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Era la heredera legítima de Sicilia. La historia solo recuerda la guerra que ganó su marido

En 1282, la revuelta conocida como las Vísperas Sicilianas devolvió a Constanza de Sicilia y a su marido, Pedro III de Aragón, la corona de un reino que a ella le pertenecía por sangre.

✍️ Montse 📅 16 de September de 2026 ⏱ 9 min de lectura 👁 4 visitas
Era la heredera legítima de Sicilia. La historia solo recuerda la guerra que ganó su marido

Una corona que le pertenecía por sangre, ganada con el ejército de otro

El verano de 1282 terminó en Sicilia con una masacre y un desembarco. La masacre había empezado el lunes de Pascua, el 30 de marzo, cuando la población de Palermo se levantó contra la guarnición francesa que gobernaba la isla en nombre de Carlos de Anjou y mató a miles de sus soldados en cuestión de horas, en el episodio que la historia conoce como las Vísperas Sicilianas. El desembarco llegó meses después, en agosto, cuando una flota catalanoaragonesa fondeó frente a las costas sicilianas con un ejército que, oficialmente, se había reunido para otro destino. Al frente de esa flota viajaba Pedro III de Aragón, apodado después "el Grande". Pero el ejército que lo acompañaba no defendía únicamente un cálculo político de su rey: defendía, sobre el papel y por derecho de sangre, la corona de la mujer con la que Pedro se había casado veinte años antes. Esa mujer, Constanza de Sicilia, no era una consorte que acompañaba a su marido a una conquista ajena. Era la heredera legítima del trono que ambos estaban a punto de recuperar.

Hija de un rey asesinado, refugio de una corte en el exilio

Constanza nació hacia 1248, hija única y heredera de Manfredo, rey de Sicilia, y de Beatriz de Saboya. Por su padre descendía de los Hohenstaufen, la dinastía imperial alemana que había gobernado media Europa desde el Sacro Imperio hasta el sur de Italia; por vía paterna más lejana, también de los normandos Hauteville que habían conquistado la propia Sicilia dos siglos antes. El 13 de junio de 1262, con apenas catorce años, se casó en Montpellier con Pedro, heredero del trono de Aragón y del condado de Barcelona: un enlace concebido, desde el primer momento, para incorporar el reino siciliano a la órbita catalanoaragonesa mediante el matrimonio, no mediante la guerra.

La guerra llegó de todos modos, y no la buscó Constanza. En 1266, su padre Manfredo murió en la batalla de Benevento, derrotado por Carlos de Anjou, hermano del rey de Francia, que invadió Sicilia con el respaldo militar y económico del papado, deseoso de sustituir a la díscola dinastía Hohenstaufen por un aliado dócil frente a Roma. Manfredo cayó en el campo de batalla; su cuerpo, según los cronistas de la época, fue enterrado sin honores bajo un montón de piedras junto al puente de Benevento, y más tarde exhumado y trasladado fuera de los dominios pontificios porque había muerto excomulgado. Constanza, de dieciocho años, perdió de un solo golpe a su padre y el reino que debía heredar. Lo que no perdió fue el derecho dinástico sobre ese reino, ni la lealtad de buena parte de la nobleza siciliana que huyó al exilio tras la conquista angevina. Familias como los Llúria —de las que saldría el futuro almirante Roger de Lauria, decisivo en la guerra que vendría— se refugiaron en la corte de Barcelona, donde Constanza, ya princesa heredera de Aragón, empezó a construir en silencio una base de apoyo para una reclamación que, dieciséis años después, se convertiría en guerra abierta.

Coronada reina de Sicilia en Palermo, mientras su marido se enfrentaba al papa

Cuando la revuelta popular de las Vísperas Sicilianas estalló en 1282, los sicilianos no llamaron a Pedro III solo porque dispusiera de una flota poderosa en el Mediterráneo occidental. Lo llamaron, también, porque su esposa era la heredera legítima de la dinastía que Carlos de Anjou había derrocado dieciséis años antes, y coronarlo a él era, en la práctica, restituirle a ella un trono que le correspondía por nacimiento. Tras el desembarco aragonés y la expulsión de las guarniciones angevinas, Pedro y Constanza fueron coronados reyes de Sicilia en Palermo entre agosto y septiembre de aquel mismo año. El papa Martín IV, furioso por la pérdida de un reino que consideraba feudo pontificio, excomulgó a Pedro III casi de inmediato: el rey aragonés pasaría a la historia también con ese título incómodo, el de monarca excomulgado, por haber aceptado una corona que, en rigor jurídico medieval, pertenecía a su esposa antes que a él.

Lo que ocurrió después es la parte de la historia que casi ningún resumen divulgativo desarrolla con el detalle que merece. Pedro III pasó buena parte de los tres años siguientes fuera de Sicilia, enfrentado a una invasión francesa de Cataluña lanzada por el papado bajo la forma de una cruzada contra Aragón, y a las tensiones internas de sus propios reinos peninsulares. En su ausencia, fue Constanza quien sostuvo el gobierno efectivo de la isla, apoyada en un consejo de nobles sicilianos y en la lealtad de los exiliados que ella misma había acogido años antes en Barcelona. Bajo su administración, las fuerzas catalanoaragonesas obtuvieron una de las victorias navales más decisivas de toda la guerra: en junio de 1284, el almirante Roger de Lauria capturó frente a Nápoles al propio hijo de Carlos de Anjou, el futuro Carlos II el Cojo, en una batalla que debilitó de forma duradera la capacidad angevina de recuperar la isla. Constanza no dirigió personalmente esa flota, pero gobernaba el reino en cuyo nombre luchaba, en un periodo en el que su marido llevaba meses sin poder ocuparse de los asuntos sicilianos.

El ángulo menos contado: una reina documentada como anexo de su propio marido

Aquí está la paradoja que un estudio académico reciente, centrado explícitamente en su figura, resume en un título que funciona casi como diagnóstico: «Una reina a la sombra de su marido». Pese a haber gobernado Sicilia de forma efectiva durante las largas ausencias de Pedro III, pese a haber sido la titular jurídica del derecho que legitimó toda la empresa siciliana, y pese a haber viajado personalmente a Roma en los años siguientes para negociar ante la Santa Sede el reconocimiento de los derechos sucesorios de sus hijos sobre el trono conquistado, buena parte de la documentación que ha llegado hasta hoy sobre la actividad política de Constanza aparece catalogada, en los archivos, como parte de los papeles de su marido: cartas, concesiones y disposiciones firmadas junto a él, o en su nombre, que los archiveros posteriores ordenaron bajo el epígrafe del rey y no bajo el de la reina que, en la práctica, gobernaba un reino que era suyo antes de serlo de nadie más. No es un problema exclusivo de Constanza —afecta a buena parte de las reinas medievales cuya actividad política se ejerció en paralelo, y no en sustitución, a la de su marido—, pero pocos casos ilustran tan bien la distancia entre el derecho dinástico real de una mujer y el lugar que la memoria documental terminó por asignarle.

Tras la muerte de Pedro III en 1285, la partición de su herencia entre sus hijos convirtió a Constanza en algo más que una viuda retirada de la política. Aragón pasó a su primogénito, Alfonso III; Sicilia, a su segundo hijo, Jaime, que más tarde heredaría también Aragón a la muerte de Alfonso sin descendencia, y que en 1296 cedería a su vez el trono siciliano a su hermano menor, Fadrique, en el marco de un acuerdo de paz con el papado y la casa de Anjou que Jaime aceptó y que Fadrique, y buena parte de la nobleza siciliana, rechazaron. Constanza, según las fuentes disponibles, intervino directamente en esas disputas entre sus propios hijos por el reparto de la herencia siciliana, empeñada en que la corona por la que había luchado media vida permaneciera, de un modo u otro, en manos de su propia sangre. Entre sus hijos figura también Isabel de Aragón, que llegaría a reina consorte de Portugal y sería canonizada siglos después como santa Isabel de Portugal, otra muestra de hasta qué punto la descendencia de Constanza terminó ocupando tronos por toda la Europa mediterránea.

Por qué esta historia importa hoy

Constanza se retiró en sus últimos años a un convento franciscano de Barcelona, donde murió en 1302, y fue enterrada en la catedral de la ciudad que había sido, mucho antes que Palermo, el lugar donde empezó a tejer la red de apoyos que le devolvería su reino. Ese reino, Sicilia, permaneció bajo dinastías descendientes de Constanza y Pedro durante generaciones, y la expansión catalanoaragonesa por el Mediterráneo que arrancó formalmente en 1282 se sostiene, en los libros de historia, sobre el nombre del rey que la protagonizó militarmente. El de la reina que la hizo posible por derecho propio —que gobernó la isla en su ausencia, que negoció en Roma por sus hijos, que disputó con ellos mismos el destino de una corona que era suya antes que de nadie— sigue apareciendo, ocho siglos después, sobre todo en los márgenes de los documentos que firmó su marido.

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