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Escribió Canción de cuna y el libreto de El amor brujo, y los firmó su marido durante treinta años

María Lejárraga fue la dramaturga más prolífica de la España de principios del siglo XX. Ninguna de sus obras se estrenó con su nombre: todas llevaron la firma de su marido, Gregorio Martínez Sierra, incluso después de que él la abandonara.

✍️ Montse 📅 23 de August de 2026 ⏱ 8 min de lectura 👁 14 visitas
Escribió Canción de cuna y el libreto de El amor brujo, y los firmó su marido durante treinta años

Un secreto que ella misma tardó medio siglo en publicar en España

María Lejárraga escribió, a lo largo de varias décadas, docenas de obras de teatro de gran éxito, el libreto de El amor brujo de Manuel de Falla y algunas de las piezas más representadas de la escena española de principios del siglo XX, entre ellas Canción de cuna, ganadora en 1911 del premio de la Real Academia Española a la mejor obra teatral del año. Ninguna de ellas se estrenó, se publicó ni se cobró con su nombre. Todas llevaron la firma de su marido, Gregorio Martínez Sierra. Ella misma dejó constancia detallada de ese acuerdo en sus memorias, tituladas Gregorio y yo, medio siglo de colaboración, publicadas primero en México en 1953; el libro, sin embargo, no llegó a editarse en España hasta el año 2000, veintiséis años después de su muerte, cuando ya casi nadie recordaba que la autora de esas obras seguía firmando, en la memoria colectiva del teatro español, con un nombre que no era el suyo.

Una maestra riojana que empezó a escribir antes de conocer a su marido

Nacida en San Millán de la Cogolla, La Rioja, en 1874, María de la O Lejárraga se formó como maestra y comenzó a publicar sus primeros artículos y relatos, con su propio nombre, antes de casarse en 1900 con Gregorio Martínez Sierra, un joven escritor con quien compartía inquietudes literarias y, sobre todo, un proyecto común de renovación del teatro español. En los primeros años del matrimonio, ambos firmaron algunas obras conjuntamente, pero pronto se estableció una división que se prolongaría durante más de dos décadas: ella escribía, prácticamente en solitario, la inmensa mayoría del material dramático y narrativo que la pareja producía, mientras que él, con más habilidad social y más contactos en el mundo editorial y teatral, se ocupaba de dirigir, producir y, sobre todo, de firmar. En una España en la que publicar bajo nombre de mujer seguía siendo, en la práctica, un obstáculo comercial serio para cualquier autora, la pareja decidió —según el relato posterior de Lejárraga— que el nombre de Gregorio abriría puertas que el de María mantendría cerradas.

Un acuerdo que sobrevivió incluso al abandono

La parte más difícil de digerir de esta historia no es que existiera ese acuerdo inicial, sino que se mantuviera durante más de una década después de que dejara de tener sentido como estrategia compartida. Hacia 1920, Gregorio Martínez Sierra abandonó a Lejárraga por la actriz Catalina Bárcena, con quien formó una nueva vida; el divorcio, sin embargo, no era legal en España hasta la Segunda República, por lo que el matrimonio siguió existiendo formalmente durante años. Y, pese a la separación, María continuó escribiendo obras que Gregorio seguía firmando y estrenando, en algunos casos protagonizadas por la propia Bárcena, en un arreglo que combinaba dependencia económica, inercia profesional y, según algunos de sus biógrafos, la dificultad práctica de reclamar públicamente una autoría que llevaba veinte años sin su nombre.

Por qué hoy ya no hay duda entre los especialistas

Durante décadas circuló la hipótesis, cómoda para la historiografía teatral española, de que Lejárraga y Martínez Sierra habían sido una pareja de coautores en el sentido más literal, comparable a otros hermanos o socios de escritura teatral de la época, como los hermanos Álvarez Quintero. La dramaturga y estudiosa Vanessa Montfort, entre otros especialistas, ha señalado que esa comparación no resiste el análisis: hoy ya no cabe duda razonable, según el consenso académico actual, de que Lejárraga era la autora prácticamente en solitario de los textos, mientras que Martínez Sierra ejercía funciones de dirección, producción y gestión empresarial del negocio teatral que ambos habían construido. La evidencia decisiva llegó, precisamente, de la mano de las propias memorias de Lejárraga, divulgadas ampliamente en España solo medio siglo después de escribirse.

El ángulo menos contado: la mujer política que la anécdota literaria eclipsó todavía más

Aquí está la parte de la biografía de María Lejárraga que casi ningún resumen centrado en "la escritora fantasma" desarrolla con el detalle que merece. Tras separarse de Martínez Sierra, Lejárraga no se limitó a reclamar en privado la autoría de su obra: se convirtió en una de las figuras más activas del feminismo español de los años veinte y treinta, cofundó en 1926 el Lyceum Club Femenino de Madrid, un espacio de encuentro intelectual para mujeres que reunió a figuras como María de Maeztu o Zenobia Camprubí, y fundó la Asociación Femenina de Educación Cívica. En 1931 se afilió al Partido Socialista Obrero Español y en las elecciones de 1933 resultó elegida diputada por Granada, ejerciendo su cargo con una agenda explícitamente feminista: se opuso a la reglamentación de la prostitución, a la pena de muerte, y defendió posiciones pacifistas y antifascistas en un Parlamento todavía dominado casi por completo por hombres. Esa faceta política, tan documentada como su faceta literaria, suele quedar reducida a una nota a pie de página frente al relato más vendible de "la autora que su marido firmaba", cuando en realidad constituye la etapa en la que Lejárraga ejerció, por fin, una autoría pública inequívoca y con su propio nombre.

Un exilio que la llevó de Ginebra a Buenos Aires

La Guerra Civil sorprendió a Lejárraga fuera de España, ejerciendo funciones diplomáticas para la República en Suiza; el triunfo franquista la condenó a un exilio que la llevó, sucesivamente, por Francia, México, Estados Unidos y finalmente Argentina, donde se instaló de forma definitiva. Fue allí, ya superados los setenta años y tras la muerte de Gregorio Martínez Sierra en 1947, cuando retomó con más fuerza la escritura y empezó, por primera vez en más de cuarenta años, a firmar de forma sistemática con su propio nombre. Murió en Buenos Aires en 1974, a los cien años de edad.

Un éxito que cruzó el Atlántico sin que nadie preguntara quién lo había escrito

El alcance internacional de su obra hace todavía más llamativa la falta de reconocimiento posterior. Canción de cuna se representó con enorme éxito en Broadway en los años veinte, y Hollywood la llevó al cine en dos ocasiones, en 1933 y de nuevo en 1990, bajo el título Cradle Song, ambas veces con guiones basados en el texto original, siempre acreditado en su día a Martínez Sierra. Que una obra escrita por una autora española llegara a producirse en los estudios de Hollywood sin que su verdadero nombre figurara en los títulos de crédito da una medida de hasta qué punto la ficción de la autoría compartida —o, más exactamente, ajena— se sostuvo mucho más allá de los escenarios madrileños donde había nacido, y durante mucho más tiempo del que cualquier estrategia comercial inicial podría justificar razonablemente.

Por qué esta historia importa hoy

El libreto de El amor brujo sigue interpretándose en las principales salas de música clásica del mundo, casi siempre atribuido, en los programas de mano, únicamente a Manuel de Falla, sin mención de quien escribió el texto sobre el que compuso su partitura. Que ese detalle siga pasando desapercibido, más de un siglo después de que Canción de cuna ganara el premio de la Real Academia Española bajo un nombre que no era el de su autora, sugiere que el problema que atravesó la carrera de María Lejárraga no terminó con la publicación tardía de sus memorias: sigue reproduciéndose, en silencio, cada vez que un cartel o un programa de mano decide de quién vale la pena acordarse.

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