Elizabeth Choy: la profesora que sobrevivió a la tortura de la Kempeitai y después testificó contra sus torturadores
Dirigió una red que introducía comida, medicinas y piezas de radio de contrabando a los prisioneros de guerra británicos en la Singapur ocupada.
Una cantina que era, en realidad, una red de contrabando
Cuando Singapur cayó en manos japonesas en febrero de 1942, Elizabeth Choy y su marido, Choy Khun Heng, montaron una modesta cantina en el hospital Tan Tock Seng. Sobre el papel, servía comida a pacientes y personal médico. En la práctica, era la tapadera de una operación de contrabando sistemático hacia los prisioneros de guerra británicos recluidos en la prisión de Changi: dinero en efectivo, ropa limpia, medicinas y cartas viajaban escondidos en las ambulancias que el matrimonio conducía con regularidad entre el hospital y la prisión. Con el tiempo, el riesgo que asumían fue en aumento: llegaron a introducir piezas sueltas de radio destinadas a montar receptores clandestinos dentro del propio campo de prisioneros, uno de los delitos que más severamente perseguía la policía militar japonesa, la Kempeitai, por la información que ese tipo de aparatos podía filtrar hacia el exterior.
De profesora colonial a teniente de un cuerpo de voluntarias
Nacida el 29 de noviembre de 1910 en Kudat, en el norte de Borneo —hoy el estado malasio de Sabah—, Elizabeth Choy era la mayor de once hermanos de una familia hakka. Una niñera de etnia kadazan la crió durante sus primeros años; más tarde estudió en el internado anglicano de St Monica, en Sandakan, donde adoptó el nombre de Elizabeth, y llegó a formarse en el Raffles College de Singapur, germen de lo que hoy es la Universidad Nacional de Singapur. Ejerció como profesora en los colegios St Margaret's y St Andrew's antes de casarse con Choy Khun Heng en agosto de 1941, apenas unos meses antes de que Japón invadiera Malaya y Singapur. Durante la propia invasión se alistó como segunda teniente en el cuerpo auxiliar femenino de los Voluntarios de Singapur, donde el apodo que le pusieron sus compañeros, "Gunner Choy", refleja bien el papel activo, y poco convencional para una mujer de su generación, que asumió desde el primer momento del conflicto.
El incidente que los delató y las semanas de tortura
La red de los Choy operó sin ser descubierta durante buena parte de la ocupación, hasta que en octubre de 1943 estalló el llamado Incidente del Doble Diez: un comando aliado había volado varios barcos en el puerto de Singapur en una operación de sabotaje conocida como Operation Jaywick, y la Kempeitai, convencida de que un amplio entramado de espionaje civil había hecho posible el ataque, desató una redada masiva de detenciones e interrogatorios entre la población civil de Singapur. Un informante señaló al matrimonio Choy. Su marido fue detenido primero; cuando Elizabeth acudió a preguntar por él, la detuvieron también a ella. Testimonios recogidos después de la guerra, durante los propios juicios contra los responsables, documentan que fue desnudada y golpeada con severidad en al menos una ocasión por sus interrogadores, en un proceso de tortura que se prolongó durante semanas sin que ella facilitara la información que buscaban sus captores.
El caso, conocido como el Incidente del Doble Diez por la fecha del registro masivo de octubre de 1943, terminó derivando en uno de los procesos por crímenes de guerra más relevantes de la posguerra en Singapur: entre el 18 de marzo y el 15 de abril de 1946, un tribunal militar aliado juzgó a veintiún miembros de la Kempeitai implicados en las detenciones y torturas de aquel episodio. Catorce fueron declarados culpables; ocho de ellos fueron condenados a la horca y seis a penas de prisión de entre ocho años y cadena perpetua, mientras que siete acusados resultaron absueltos. Fue en el marco de ese mismo proceso judicial, según recogen distintas biografías de Choy, donde ella prestó testimonio como testigo de cargo.
El ángulo menos contado: de víctima a testigo de la acusación
Aquí está la parte de la historia de Elizabeth Choy que casi ningún resumen breve incluye, y que la distingue de otros relatos de heroísmo civil bajo ocupación: sobrevivió a la guerra, y cuando terminó, no se limitó a reconstruir su vida en silencio. Testificó como testigo de cargo en los juicios por crímenes de guerra que las autoridades aliadas instruyeron en Singapur contra oficiales de la Kempeitai, entre ellos algunos de quienes la habían interrogado, aportando un relato detallado de lo vivido que contribuyó a las condenas dictadas contra varios de los responsables. Ese tránsito, de mujer torturada a testigo activo en el proceso de rendición de cuentas, rara vez aparece desarrollado con el mismo detalle que su etapa de resistencia clandestina, a pesar de ser, en muchos sentidos, tan significativo como ella.
Del calabozo de la Kempeitai a la vida pública de posguerra
Terminada la guerra, el Imperio británico reconoció su papel con la Orden del Imperio Británico (OBE) en junio de 1946 y con la Cruz de Bronce de las Girl Guides; el 25 de julio de ese mismo año fue recibida en audiencia privada por la reina madre Isabel, un gesto de reconocimiento excepcional para una súbdita colonial de la época. Viajó a Inglaterra para formarse en economía doméstica y llegó a trabajar brevemente como modelo para la escultora Dora Gordine antes de regresar a Singapur en 1949. Entre 1951 y 1955 formó parte del Consejo Legislativo de Singapur, todavía bajo administración colonial británica, donde defendió políticas de servicios sociales y planificación familiar; en 1953 representó a Singapur en la coronación de la reina Isabel II en Londres. Siguió dando clases en el St Andrew's School hasta 1974, con un paréntesis entre 1956 y 1960 en el que ejerció como primera directora de la Escuela para Ciegos de Singapur. Popularmente conocida por vestir el qipao tradicional chino combinado con brazaletes, su figura inspiró una obra de teatro en 1986 y varias adaptaciones televisivas, además de una exposición dedicada a su vida en el Museo de Historia de Singapur en 1997, con más de un centenar de objetos personales. Murió el 14 de septiembre de 2006, a los noventa y cinco años, de un cáncer de páncreas.
Por qué esta historia importa hoy
La biografía de Elizabeth Choy no encaja en el molde más habitual del relato de resistencia bajo ocupación, centrado casi siempre en el sacrificio y el silencio de la víctima. Ella sobrevivió a la tortura, sí, pero además convirtió esa experiencia en testimonio legal contra sus propios torturadores, y más tarde en una carrera pública dedicada a la educación y a la política colonial tardía de Singapur, incluida la fundación de una escuela para niños ciegos que todavía existe. En español, su nombre no aparece prácticamente en ningún medio ni enciclopedia digital, a pesar de que su historia está documentada con un detalle considerable en archivos, bibliotecas universitarias y museos de Singapur. Ese silencio en un idioma hablado por más de quinientos millones de personas dice menos sobre la relevancia real de Elizabeth Choy que sobre lo desigual que sigue siendo, todavía hoy, el mapa lingüístico de la memoria histórica de la Segunda Guerra Mundial en Asia. En Singapur, en cambio, su nombre forma parte del relato nacional de la ocupación: figura entre las perfiladas en el Singapore Women's Hall of Fame, un reconocimiento oficial a mujeres consideradas decisivas en la historia del país, y su historia sigue citándose como referencia obligada en los materiales educativos y museísticos dedicados a la resistencia civil bajo el dominio japonés.