En 1867 catalogaron sus tumbas como de guerreros. 159 años después, dos resultaron ser mujeres ibéricas enterradas con sus armas
En la necrópolis íbera de Los Collados, en Almedinilla (Córdoba), dos tumbas excavadas en el siglo XIX y catalogadas como de guerreros han resultado pertenecer a mujeres jóvenes enterradas con espada, lanza y escudo.
En 1867 se dio por hecho que esas tumbas eran de guerreros. Ciento cincuenta y nueve años después, dos resultaron ser de mujeres
En 1867, el arqueólogo aficionado Luis Maraver y Alfaro excavó junto al actual pueblo de Almedinilla, en la provincia de Córdoba, una necrópolis íbera de más de doscientas cincuenta tumbas cargadas de espadas, lanzas, escudos y puñales. Como era costumbre en la arqueología decimonónica, dio por hecho que un ajuar con armas solo podía pertenecer a un hombre, y así quedaron catalogadas las sepulturas durante más de siglo y medio. En 2026, dos de esos esqueletos —recuperados de los fondos del yacimiento y sometidos por fin a un análisis antropológico moderno, a cargo del investigador Ignacio Muñiz Jaén, del Ecomuseo del Río Caicena, y de la antropóloga Carmen Mª Román Muñoz— han resultado pertenecer a mujeres jóvenes. Ambas fueron enterradas con el equipo de combate completo de un guerrero íbero: espada, lanza, escudo y, en un caso, puñal y un arma arrojadiza de hierro macizo conocida como soliferreum.
El hallazgo, publicado en la revista académica Antiquitas, editada por el Museo Histórico Municipal de Priego de Córdoba, no ha llegado todavía a la prensa generalista española: apenas ha circulado en un medio digital cordobés y en un puñado de publicaciones especializadas en arqueología ibérica. Fuera de esos círculos, la pregunta que titula el propio estudio —"¿Las chicas son guerreras?"— sigue sin plantearse.
Una tumba con una espada doblada, y un bebé de pocas semanas
La necrópolis de Los Collados se extiende junto al poblado íbero del Cerro de la Cruz, un asentamiento de casi cinco hectáreas tallado en terrazas de roca que llegó a incluir viviendas, talleres y almacenes de grano, y que la investigación sitúa dentro del territorio bastetano del sur peninsular durante los siglos III y II antes de nuestra era. De las más de doscientas cincuenta sepulturas documentadas en el siglo XIX, dos han centrado el nuevo estudio antropológico. En la tumba 3 se halló a una mujer de entre veinte y treinta años, de morfología ósea grácil, enterrada junto a un bebé de entre cero y un mes y medio de vida: los investigadores plantean que ambos pudieran haber muerto en torno al mismo parto. A su lado se depositó una panoplia completa —espada recta, puñal, soliferreum y una lanza con su regatón y su escudo—, con las armas de metal deliberadamente dobladas antes de enterrarlas, un ritual de "matar" el arma para que pudiera acompañar a su dueña que también se documenta en otras necrópolis célticas e ibéricas de la península.
En la tumba 6, el análisis de la escotadura ciática de la pelvis —uno de los rasgos óseos más fiables para determinar el sexo de un esqueleto— confirmó que los restos pertenecían a una mujer de veinte o veintiún años. Su ajuar incluía una falcata, la característica espada curva de hoja única que se convirtió en el arma emblemática de la infantería íbera, además de una punta de lanza y un escudo cubiertos de tierra teñida de ocre rojo, un pigmento que en el ritual funerario ibérico solía marcar ofrendas depositadas tras la cremación del cuerpo. A diferencia de las armas de la tumba 3, las suyas no aparecieron dobladas.
Una hipótesis con nombre propio, y una pregunta que sigue abierta
Muñiz Jaén interpreta ambos enterramientos como indicio de lo que denomina un "temperamento guerrero" extendido a las mujeres de esta comunidad, y plantea la posibilidad de que se tratara de una sociedad heterárquica o incluso de organización parcialmente matrilineal, en la que el parentesco y el estatus podían articularse también en torno a figuras femeninas. Es, conviene subrayarlo, la lectura de los propios autores del estudio que ha sacado a la luz el hallazgo, y ni el propio título del artículo académico —formulado como pregunta, no como afirmación— ni la escasísima literatura comparada disponible sobre el resto de la necrópolis permiten cerrar la cuestión: que dos mujeres recibieran armas reales en su tumba no basta, por sí solo, para probar que combatieron con ellas, del mismo modo que un ajuar con armas tampoco demuestra automáticamente lo contrario. Lo que sí establece con solidez el análisis antropológico, frente al criterio puramente visual con el que se catalogó el hallazgo en 1867, es el sexo biológico de quienes ocupaban esas dos tumbas.
El ángulo menos contado: un caso ibérico del mismo error que ya cambió la arqueología vikinga
Este tipo de revisión no es un fenómeno aislado ni exclusivamente español. En 2017, un análisis de ADN sobre la célebre tumba vikinga Bj 581 de Birka, en Suecia —excavada también en el siglo XIX y catalogada durante más de cien años como la sepultura de un alto oficial militar por el ajuar de armas que contenía— confirmó que el esqueleto pertenecía a una mujer, y obligó a una parte de la arqueología escandinava a revisar sus propios criterios de género. El caso de Almedinilla añade a esa misma discusión un ejemplo ibérico, con la diferencia de que aquí la determinación se ha hecho por morfología ósea y no por ADN, un método algo menos concluyente pero igualmente aceptado en antropología forense cuando el esqueleto conserva bien la pelvis, como sucedía en la tumba 6. En ambos casos, el patrón de fondo es el mismo: generaciones de arqueólogos asumieron que un ajuar de guerra solo podía acompañar a un hombre, y esa asunción, no puesta a prueba durante más de un siglo, resultó ser el dato menos fiable de toda la excavación.
Una comunidad que, por las mismas fechas, fue arrasada por Roma
El contexto histórico en el que se sitúan estas tumbas no es un dato menor. El propio poblado del Cerro de la Cruz al que servía la necrópolis de Los Collados fue destruido de forma violenta hacia el 141 antes de nuestra era, en el marco de las campañas que el procónsul romano Fabio Máximo Serviliano dirigió contra las poblaciones íberas que se habían aliado con el caudillo lusitano Viriato en su guerra contra Roma. Las excavaciones del propio yacimiento, dirigidas por el arqueólogo Fernando Quesada, han documentado esqueletos con marcas de tajos de espada y evidencias de amputaciones en plena calle del poblado, restos calcinados por temperaturas de entre 900 y 1.200 grados, y silos de grano todavía llenos que descartan un saqueo posterior: todo apunta a una destrucción deliberada y punitiva, no a un simple abandono. Muñiz Jaén conecta directamente ese contexto de emergencia bélica con el hallazgo de Los Collados: sugiere que la presión de una guerra que se prolongó más de una década pudo flexibilizar los roles sociales habituales y ampliar, en circunstancias extremas, la participación femenina en la defensa de la comunidad.
Esa hipótesis, de nuevo, no puede darse por demostrada solo con dos tumbas, por muy elocuentes que resulten sus ajuares. Pero sitúa el hallazgo en un marco muy concreto y verificable de forma independiente: el de un pueblo íbero que, en el mismo arco de décadas en que dos de sus mujeres jóvenes recibieron sepultura con armas de combate reales, fue borrado del mapa a espada y fuego por las legiones de Roma como castigo por resistirse, aliado con Viriato, a la conquista de la península.
Por qué esta historia importa hoy
Las más de doscientas cincuenta tumbas que Luis Maraver y Alfaro excavó en 1867 siguen, en su inmensa mayoría, sin haber pasado por un análisis antropológico moderno: la revisión de la tumba 3 y la tumba 6 es apenas el principio de un trabajo que podría, con el tiempo, alterar de forma sustancial lo que se sabe sobre la presencia de mujeres en la guerra íbera del sur peninsular. Mientras esa revisión avanza, el caso de Almedinilla ya deja una lección concreta, con independencia de cómo se resuelva finalmente el debate sobre si esas dos mujeres empuñaron alguna vez sus armas en combate: durante ciento cincuenta y nueve años, nadie se molestó en comprobar un dato que un simple análisis óseo podía haber resuelto en una tarde. La pregunta de cuántas otras tumbas europeas catalogadas como "de guerrero" por el simple hecho de contener una espada guardan, sin que nadie lo haya verificado todavía, la misma sorpresa que Almedinilla y Birka, sigue completamente abierta.