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Empezó a pintar en serio a los 75 años, y acabó en la Casa Blanca: la historia real de Alma Thomas

Pasó treinta y cinco años dando clase de arte en un instituto de Washington antes de dedicarse por completo a su propia obra. En 1972 se convirtió en la primera artista afroamericana con una exposición individual en el Whitney.

✍️ Montse 📅 02 de September de 2026 ⏱ 7 min de lectura 👁 7 visitas
Empezó a pintar en serio a los 75 años, y acabó en la Casa Blanca: la historia real de Alma Thomas

Una mujer de setenta y ocho años frente al televisor

El 20 de julio de 1969, mientras la mayor parte de Estados Unidos seguía por televisión los primeros pasos de un ser humano sobre la Luna, Alma Thomas los veía también desde su casa de Washington D. C., a los setenta y ocho años, ya jubilada de una carrera de tres décadas y media como profesora de instituto. Lo que para millones de espectadores fue un momento de asombro pasajero, para ella se convirtió en el punto de partida de una nueva serie de cuadros —paseos lunares, la Tierra vista desde el espacio, amerizajes del programa Apolo— que acabaría llevándola, a una edad en la que la mayoría de los artistas ya han cerrado su trayectoria, al lugar más visible del arte estadounidense.

De Georgia a Washington, huyendo de la violencia racial

Alma Woodsey Thomas nació en Columbus, Georgia, en 1891, la mayor de cuatro hermanas. En 1907 su familia se trasladó a Washington D. C., una mudanza que, según recogen sus biógrafos, buscaba escapar de la violencia racial del sur de Estados Unidos y ofrecer a las hijas más oportunidades educativas de las que existían entonces en la mayoría de las ciudades sureñas. En la capital, Thomas cursó estudios en la Universidad Howard, donde en 1924 se convirtió en su primera graduada en Bellas Artes. Profesores como James V. Herring, fundador del departamento de arte de la universidad, la animaron a explorar más adelante técnicas abstractas, aunque su propia obra tardaría varias décadas en tomar ese camino.

Treinta y cinco años de aula antes que de estudio

Ese mismo 1924, Thomas empezó a dar clases de arte en el instituto Shaw, en Washington D. C., un puesto que mantendría durante treinta y cinco años. La docencia le permitió sostenerse económicamente mientras pintaba a tiempo parcial, y no se limitó a impartir clase: organizó clubes de arte y exposiciones para su alumnado, una faceta de su biografía que sus propios estudiantes recordarían después con más detalle que buena parte de la crítica de arte que se ocuparía de ella décadas más tarde. Durante ese largo periodo, su obra se mantuvo dentro de un registro más bien figurativo y realista, alejado del estilo por el que hoy se la conoce.

El giro que llegó pasados los sesenta

Thomas se jubiló de la enseñanza en 1960, a los sesenta y nueve años, y solo entonces empezó a dedicarse a la pintura a tiempo completo. Su estilo abstracto característico —franjas y manchas de color en forma de rombo, dispuestas en bandas rítmicas que algunos críticos bautizarían después como «las rayas de Alma»— no se hizo público hasta 1966, cuando presentó su nueva obra en una exposición en la Universidad Howard a los setenta y cinco años. Fue, en la práctica, el debut tardío de una artista que llevaba más de cuatro décadas pintando en paralelo a su otra vida profesional, y que solo alcanzó el lenguaje visual por el que se la recuerda cuando la mayoría de sus contemporáneos empezaban a retirarse.

Pintar la Luna y Marte pasados los ochenta

La serie inspirada en la carrera espacial, que Thomas desarrolló entre 1969 y 1973, incluyó no solo los paseos lunares del Apolo, sino también composiciones inspiradas en las tormentas de polvo marcianas fotografiadas por la sonda Mariner 9 entre 1971 y 1972, y piezas más lúdicas en las que el personaje de cómic Snoopy observaba fenómenos celestes. «Estos fenómenos pusieron en marcha mi creatividad», llegó a explicar la propia Thomas sobre esta etapa. Técnicamente, sus lienzos de esos años —ejecutados con incontables toques de acrílico dispuestos en patrones rítmicos que sugerían movimiento— fueron adquiridos con el tiempo por instituciones como el Museo Nacional del Aire y el Espacio del Smithsonian, el Museo Smithsoniano de Arte Americano, el Instituto de Arte de Chicago y el propio Whitney, que en 1972 le dedicó una exposición individual y la convirtió en la primera mujer afroamericana en recibir ese honor en la historia del museo.

El ángulo menos contado: un cuadro suyo en el comedor de los Obama

Lo que rara vez se cuenta junto al episodio del Whitney es lo que ocurrió más de treinta años después de la muerte de Thomas, fallecida en 1978. En 2014, a través del Fondo de Adquisiciones George B. Hartzog Jr. de la Casa Blanca, su cuadro Resurrection pasó a formar parte de la Colección de la Casa Blanca, convirtiéndose en la primera obra de una mujer afroamericana en integrar esa colección permanente. Colgado inicialmente en el comedor familiar durante la presidencia de Barack Obama, la primera dama Michelle Obama se refirió a Thomas, en un acto celebrado en la residencia el 14 de octubre de 2016, como «la primera mujer afroamericana en tener su arte expuesto en esta casa», y añadió que «todos los grandes artistas de nuestro país tienen un lugar dentro de estos muros». El cuadro se trasladó después a la Sala Vermeil durante la Administración siguiente, y en 2024 otra obra de Thomas apareció expuesta en el despacho de la entonces vicepresidenta Kamala Harris, una señal de que el interés institucional por su figura, lejos de apagarse, sigue creciendo casi medio siglo después de su muerte.

Color como respuesta, no como evasión

Thomas trabajó en paralelo, aunque nunca formó parte formal, de la llamada Escuela de Color de Washington, un grupo informal de pintores abstractos de campos de color activo en la capital estadounidense entre los que se contaban Kenneth Noland, Morris Louis o Sam Gilliam. A diferencia de buena parte de sus contemporáneos, Thomas explicó su uso del color en términos que remitían tanto a la naturaleza —los árboles y las flores que observaba desde la ventana de su cocina, el Arboreto Nacional cercano a su casa— como al convulso contexto político de las décadas de 1960 y 1970. «A través del color, he buscado concentrarme en la belleza y la felicidad, en lugar de en la inhumanidad del hombre hacia el hombre», declaró en 1970, en plena efervescencia del movimiento por los derechos civiles, una frase que sitúa su obra no como una huida de la realidad social de su tiempo, sino como una respuesta deliberada a ella. El reconocimiento institucional tardó, aun así, décadas en consolidarse: la primera retrospectiva completa de su carrera no llegó hasta 1998, organizada por el Museo de Arte de Fort Wayne, veinte años después de su muerte, y una exposición itinerante más reciente, producida en 2015 por el Tang Teaching Museum, viajó en 2016 hasta el Studio Museum in Harlem, contribuyendo a situarla, ya en pleno siglo XXI, entre las figuras centrales del arte abstracto estadounidense de posguerra.

Por qué importa hoy

La biografía de Alma Thomas desmiente, con datos muy concretos, la idea de que una carrera artística relevante tiene que forjarse en la juventud o no forjarse en absoluto. Pasó más tiempo dando clase de arte a adolescentes en Washington que el que tuvo, al final, para desarrollar el estilo por el que hoy figura en la Casa Blanca y en los museos más importantes de Estados Unidos, y ese desfase —treinta y cinco años de aula por apenas dieciséis de reconocimiento público antes de morir— sigue siendo el dato menos citado, y probablemente el más revelador, de toda su trayectoria.

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