En vivo
Todas
Ciencia y Descubrimiento
Poder y Liderazgo
Arte y Pensamiento
Coraje y Resistencia

Fue la primera escultora y la primera poeta de Canarias. Hoy no queda ni un solo original suyo: todo lo que sabemos se lo debemos a dos desconocidos

María Joaquina de Viera y Clavijo modeló bustos en barro y escribió sátiras y proclamas patrióticas en la Canarias de finales del siglo XVIII. Ni una sola escultura suya sobrevivió, y sus poemas solo llegaron hasta hoy gracias a dos anticuarios.

✍️ Montse 📅 19 de August de 2026 ⏱ 9 min de lectura 👁 59 visitas
Fue la primera escultora y la primera poeta de Canarias. Hoy no queda ni un solo original suyo: todo lo que sabemos se lo debemos a dos desconocidos

Ni un solo busto suyo ha llegado hasta hoy. De su poesía, tampoco existe un original de su puño y letra

En un museo de Las Palmas de Gran Canaria se conserva una copia manuscrita, hecha en 1880 por un anticuario aficionado, de los poemas de una mujer que había muerto sesenta años antes. No es un original: es una transcripción de segunda mano, salvada del olvido por la curiosidad privada de un hombre que no era pariente suyo. De las esculturas que esa misma mujer modeló en arcilla —retratos de vecinos y autoridades de su época, algo insólito para una escultora canaria de finales del siglo XVIII— no sobrevive ni una sola pieza: el material se deshizo con el tiempo, sin que nadie se ocupara de conservarlo. Se llamaba María Joaquina de Viera y Clavijo, fue la primera mujer reconocida como escultora y como poeta en la historia de Canarias, y prácticamente todo lo que sabemos hoy de su obra se lo debemos a la voluntad de conservación de otras personas, casi nunca a la suya propia ni a la de su familia más cercana.

La hermana del hombre que escribió la historia de Canarias

María Joaquina nació el 27 de marzo de 1737 en el Puerto de la Cruz, Tenerife, hija de Gabriel del Álamo y Viera y de Antonia María Clavijo Álvarez, en una familia acomodada y profundamente religiosa —dos de sus hermanos siguieron la carrera eclesiástica—. Nunca se casó: permaneció junto a su madre mientras esta vivió y, después, se convirtió en la persona encargada de cuidar de sus hermanos varones, un papel doméstico que la sociedad de la época daba por descontado en una mujer soltera de su posición. Uno de esos hermanos era José de Viera y Clavijo, la figura más influyente de la Ilustración canaria: historiador, naturalista, traductor de Buffon y autor de las Noticias de la Historia General de las Islas Canarias (1772-1783), la obra de referencia sobre el archipiélago que todavía hoy se sigue editando, citando y estudiando en universidades. Cuando en 1784 José fue nombrado canónigo de la catedral de Las Palmas, María Joaquina se trasladó con él a Gran Canaria y allí permaneció hasta su muerte, en 1819.

El acceso de María Joaquina a la cultura de su tiempo —una educación amplia, el contacto con artistas y clérigos ilustrados, la propia posibilidad de formarse como escultora— dependió en gran medida de la posición y los contactos de ese hermano. No es un dato menor: en el Tenerife y la Gran Canaria de finales del siglo XVIII, una mujer sin fortuna propia ni marido difícilmente habría tenido acceso a un taller de escultura o a la correspondencia con obispos y literatos si no hubiera sido, precisamente, la hermana de uno de los intelectuales más respetados del archipiélago.

La primera escultora de Canarias, sin un solo busto conservado

María Joaquina se formó como escultora con José Rodríguez de la Oliva, uno de los imagineros de referencia de La Laguna, y en Gran Canaria mantuvo contacto con Nicolás Eduardo y con José Luján Pérez, el escultor que la historiografía del arte canario considera hoy la figura central de la imaginería isleña del siglo XVIII, con obra conservada, catalogada y expuesta en iglesias y museos del archipiélago. Ella trabajó sobre todo el barro, un material barato y accesible, y se especializó en un género poco habitual entonces para una mujer y también poco habitual en sí mismo dentro de la escultura religiosa canaria: el retrato secular, con bustos de vecinos y autoridades de su entorno en lugar de las imágenes devocionales que dominaban el oficio.

De esa producción no se conserva ninguna pieza. Las fuentes que han estudiado su figura coinciden en señalar la fragilidad del barro sin cocer como causa material de la pérdida, sin que existan indicios de una destrucción deliberada. Pero conviene no confundir una explicación material con una explicación completa: mientras la obra de Luján Pérez, tallada en madera policromada y encargada por instituciones religiosas con interés en conservarla, llegó intacta hasta los museos actuales, la de María Joaquina —hecha en un material más frágil, por encargo informal y sin el respaldo institucional que sí tuvieron sus colegas varones— desapareció sin que nadie considerara necesario documentarla mejor mientras aún existía.

Sátiras contra Godoy, una proclama de guerra y un seudónimo

De su obra poética, en cambio, sobrevivieron copias, aunque tampoco los originales. María Joaquina escribió, sobre todo durante sus años en Gran Canaria, versos de temática religiosa —con matices críticos, aunque siempre dentro de la ortodoxia católica—, poemas encomiásticos dedicados a obispos y figuras locales, y sátiras de costumbres, algunas firmadas bajo el seudónimo de "una dama canaria". Entre estas últimas destaca el Vejamen a las presumidas modistas, un texto que ridiculiza a las mujeres de su entorno por adoptar sin criterio las modas llegadas de Europa, y que resulta, leído hoy, notablemente contradictorio: la misma autora que se burla de la frivolidad femenina reclama, en otros versos, que se eduque a las mujeres en la lectura, las artes y las ciencias, es decir, en todo aquello que a ella misma le había costado acceder por vías indirectas y dependientes de un hermano.

También le dedicó versos satíricos a Manuel Godoy, el valido de Carlos IV cuya caída, en 1808, provocó una oleada de sátiras similares en toda España, un género de circunstancias en el que María Joaquina se sumó a una moda literaria más que abrió un camino propio. Más singular es un texto en prosa de ese mismo 1808 en el que exhortaba a las mujeres canarias a respaldar a los hombres de las islas que se disponían a combatir a los franceses, en el contexto de la movilización patriótica que siguió a la invasión napoleónica de la península, pese a que Canarias, alejada del frente peninsular, no llegó a sufrir una ocupación militar directa. Ninguno de estos textos se publicó en vida de la autora: circularon en copias manuscritas entre familiares y amistades, el circuito habitual —y casi el único disponible— para la escritura de una mujer de su clase y su época.

El ángulo menos contado: todo lo que queda de ella se lo debemos a dos hombres que no eran su familia

Aquí está el dato que mejor resume la fragilidad de su legado. Los poemas de María Joaquina no llegaron hasta nosotros por decisión de su propia familia ni de su ilustre hermano, sino gracias al interés privado de dos anticuarios canarios del siglo XIX ajenos a su círculo directo: José Agustín Álvarez Rixo, que escribió sobre ella una semblanza biográfica en 1868 —hoy conservada en la biblioteca de la Universidad de La Laguna—, y Agustín Millares Torres, que en 1880 hizo una copia manuscrita de sus versos que hoy se guarda en el Museo Canario de Las Palmas. Sin ese doble gesto de conservación tardía y ajena a su propia familia, sencillamente no tendríamos ningún poema suyo: ni un manuscrito autógrafo de María Joaquina de Viera y Clavijo ha llegado hasta nuestros días.

El contraste con la obra de su hermano no podría ser más nítido. Las Noticias de la Historia General de las Islas Canarias de José se han reeditado en múltiples ocasiones desde el siglo XVIII, se estudian en las universidades canarias y pueden comprarse hoy mismo en librerías especializadas. De la obra de María Joaquina —ni un libro publicado en vida, ni un busto conservado, ni un manuscrito autógrafo— solo queda lo que dos desconocidos decidieron copiar a mano varias décadas después de su muerte. No hubo, hasta donde documentan las fuentes disponibles, una destrucción deliberada de su trabajo por parte de su entorno: hubo, más bien, una indiferencia estructural hacia la obra de una mujer que ni las instituciones ni la propia familia consideraron necesario conservar con el mismo cuidado que dedicaron a la de su hermano.

Por qué esta historia importa hoy

El reconocimiento institucional le llegó a María Joaquina de Viera y Clavijo dos siglos después de su muerte: el Cabildo de Tenerife la nombró Hija Predilecta de la isla el 8 de junio de 2023, y el Gobierno de Canarias la convirtió en protagonista del Día de las Escritoras en 2024. Ambos homenajes la presentan, con razón, como la primera mujer poeta y la primera escultora documentada del archipiélago. Lo que esos mismos homenajes rara vez explican es que ese título de "primera" convive con otro hecho más incómodo: que de esa obra pionera no queda ni un solo objeto original, solo copias de copias hechas por manos ajenas. Que Canarias necesitara dos siglos y la curiosidad de dos anticuarios aficionados para no perder del todo el rastro de su primera escultora y su primera poeta dice menos sobre el talento de María Joaquina —que las propias fuentes dan por acreditado— que sobre qué legados culturales una sociedad decide, en cada época, que merece la pena conservar.

Compartir:
Artículos relacionados
👑
🎨 Arte y Pensamiento
La vecina de Haydn con la que Mozart tocaba a cuatro manos: Marianna Martines, la compositora vienesa de sangre española.
Nieta de un soldado español, alumna de Haydn desde niña y primera compositora admitida en la Academia de Bolonia. Mozart tocaba con ella a cuatro manos. Luego su música desapareció.
🎨 Arte y Pensamiento
Escribió al papa en cinco lenguas y un siglo después la firmaron como autora de un libro erótico: la falsificación que persiguió a Luisa Sigea
Escribió al papa en latín, griego, hebreo, siríaco y árabe. Un siglo después de su muerte, un abogado francés firmó con su nombre un libro erótico, y la mentira duró siglos.
🎨 Arte y Pensamiento
Escribió por obediencia en papeles de contabilidad y su primer libro se imprimió en Filadelfia: la Madre Castillo, la monja de Tunja que Colombia considera su primera escritora.
Escribió en sobres y libros de cuentas porque sus confesores se lo mandaban. Su autobiografía se imprimió en Filadelfia en 1817, 75 años después de su muerte en Tunja.