En el templo fenicio más famoso de España, las mujeres tenían prohibida la entrada. A pocos días de navegación, otras gobernaban santuarios enteros
El santuario de Melqart en Gadir, visitado por Aníbal y por Julio César, vetaba el acceso a las mujeres según las fuentes clásicas. Mientras tanto, estelas funerarias de Cartago y el norte de África conservan los nombres de sacerdotisas.
El santuario que Aníbal visitó antes de cruzar los Alpes
Pocos templos de la Antigüedad occidental acumularon tanto prestigio como el de Melqart en Gadir, la actual Cádiz. Según recogen las fuentes clásicas, Aníbal Barca acudió allí a formular sus votos antes de emprender la campaña que lo llevaría a cruzar los Pirineos y los Alpes rumbo a Roma; siglos más tarde, Julio César, ya en la órbita romana del culto asimilado a Hércules, se dice que lloró ante una estatua de Alejandro Magno que se conservaba en su interior, abrumado por no haber logrado, a su misma edad, hazañas comparables. El santuario, cuya ubicación exacta sigue discutiéndose entre los arqueólogos —unas hipótesis lo sitúan en el islote de Sancti Petri, frente a la actual bahía de Cádiz, otras dentro del recinto de la propia ciudad antigua—, funcionaba como uno de los grandes centros religiosos y económicos de todo el Mediterráneo occidental fenicio, asimilado ya en época romana al Hércules grecolatino y descrito también por el geógrafo Estrabón como una de las maravillas de Iberia. Tenía, sin embargo, una norma que las crónicas repiten sin apenas detenerse en ella: según el poeta romano Silio Itálico, autor de la Punica, ni las mujeres ni los cerdos podían cruzar su umbral.
Un veto que no era la norma en todo el mundo fenicio
Ese detalle, tratado casi siempre como una curiosidad menor en los reportajes sobre el templo gaditano, contrasta de forma llamativa con lo que documenta la epigrafía funeraria conservada en otros puntos del mundo fenicio-púnico. La investigadora Ana Mª Jiménez Flores, de la Universidad de Sevilla, ha reunido en la revista académica Spal varios casos de mujeres que ejercieron como sacerdotisas con autoridad religiosa plena, sus nombres grabados en piedra por sus propias comunidades. En Sidón, una urna funeraria conserva el nombre de Geratmilk, sacerdotisa de Astarté; en Cartago, una inscripción recuerda a Grmlqrt, consagrada al mismo culto. En el santuario de El-Hofra, en el norte de África, una estela del siglo III antes de nuestra era identifica a 'Arilat como gran sacerdotisa, con un rango que la situaba al frente del culto local. Y en la necrópolis cartaginesa de Santa Mónica se han catalogado varias mujeres más con el título de sacerdotisa, entre ellas una consagrada al culto de Coré, la diosa griega, prueba de que el propio sistema religioso fenicio-púnico incorporaba con naturalidad divinidades y sacerdocios de otras culturas mediterráneas.
Estos títulos no eran un honor simbólico y pasajero: la epigrafía funeraria púnica solía transmitir el cargo sacerdotal dentro de linajes concretos, y que una mujer lo hiciera constar en su propia lápida, a veces con la genealogía de varias generaciones, indica que el sacerdocio femenino formaba parte reconocida del orden social, no una excepción tolerada al margen de él. En Iberia, el rastro más elocuente de esa religiosidad femenina no llega a través de un nombre propio, sino de un objeto: la llamada Dama de Ibiza, una figura de terracota del siglo IV o III antes de nuestra era hallada en la necrópolis púnica del Puig des Molins, en la propia isla de Ibiza, e identificada por los especialistas con la diosa Tanit. Su presencia confirma que el culto a una gran divinidad femenina estaba firmemente arraigado en las colonias púnicas de la costa ibérica, aunque ningún nombre de sacerdotisa gaditana o ebusitana haya sobrevivido hasta hoy para ponerle rostro humano a ese culto.
¿Por qué Melqart sí, y Astarté no?
Ninguna fuente permite convertir esta comparación en una regla absoluta: no hay constancia de que el mundo fenicio vetara de forma sistemática y universal el sacerdocio femenino, y la propia investigación académica advierte de que las prohibiciones religiosas variaban de un culto a otro, no de un pueblo entero a otro. Lo que sí parece un patrón, según la bibliografía especializada, es que los santuarios dedicados a Melqart —una divinidad ligada al linaje real de Tiro, a los viajes fundacionales de las colonias fenicias y a un perfil marcadamente masculino de héroe errante— tendían a restringir el acceso femenino en varios puntos del Mediterráneo, un rasgo que templos dedicados a Astarté o a Tanit, de carácter más ligado a la fertilidad y al tránsito hacia el más allá, no compartían con la misma rigidez. La diferencia, en otras palabras, no separaba "fenicios" de "no fenicios", sino un dios de otro dentro del mismo panteón.
Conviene además no perder de vista quién transmite la norma sobre Gadir: no la conocemos por ninguna inscripción fenicia o púnica que regulara el acceso al templo, sino por un poeta romano que escribió su epopeya casi cuatrocientos años después de que Roma arrebatara Gadir a la órbita cartaginesa. Es perfectamente posible que Silio Itálico recogiera con fidelidad una tradición local antigua y real; también lo es que exagerara o reinterpretara, desde una sensibilidad ya romana, una costumbre de pureza ritual que originalmente tuviera matices distintos. Sin una fuente fenicia propia que lo confirme de forma independiente, ninguna de las dos posibilidades puede descartarse del todo.
Fuera del recinto sagrado de Melqart, en cualquier caso, la vida económica de la Gadir fenicia dependía en buena medida de trabajos que las fuentes arqueológicas sí asocian con mano de obra femenina: el hilado y tejido documentado por los numerosos pesos de telar hallados en yacimientos púnicos del sur peninsular, y la elaboración de la preciada púrpura a partir del múrex, una industria que dio fama y riqueza a las colonias fenicias de toda la costa gaditana. Que a esas mismas mujeres se les vetara el templo más prestigioso de su ciudad, mientras sostenían con su trabajo buena parte de su economía, es la paradoja concreta que esta comparación deja planteada, sin que ninguna fuente disponible permita resolverla del todo.
Lo que no sabemos, y probablemente nunca sabremos
La pregunta que ningún especialista puede responder hoy con certeza es si existió, en la propia Gadir, algún culto o santuario dedicado a una divinidad femenina con sacerdotisas propias, como los que sí se documentan en Cartago o en Sidón. El registro arqueológico de la Gadir fenicia es mucho más pobre que el de la propia Cartago: buena parte de la ciudad antigua yace bajo el trazado urbano del actual Cádiz, y nunca ha podido excavarse con la misma extensión que otros yacimientos púnicos del Mediterráneo central. La ausencia de nombres de sacerdotisas gaditanas en el registro epigráfico puede reflejar, por tanto, tanto una realidad histórica —que allí no las hubo— como, simplemente, un vacío documental que la arqueología todavía no ha llenado. Ninguna de las fuentes consultadas para este artículo se atreve a zanjar cuál de las dos explicaciones es la correcta.
Por qué esta comparación importa hoy
El contraste entre el templo gaditano que vetaba a las mujeres y los santuarios donde otras mujeres fenicias ejercían con nombre propio la máxima autoridad religiosa no es solo una curiosidad epigráfica: es una muestra concreta de cuánto varió, dentro de una misma cultura mediterránea, el espacio que se reservaba a las mujeres según el dios al que sirvieran y el lugar donde vivieran. En español, la fama del templo de Melqart en Cádiz gira casi siempre en torno a su ubicación perdida o a las visitas ilustres de Aníbal y César. La pregunta de a quién dejaba entrar y a quién no —y de qué otras mujeres, en otros templos fenicios, sí llegaron a gobernar el culto entero— apenas se ha planteado todavía en un texto de divulgación en español.