¿Existió realmente la criada infiltrada en la Casa Blanca confederada? La verdad sobre Mary Jane Richards
Durante un siglo se contó que una antigua esclava con memoria fotográfica trabajó a diario dentro de la residencia de Jefferson Davis para espiar a favor de la Unión. Los archivos que sobrevivieron cuentan una historia distinta.
La criada que memorizaba documentos secretos, según la leyenda
¿Trabajó una antigua esclava, dotada de memoria fotográfica, infiltrada como criada dentro de la casa de Jefferson Davis, presidente de los Estados Confederados, leyendo mapas militares y cartas mientras fingía ser analfabeta? Esa es la historia que ha circulado durante más de un siglo en Estados Unidos, repetida en decenas de artículos, en un capítulo del salón de la fama de la inteligencia militar estadounidense y en programas de televisión sobre la Guerra Civil. Historiadoras que han vuelto a rastrear los archivos originales sostienen que buena parte de esa historia, tal y como se cuenta habitualmente, no puede probarse con la documentación disponible, y que incluso el nombre con el que la conoce casi todo el mundo —Mary Bowser— es casi con toda seguridad un error que llevó a los investigadores a buscarla, sin éxito, durante décadas.
Mary Jane Richards, no Mary Bowser
La mujer real detrás de la leyenda se llamaba Mary Jane Richards, y fue bautizada el 17 de mayo de 1846 en la iglesia de San Juan de Richmond, Virginia, un gesto poco habitual para una persona esclavizada que sugiere algún tipo de vínculo especial con la familia que la tenía en propiedad: la familia Van Lew, comerciantes acomodados de Richmond. Los Van Lew financiaron su educación —al parecer en Filadelfia o Princeton— y, en 1855, costearon su viaje a Liberia como parte de una misión religiosa, donde permaneció alrededor de cinco años. A su regreso a Richmond hacia 1860, fue arrestada en virtud de una ley de Virginia que prohibía el regreso de personas negras libres y educadas al estado, y fue Elizabeth Van Lew quien pagó su fianza. En abril de 1861 se casó con un hombre llamado Wilson Bowser, un matrimonio breve del que nunca volvió a usar el apellido de forma consistente: en su correspondencia y en sus apariciones públicas posteriores firmó, en distintos momentos, como Mary J. R. Richards, Richmonia Richards, Mary J. Garvin o la señora John T. Denman.
"Crazy Bet" y la red de espionaje de Richmond
Elizabeth Van Lew, nacida en 1818 en el seno de una familia rica de Richmond, se había educado en Filadelfia y regresó al sur convertida en abolicionista convencida. A la muerte de su padre, en 1843, liberó a las personas esclavizadas por su familia y gastó buena parte de su herencia comprando la libertad de sus parientes. Desde 1861 organizó una red clandestina de más de una docena de informantes, entre los que se contaba Richards, y visitaba con regularidad la prisión de Libby, donde retenían a soldados de la Unión capturados, para llevarles comida, medicinas y ayudarles a escapar. Para evitar sospechas, cultivó deliberadamente una reputación de excentricidad —el apodo con el que la conocía la ciudad, "Crazy Bet", describe justamente esa estrategia— mientras coordinaba un sistema de mensajes ocultos con tinta invisible hecha a base de leche.
Lo que los archivos sí sostienen, y lo que no
Aquí es donde conviene separar, con el mismo rigor que exigiría cualquier afirmación histórica fuerte, lo documentado de lo legendario. Está bien establecido que Richards formó parte activa de la red de Van Lew entre 1861 y 1865, y que, según el propio testimonio de Van Lew en su diario, buena parte de la información más fiable llegaba precisamente "de los negros" de su servicio doméstico y de su círculo de confianza. Entre 1861 y 1863, el trabajo de la red se concentró sobre todo en asistir a los prisioneros de la Unión en Libby: comida, medicinas, oportunidades de fuga. Fue solo a partir de 1864, y especialmente en los últimos meses de la guerra, cuando el foco se desplazó hacia la recopilación de inteligencia militar y política, y existe constancia de que Richards entró al menos en una ocasión en la residencia de Jefferson Davis mientras él estaba ausente, con el pretexto de recoger ropa para lavar, en busca de documentos relacionados con la guerra.
Lo que no aparece en ningún documento de la época
Lo que no sostiene la documentación disponible —y que historiadoras como Elizabeth R. Varon, autora de una biografía de referencia sobre Van Lew, han señalado de forma explícita— es la versión más repetida y más cinematográfica: que Richards trabajara de forma permanente y cotidiana como criada dentro de la Casa Blanca confederada, que poseyera una memoria fotográfica capaz de reproducir documentos enteros, que intentara incendiar la residencia antes de escapar o que huyera oculta en un carro de estiércol. Ninguno de esos detalles cuenta con respaldo documental sólido; varios de ellos, según la investigación de Varon, corresponden en realidad a episodios protagonizados por otras mujeres negras que colaboraron con distintas redes de espionaje de la Unión durante la guerra, y que con el tiempo se fusionaron en un único relato compuesto.
De dónde viene la leyenda que hoy se toma por hecho
El origen de buena parte de esa versión embellecida es rastreable: un artículo publicado en 1911 en la revista Harper's Monthly, basado en gran medida en los recuerdos, ya entonces imprecisos, de una sobrina de Van Lew. Según ha documentado la propia Varon, "casi todos los detalles biográficos" que aportaba aquel artículo resultaron ser incorrectos, incluido el propio nombre de "Bowser" como identidad pública y permanente de la protagonista, cuando en realidad se trataba solo del apellido de un matrimonio breve de juventud que ella misma dejó de usar. Ese error de origen tuvo una consecuencia práctica notable: durante casi un siglo, los historiadores que intentaron documentar más a fondo la vida de "Mary Bowser" buscando registros bajo ese nombre no encontraron prácticamente nada, porque la mujer real había vivido casi toda su vida documentada bajo nombres distintos.
Lo que sí se sabe de su vida después de la guerra
Tras la caída de Richmond en 1865, Richards se dedicó a la enseñanza de personas recién liberadas de la esclavitud, primero en la propia Richmond y en Manchester, y más tarde en Norfolk, en Jacksonville y en Saint Marys, Georgia, dentro de los programas educativos organizados por la Oficina de Libertos. En septiembre de 1865 ofreció al menos dos conferencias públicas en el norte del país, bajo el seudónimo de "Richmonia Richards", relatando su experiencia en Liberia y su colaboración con el servicio secreto de la Unión durante la guerra. Su última correspondencia conocida con Van Lew, fechada en 1870, revela que la emancipación no le trajo la estabilidad económica que cabría esperar tras sus servicios: trabajaba entonces como costurera y maestra en Nueva York, lejos del reconocimiento oficial y de la compensación económica que sí recibió Van Lew por parte del gobierno de la Unión. A partir de ese punto, el rastro documental se interrumpe: se desconoce la fecha, el lugar y las circunstancias exactas de su muerte.
Por qué corregir la leyenda no la hace menos importante
El Salón de la Fama de la Inteligencia Militar de Estados Unidos, en Fort Huachuca, Arizona, la incluyó entre sus homenajeadas, aunque todavía hoy lo hace bajo el nombre incorrecto de "Mary Elizabeth Bowser". Corregir esa historia, despojarla de la memoria fotográfica y del incendio frustrado, no la convierte en un episodio menor: la deja, si acaso, más difícil de digerir. La versión documentada no es la de una espía con un don sobrenatural que resolvió la guerra en solitario, sino la de una mujer que, tras haber sido esclavizada, educada gracias a la culpa o la convicción de la familia que la había poseído, y enviada como misionera a un continente que no era el suyo, regresó a la ciudad donde había nacido esclava para arriesgar su libertad de nuevo, esta vez por decisión propia, ayudando a escapar a prisioneros de guerra y buscando documentos en la casa del hombre que encabezaba la causa esclavista. Esa historia, sin adornos, sigue sin tener un solo artículo extenso en español que la cuente con el rigor que merece.