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Encendió la revuelta antifiscal más numerosa de la América española, y después desapareció sin dejar rastro

En 1781, una mujer rasgó un edicto real en la plaza del Socorro y desató la Rebelión de los Comuneros en la actual Colombia. Una historiadora colombiana duda hoy de que se llamara realmente Manuela Beltrán.

✍️ Montse 📅 23 de August de 2026 ⏱ 7 min de lectura 👁 21 visitas
Encendió la revuelta antifiscal más numerosa de la América española, y después desapareció sin dejar rastro

Una mujer que existió, un nombre que quizás no era el suyo

El 16 de marzo de 1781, en la plaza del Socorro, en la actual Colombia, una mujer rasgó públicamente el edicto del ayuntamiento que anunciaba un nuevo impuesto real, el de la Armada de Barlovento, y gritó, según la tradición, "¡viva el rey y muera el mal gobierno!", la fórmula clásica con la que los súbditos coloniales protestaban contra sus autoridades sin cuestionar, al menos en apariencia, la legitimidad del monarca. Ese gesto, respaldado de inmediato por más de dos mil personas congregadas en la plaza, encendió la Rebelión de los Comuneros, el levantamiento antifiscal más numeroso que se produjo en la América española del siglo XVIII, con cerca de veinte mil personas movilizadas en su punto álgido, un volumen de participación que superó con creces al de cualquier otra revuelta fiscal registrada hasta entonces en el virreinato de Nueva Granada, y que llegó a poner en jaque durante semanas a las autoridades coloniales asentadas en Santa Fe de Bogotá. La tradición atribuye ese gesto fundacional a una mujer llamada Manuela Beltrán. El problema, según ha planteado en los últimos años la investigación académica colombiana, es que no existe ningún documento de 1781 que confirme que la mujer que rompió aquel edicto se llamara realmente así.

Un nombre que aparece por primera vez décadas después de los hechos

La historiadora Judith González, con formación en la Universidad del Valle y candidata a doctora en sociología por FLACSO-Ecuador, ha revisado los registros disponibles y no ha encontrado ninguna partida de nacimiento ni de defunción que corresponda de forma inequívoca a la heroína de la tradición, pese a localizar varios registros de mujeres llamadas Manuela nacidas en la región del Socorro en fechas compatibles. Según su investigación, el nombre completo —Manuela Beltrán— aparece fijado por primera vez en la obra del cronista Manuel Briceño, quien escribió su relato de la rebelión comunera generaciones después de que ocurriera, lo que abre la posibilidad de que Briceño bautizara con ese nombre concreto a una protagonista colectiva o simbólica, construida a partir de la participación real, pero menos documentada individualmente, de numerosas mujeres anónimas en la revuelta.

Lo que sí puede afirmarse, y lo que sigue siendo tradición

Una de las enciclopedias culturales de referencia en Colombia reconoce esa misma limitación con una franqueza poco habitual en los materiales divulgativos: pese a fijar una fecha de nacimiento concreta para Manuela Beltrán, el propio texto advierte que no se tiene información detallada sobre su vida, y que tras el 16 de marzo de 1781 "desapareció de la historia nacional", sin que se sepa nada más sobre lo que le ocurrió después, ni siquiera dónde ni cuándo murió. Es una laguna documental notable para la figura a la que la tradición colombiana atribuye, sin matices, el título de primera heroína de la lucha independentista, casi cuarenta años antes de que Colombia se independizara formalmente de España.

Lo que sí quedó perfectamente documentado: la muerte de un hombre

El contraste resulta todavía más llamativo si se compara con el destino de José Antonio Galán, el comandante que asumió el liderazgo de la facción más radical de la rebelión cuando esta se reanudó tras el incumplimiento, por parte de las autoridades coloniales, de las Capitulaciones de Zipaquirá que en un principio habían puesto fin al levantamiento. Galán fue capturado el 13 de octubre de 1781 en Onzaga junto a once de sus hombres, trasladado a Santa Fe de Bogotá y sometido a juicio. El 1 de febrero de 1782 fue ejecutado a arcabuzazos, y su cuerpo, descuartizado como escarmiento público: el torso se quemó ante el propio patíbulo, la cabeza se envió a Guaduas, la mano derecha al Socorro, la mano izquierda a San Gil, el pie derecho a Charalá y el pie izquierdo a Mogotes, con instrucciones de exhibir cada parte en la plaza principal de cada localidad. Tres de sus lugartenientes recibieron la misma sentencia, y otros diecisiete comuneros fueron condenados a doscientos azotes públicos, confiscación de bienes y destierro. De cada uno de estos hombres se conservan fecha exacta de captura, composición del tribunal que los juzgó, acta de juicio y detalle preciso, casi administrativo, de cómo y dónde se ejecutó cada sentencia. De la mujer a la que la tradición atribuye haber encendido toda la revuelta no se conserva, según las fuentes disponibles, ni una sola confirmación documental contemporánea de su identidad completa.

El ángulo menos contado: lo que la duda sobre un nombre no debería borrar

Aquí conviene ser precisos sobre lo que la investigación de Judith González realmente cuestiona, y lo que no. Ninguna fuente pone en duda que una mujer —o varias— participara activamente en el estallido de la rebelión comunera en el Socorro aquel mes de marzo de 1781, ni que las mujeres tuvieran un papel relevante y numéricamente significativo en la revuelta. Lo que se cuestiona es la certeza con la que la tradición ha fijado un nombre, una fecha de nacimiento y una biografía individual completa para una protagonista de la que, en el momento mismo de los hechos, no quedó ningún registro administrativo equiparable al que sí se conservó, con lujo de detalle burocrático, sobre la ejecución de Galán. Esa asimetría documental no es exclusiva de Colombia ni de este episodio concreto: es un patrón que se repite en buena parte de los movimientos de independencia hispanoamericanos, donde los nombres, cargos y sentencias de los líderes varones quedaron registrados por la propia maquinaria represiva colonial, mientras que la participación de las mujeres, más difusa y menos jerarquizada en los registros oficiales de la época, dependió casi por completo de la tradición oral y de lo que cronistas posteriores decidieran reconstruir, con mayor o menor precisión, generaciones después de los hechos. Historiadoras colombianas que han revisado en los últimos años la revuelta comunera insisten en que el trabajo pendiente no consiste en sustituir un nombre incierto por otro igual de solitario, sino en recuperar la dimensión colectiva de una participación femenina que la tradición decimonónica prefirió condensar en una sola figura, más fácil de recordar y de conmemorar en una fecha patria que un movimiento difuso de miles de mujeres anónimas del Socorro.

Por qué esta historia importa hoy

La Rebelión de los Comuneros terminó sofocada militarmente, pero sentó un precedente de movilización popular contra la autoridad colonial que los historiadores colombianos consideran un antecedente directo del proceso independentista que culminaría cuatro décadas más tarde. Que la mujer a la que la tradición atribuye haber encendido esa mecha siga siendo, dos siglos y medio después, una figura de contornos difusos —tal vez real, tal vez parcialmente construida, tal vez ambas cosas a la vez— no resta valor al episodio que protagonizó, ni tampoco al de las miles de personas —hombres y mujeres, indígenas, mestizos y criollos— que ese mismo día y en las semanas siguientes se sumaron a una revuelta que llegó a amenazar el control colonial español sobre buena parte del actual territorio colombiano. Dice, más bien, algo distinto: que la historia registró con precisión burocrática hasta el último centímetro del cuerpo descuartizado de un hombre, y no logró conservar, para la mujer que según la tradición empezó todo, ni siquiera la certeza de su propio nombre.

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