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Emilie Mayer, la compositora a la que llamaron 'la Beethoven femenina' y que el siglo XIX olvidó por completo

Compuso ocho sinfonías completas, más que cualquier otra mujer del siglo XIX, y llenó un teatro real de Berlín con un concierto dedicado íntegramente a su música. Después de morir, su obra desapareció durante más de un siglo.

✍️ Montse 📅 30 de August de 2026 ⏱ 8 min de lectura 👁 7 visitas
Emilie Mayer, la compositora a la que llamaron 'la Beethoven femenina' y que el siglo XIX olvidó por completo

Un concierto entero para una sola compositora, en 1850

El 21 de abril de 1850, el Teatro Real de Berlín programó un concierto completo dedicado, de principio a fin, a la obra orquestal de una única compositora. No era una circunstancia habitual ni siquiera para compositores hombres consagrados, y mucho menos para una mujer en la Prusia de mediados del siglo XIX. La responsable de la música era Emilie Mayer, y quien dirigió la orquesta esa noche fue Wilhelm Friedrich Wieprecht, su propio maestro de instrumentación y una de las figuras más influyentes de la vida musical berlinesa. Al terminar el concierto, la reina de Prusia le concedió la medalla de oro al mérito artístico. Mayer llegaría a componer ocho sinfonías completas —una cifra que ninguna otra compositora documentada del siglo XIX alcanzó— además de oberturas, sonatas para piano y violonchelo, cuartetos de cuerda y lieder. Sus contemporáneos la apodaron, sin ironía, "la Beethoven femenina". Hoy, más de siglo y medio después, su nombre apenas aparece en las historias generales de la música clásica, ni siquiera en español.

Una vocación tardía, nacida de dos duelos seguidos

Emilie Mayer nació el 14 de mayo de 1812 en Friedland, en la región alemana de Mecklemburgo-Pomerania Occidental, hija mayor de un farmacéutico acomodado. Perdió a su madre a los tres años. Empezó a tomar lecciones de piano a los cinco con el organista local Carl Heinrich Ernst Driver, y compuso desde muy pronto pequeñas variaciones, danzas y rondós, como hacían muchas niñas de familias burguesas de la época sin que eso implicara, casi nunca, una carrera profesional posterior. El giro decisivo llegó de forma abrupta: en 1840 su padre se suicidó, y meses después murió también Driver, su maestro desde la infancia. En vez de abandonar la música tras esa doble pérdida, Mayer —ya en la treintena, y con una herencia que le daba cierta independencia económica, algo poco frecuente entre las compositoras de su generación— decidió formarse en serio. Se trasladó primero a Stettin, en 1841, para estudiar con Carl Loewe, célebre por sus baladas, y después, en 1847, a Berlín, donde completó su formación en fuga y contrapunto con Adolf Bernhard Marx —uno de los teóricos musicales más influyentes de la Prusia de la época— y en instrumentación con el propio Wieprecht.

Ocho sinfonías en un siglo en el que casi ninguna mujer escribió una sola

La cifra de ocho sinfonías completas de Mayer no es un detalle menor: en el siglo XIX, componer para gran orquesta exigía un acceso a ensayos, músicos y salas de conciertos del que la inmensa mayoría de las compositoras carecía por completo, relegadas casi siempre al piano y a la canción de salón. Sus dos primeras sinfonías se estrenaron en Berlín en 1847; entre sus obras más ambiciosas figuran la Sinfonía n.º 3, conocida como "Militar", y una obertura sobre el Fausto de Goethe. Su música circuló, además, fuera de Prusia: hay constancia de interpretaciones de sus obras en Colonia, Múnich, Lyon, Bruselas y Viena, una proyección internacional inusual para cualquier compositora de su tiempo. El apodo de "Beethoven femenina" no era una simple cortesía: los críticos de la época señalaban en su música contrastes dramáticos marcados, ritmos enérgicos, estructuras sinfónicas de gran escala y un desarrollo temático que, según describieron, transmitía una intensidad emocional poco habitual dentro de las formas clásicas heredadas del propio Beethoven.

El catálogo completo de Mayer, reconstruido por musicólogos en las últimas décadas, da una idea del volumen real de su producción: además de las ocho sinfonías, escribió al menos siete oberturas de concierto —de tres de las cuales no se conserva partitura completa—, once sonatas para violonchelo, ocho para violín, siete cuartetos de cuerda y un buen número de tríos y cuartetos con piano, junto a piezas para piano solo y canciones. Para una compositora activa entre 1840 y 1880, se trata de un catálogo orquestal y camerístico comparable en volumen al de compositores hombres de segunda fila plenamente integrados en el canon centroeuropeo, y muy superior al de otras compositoras del periodo, como Fanny Mendelssohn o Clara Schumann, cuyas obras para gran orquesta fueron mucho más escasas, aunque ambas —a diferencia de Mayer— sí lograron mantener cierta presencia en la memoria musical del siglo XX.

El ángulo menos contado: por qué desapareció exactamente igual que tantas otras

Mayer murió el 10 de abril de 1883 en Berlín, de una neumonía, después de más de tres décadas de reconocimiento sostenido en los círculos musicales de su época. Y sin embargo, su obra se hundió en el olvido casi inmediatamente después de su muerte, siguiendo un patrón que se repite con tanta frecuencia entre las compositoras del siglo XIX que casi merece tratarse como un fenómeno estructural más que como una casualidad biográfica: sin una editorial que mantuviera sus partituras en catálogo, sin una cátedra o institución que defendiera su legado, y sin que su nombre entrara en los manuales de historia de la música que empezaron a canonizarse a finales del XIX y durante el XX —escritos, casi sin excepción, por hombres que reconstruían el canon a partir de una lista muy reducida de compositores masculinos—, la música de Mayer sencillamente dejó de interpretarse. No hubo un escándalo, ni una polémica, ni una atribución errónea a otro compositor, como ocurrió con otras artistas de su época: simplemente, nadie se ocupó de que sus sinfonías siguieran sonando.

Una recuperación reciente que todavía no ha cruzado al español

En las últimas décadas, musicólogos y sellos discográficos especializados en repertorio olvidado han recuperado buena parte del catálogo de Mayer: existen grabaciones modernas de varias de sus sinfonías y ediciones críticas que permiten a las orquestas volver a programar su música. Esa recuperación, sin embargo, apenas ha dejado huella en español: más allá de un artículo de la revista digital especializada Melómano, que la presenta directamente bajo el título "la Beethoven femenina", la cobertura en castellano sobre Mayer es prácticamente inexistente, muy alejada de la que sí han recibido, en los últimos años, otras compositoras europeas del siglo XIX rescatadas del olvido. El sello discográfico alemán CPO, especializado en repertorio orquestal poco conocido, ha publicado varias grabaciones de referencia de sus sinfonías —entre ellas la Sinfonía n.º 3 "Militar" junto a la n.º 7, dirigidas por Jan Willem de Vriend—, unas grabaciones que han empezado a circular entre programadores de música clásica en Europa y Estados Unidos, pero que todavía no se han traducido en interpretaciones habituales por parte de orquestas de países de habla hispana ni en cobertura periodística en castellano.

Por qué esta historia importa hoy

La comparación con Beethoven, repetida durante su vida y después de ella, dice tanto sobre la calidad de su música como sobre la pobreza del vocabulario disponible, todavía hoy, para describir a una compositora ambiciosa sin recurrir automáticamente al nombre de un hombre como referencia. Emilie Mayer no necesitó parecerse a nadie para llenar un teatro real con un concierto dedicado enteramente a su obra en 1850, ni para escribir ocho sinfonías en una época en la que eso resultaba casi impensable para una mujer. Lo que sí necesitó, y no tuvo, fue que alguien se ocupara de que su música siguiera interpretándose después de su muerte. Ese trabajo, con más de siglo y medio de retraso, apenas ha empezado.

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