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Fue la primera doctora en Ciencias Químicas de toda España. Nunca llegó a pisar una cátedra universitaria: pasó cuarenta años enseñando en institutos

En 1929, Jenara Vicenta Arnal Yarza se convirtió en la primera mujer española en doctorarse en Ciencias Químicas. Investigó electroquímica en Zaragoza, Basilea y Dresde, pero ninguna universidad española le ofreció nunca una cátedra: terminó su carrera en

✍️ Montse 📅 17 de September de 2026 ⏱ 8 min de lectura 👁 6 visitas
Fue la primera doctora en Ciencias Químicas de toda España. Nunca llegó a pisar una cátedra universitaria: pasó cuarenta años enseñando en institutos

Una tesis pionera que no abrió la puerta que debía abrir

El 13 de diciembre de 1929, una química zaragozana de veintisiete años se convirtió en la primera mujer de toda España en obtener el título de doctora en Ciencias Químicas. Había investigado electroquímica y persulfatos en laboratorios de Zaragoza, Basilea y Dresde, y su expediente académico —matrícula de honor en todas las asignaturas de la licenciatura— no dejaba margen a la duda sobre su capacidad. En cualquier trayectoria comparable de un colega varón de su generación, ese doctorado habría sido la antesala razonable de una cátedra universitaria. En el caso de Jenara Vicenta Arnal Yarza, no lo fue. Pasó el resto de su carrera profesional enseñando química, no a estudiantes universitarios ni dirigiendo un grupo de investigación propio, sino a adolescentes de instituto, en las aulas de la enseñanza secundaria española.

De hija de un reparador de pianos a la vanguardia europea de la electroquímica

Arnal Yarza nació en Zaragoza el 19 de septiembre de 1902, hija de Luis Arnal Foz, jornalero reconvertido en reparador de pianos, y de Vicenta Yarza Marquina, natural de Brea de Aragón. Su hermano Pablo llegaría a ser catedrático de Física y Química del CSIC, aunque moriría joven; su hermana Pilar se formaría como pianista en París. Jenara obtuvo primero el título de Maestra de Primera Enseñanza en 1921, y al año siguiente se matriculó en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Zaragoza, en la sección de Químicas, licenciándose el 12 de marzo de 1927 con sobresaliente y matrícula de honor en todas las asignaturas de la carrera. Desde 1926, antes incluso de terminar la licenciatura, ya trabajaba en los laboratorios de química teórica de la propia universidad zaragozana. Su formación se completó después en el extranjero: investigó en la Universidad de Basilea, en la Technische Hochschule de Dresde y en el Instituto Nacional de Física y Química de Madrid, especializándose en electroquímica y en el estudio de los persulfatos —compuestos con aplicaciones como agentes oxidantes en procesos industriales y, más adelante, en la síntesis de polímeros—, publicando trabajos sobre oxidación electrolítica entre 1930 y 1935 e ingresando en 1929 en la Sociedad Española de Física y Química, la misma sociedad científica en la que por esos años se movía buena parte de la primera generación de físicos y químicos españoles con proyección internacional, entre ellos investigadoras como Dorotea Barnés, con la que coincidió en el tiempo aunque sus trayectorias posteriores tomarían caminos distintos.

Once mujeres, y ninguna cátedra universitaria entre todas ellas

En 1930, Arnal Yarza aprobó las oposiciones a cátedra de instituto de enseñanza secundaria, convirtiéndose en la undécima mujer española en lograr una cátedra de ese nivel en toda la historia del sistema educativo español hasta entonces, y en la segunda mujer española en obtener una cátedra de ciencias, después de Ángela García de la Puerta. El dato importa por lo que revela en negativo: si en 1930 solo once mujeres habían llegado a ese nivel en la enseñanza secundaria española, el número de las que habían alcanzado una cátedra universitaria plena en ciencias experimentales era, sencillamente, todavía menor. Arnal Yarza ejerció como catedrática en el Instituto Nacional Femenino Infanta Cristina de Barcelona entre 1930 y 1931, en el Instituto de Segunda Enseñanza de Calatayud en 1933, en un instituto de Bilbao, y en el Instituto Velázquez de Madrid entre 1935 y 1936, siempre en la enseñanza secundaria, nunca en un departamento universitario de investigación propio, pese a ser, formalmente, la investigadora con el título académico más alto que existía en su campo en toda España. Ángela García de la Puerta, la única mujer que la había precedido en el acceso a una cátedra de ciencias, tampoco llegó a ocupar una plaza universitaria: el patrón, por tanto, no fue una excepción aislada en el caso concreto de Arnal Yarza, sino la norma que parecía regir, de forma no escrita pero consistente, el techo profesional real disponible para cualquier científica española de esa generación, por brillante que fuera su expediente académico.

El ángulo menos contado: una guerra, un exilio breve, y una readmisión sin sanción que tampoco trajo la cátedra pendiente

Durante la Guerra Civil, Arnal Yarza permaneció en Madrid en situación de «disponible gubernativo», cobrando dos terceras partes de su sueldo, antes de salir hacia Francia en 1937 y entrar después en la zona controlada por el bando sublevado. En 1939 solicitó su traslado al Instituto Femenino Beatriz Galindo de Madrid, y en 1940 fue readmitida como catedrática de ese centro sin que se le impusiera ninguna sanción de depuración, una circunstancia relativamente favorable si se compara con la de otras científicas de su generación, como Dorotea Barnés, inhabilitada de por vida ese mismo año por motivos políticos. Que Arnal Yarza evitara la sanción no significó, sin embargo, que su carrera diera el salto que su doctorado pionero de 1929 parecía prometer: continuó, hasta el final de su vida profesional, dentro del sistema de institutos de bachillerato, dedicando buena parte de sus últimos años a escribir manuales de divulgación científica y libros de texto pensados para un público escolar, entre ellos Física y Química de la vida diaria, publicado en 1954 y reeditado en 1959, Los primeros pasos en el laboratorio de Física y Química, de 1956, Química en Acción, de 1959, y, junto a Inés García Escalera, Lecciones de cosas, también de 1958. Su último libro, El mundo del saber, se publicó ya póstumamente en 1968 y conoció al menos dos reediciones posteriores, en 1970 y en 1982, más de veinte años después de su muerte: una vida editorial larga que sugiere que, aunque el sistema universitario español nunca le abrió una cátedra, generaciones de estudiantes de secundaria sí aprendieron química, durante décadas, con manuales que llevaban su firma.

Por qué esta historia importa hoy

Jenara Vicenta Arnal Yarza murió en Madrid el 27 de mayo de 1960, a los cincuenta y siete años, sin haber ocupado nunca la cátedra universitaria que su expediente y su doctorado pionero habrían justificado con holgura en la trayectoria de cualquier colega varón equivalente. Su nombre sobrevive hoy sobre todo en una web dedicada de la Universidad de Zaragoza y en semblanzas institucionales y de divulgación, sin que ningún medio generalista español le haya dedicado todavía un reportaje propio. Su caso no encaja del todo en el patrón más citado del llamado efecto Matilda, el de la científica a la que un colega concreto le arrebató un mérito puntual: es, más bien, el patrón silencioso y difícil de narrar de un techo que nunca llegó a romperse pese a que la propia candidata había hecho, en 1929, exactamente lo que se le pedía —ser la primera— para poder intentarlo. No hubo, en su caso, ningún colega que firmara con su nombre un hallazgo ajeno, ni ningún premio que recayera en otra persona: hubo, simplemente, un ascenso profesional que nunca llegó a materializarse, año tras año, década tras década, pese a un historial que en cualquier otra biografía comparable de la época se habría traducido en una cátedra universitaria. Cuarenta años después de su doctorado pionero, la primera doctora en Ciencias Químicas de España seguía enseñando, no investigando, y lo hacía porque ninguna universidad del país le ofreció nunca otra cosa.

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