caso aparte dentro de su propia tradición escultórica.

La paloma que sostiene en la mano derecha añade otra capa a esa ambigüedad. En el repertorio simbólico del Mediterráneo antiguo, el ave suele asociarse al vínculo entre lo mortal y una divinidad protectora, presente en tránsitos funerarios de culturas muy distintas entre sí; pero también podía funcionar, en un registro más doméstico, como una simple ofrenda o una posesión personal representada junto a su dueña, sin necesidad de leer en ella ningún mensaje religioso mayor. Nada en el propio objeto obliga a decantarse por una interpretación frente a la otra, y esa misma indeterminación es la que ha alimentado medio siglo de debate académico sin resolución.

Ese debate no es un simple ejercicio anticuario. Distintos estudios sobre las mujeres iberas han señalado que la riqueza y complejidad de tumbas como esta —con juegos funerarios, ajuar importado y una escultura monumental dedicada en exclusiva a una sola persona— obligan a revisar la idea, todavía extendida, de que las mujeres ocupaban un lugar secundario en la sociedad ibera prerromana. Sea diosa, aristócrata heroizada o ambas cosas a la vez, la mujer que la comunidad de Basti decidió honrar de esa manera ocupó, evidentemente, un lugar que ninguna sociedad reserva a alguien irrelevante.

La otra Dama, la que sí guarda un cuerpo dentro

Cualquier español reconoce la silueta de la Dama de Elche: ha estado en los billetes, en sellos, en la imaginería nacional desde que Pierre Paris la sacó a subasta en 1897. La Dama de Baza, en cambio, apenas es familiar fuera de los círculos especializados, pese a poseer algo que la Dama de Elche no tiene y que rara vez se subraya cuando ambas aparecen juntas en los mismos reportajes: un cuerpo real, identificable por sexo y edad aproximada, depositado deliberadamente en su interior. La Dama de Elche es un busto sin contexto arqueológico seguro —ni siquiera se sabe con certeza en qué tumba, si es que hubo alguna, apareció originalmente—; la Dama de Baza es, en cambio, una urna cineraria con nombre de yacimiento, fecha de hallazgo y unas cenizas que corresponden, sin ninguna duda razonable, a una mujer concreta que vivió y murió en el Baza ibero del siglo IV antes de nuestra era.

Por qué esta ambigüedad importa hoy

La Dama de Baza se ha convertido, con los años, en una imagen recurrente de las exposiciones sobre "mujeres iberas", en murales y en portadas de estudios sobre género en la Antigüedad peninsular. Y sin embargo, medio siglo después de que Francisco Presedo levantara la tierra que la cubría, seguimos sin poder decir con seguridad si estamos ante el rostro de una diosa, el de una mujer heroizada tras la muerte, o el retrato fiel de una aristócrata de carne y hueso. Esa indefinición no es un fallo de la investigación: es, en sí misma, el resumen más honesto de cuánto sabemos —y cuánto no— sobre las mujeres de la sociedad ibera prerromana, cuya existencia solo nos ha llegado filtrada por los objetos con los que otros decidieron enterrarlas, nunca por una sola palabra escrita por ellas mismas.

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