Fue la primera psiquiatra de México y dirigió un pabellón infantil 25 años. Hoy no tiene ni una calle
Mathilde Rodríguez Cabo fundó la psiquiatría infantil mexicana en el manicomio de La Castañeda y presidió un frente feminista que llegó a reunir, según sus historiadoras, a decenas de miles de mujeres.
Un pabellón infantil con música, huertos y una dieta diseñada por la propia médica
En 1932, en el manicomio general de La Castañeda, en la Ciudad de México —una institución que ya arrastraba fama de hacinamiento y abandono—, una médica de treinta años tomó la dirección del pabellón psiquiátrico infantil y empezó a aplicar un método que, casi un siglo después, sigue sonando sorprendentemente moderno. Sustituyó buena parte de la contención y el aislamiento por gimnasia, música y trabajo manual, y sobre todo introdujo una revisión sistemática de la alimentación de cada niño internado. Había llegado a la conclusión, tras observar a sus pacientes durante meses, de que buena parte de lo que entonces se diagnosticaba como retraso mental en la infancia mexicana no era, en el fondo, un problema neurológico sino nutricional: niños cuyo desarrollo cognitivo se había visto alterado por el hambre crónica, no por ninguna patología cerebral. Esa médica, Mathilde Rodríguez Cabo, dirigió el pabellón infantil de La Castañeda durante veinticinco años seguidos, formó a generaciones de médicos y trabajadoras sociales, y presidió después uno de los movimientos feministas más numerosos de la historia de México. Hoy, ninguna calle, ninguna facultad de medicina y prácticamente ningún manual escolar mexicano recuerda su nombre.
De Tamuín a Berlín: una carrera construida contra el reloj de su propia época
Rodríguez Cabo nació en 1902 en Las Palmas, una localidad del municipio de Tamuín, en San Luis Potosí, y se formó desde los catorce años en el Colegio Alemán de la Ciudad de México, donde adquirió una fluidez en alemán que resultaría decisiva años más tarde. Se matriculó en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional en 1922, en una época en la que las mujeres seguían siendo una rareza estadística entre el alumnado, y se graduó en junio de 1928 con una tesis sobre tonicidad y gastrometría gástrica, un tema alejado todavía de la especialidad que definiría su carrera. El giro llegó casi de inmediato: en 1929 obtuvo una beca de la Sociedad Alexander von Humboldt para especializarse en psiquiatría y neurología en los Cursos Internacionales de Perfeccionamiento Médico de la Universidad de Berlín, y aprovechó una estancia posterior en la Unión Soviética para estudiar de primera mano los métodos soviéticos de protección infantil y maternal, un itinerario de formación que muy pocos médicos mexicanos de su generación, hombres o mujeres, llegaron a recorrer.
Un cuarto de siglo al frente del primer intento serio de psiquiatría infantil en México
De vuelta en México, se incorporó ese mismo 1929 como psiquiatra a La Castañeda, y el propio gobierno federal la nombró miembro del recién creado Consejo Supremo de Defensa y Prevención Social. Entre 1931 y 1934 dirigió además la Clínica de Psiquiatría de la Facultad de Medicina y dio clases tanto ahí como en las facultades de Derecho y Trabajo Social, pero es su etapa al frente del Pabellón Psiquiátrico Infantil de La Castañeda, entre 1932 y 1957, la que mejor resume su legado: un cuarto de siglo diseñando protocolos de evaluación individualizada para cada niño internado, currículos escolares adaptados a distintos grados de discapacidad intelectual y programas de terapia ocupacional que combinaban trabajo manual con seguimiento médico continuo, en un hospital que por lo demás arrastraba, según las crónicas de la época, una reputación bastante más sombría. Publicó en 1931 un estudio sobre delincuencia e infancia abandonada, y tradujo al español obras psiquiátricas alemanas de peso —entre ellas un texto de Carl Jung sobre el simbolismo del espíritu y la correspondencia entre Sigmund Freud y el pastor y psicoanalista Oskar Pfister—, una labor de divulgación científica que en español prácticamente nadie más hacía en ese momento.
El ángulo menos contado: la médica que también presidió un frente de decenas de miles de mujeres
Lo que casi ningún resumen breve de su biografía llega a desarrollar es su segunda vida pública, paralela a la médica: la de dirigente feminista. En 1935 participó en el congreso fundacional del Frente Único Pro Derechos de la Mujer (FUPDM), una organización que, según el estudio académico que ha reconstruido con más detalle su archivo personal, llegó a reunir en todo el país a más de cincuenta mil mujeres, una cifra que convertiría al FUPDM en uno de los movimientos feministas de masas más numerosos de América Latina en la primera mitad del siglo XX. Conviene señalar, de todos modos, que no existe un censo independiente verificable de aquella afiliación, como ocurre con buena parte de las cifras de movimientos sociales de la época, así que ese número debe leerse como una estimación historiográfica y no como un dato cerrado. En 1937 Rodríguez Cabo pronunció la conferencia "La mujer y la Revolución", en la que criticó abiertamente al propio gobierno posrevolucionario por no haber traducido en derechos concretos —el voto, entre ellos— las promesas de igualdad que la Revolución mexicana había hecho a las mujeres desde una década atrás. Junto a la abogada cubana exiliada Ofelia Domínguez Navarro, coescribió propuestas de reforma legal para despenalizar el aborto, exigir la investigación judicial de paternidad y proteger legalmente a las madres solteras y a sus hijos, todas ellas décadas por delante de lo que el sistema legal mexicano llegaría a aprobar. El sufragio femenino pleno, la demanda central del FUPDM, no se conquistó en México hasta 1953, dieciocho años después de aquel congreso fundacional y catorce antes de la muerte de Rodríguez Cabo, que alcanzó a votar por primera vez ya en la última etapa de su vida.
Un hospital que la propia prensa mexicana describía como un lugar del que temer, no del que fiarse
Ese contraste importa porque La Castañeda no era, en el imaginario público de la época, un lugar asociado a la innovación terapéutica: era, para buena parte de la prensa y de la opinión mexicana de las décadas de 1930 y 1940, un símbolo de abandono institucional, hacinamiento y maltrato, la clase de sitio del que las familias hablaban en voz baja. Que dentro de ese mismo edificio funcionara, durante veinticinco años consecutivos, un pabellón infantil dirigido con métodos que hoy reconoceríamos como precoces —terapia ocupacional, evaluación individualizada, atención nutricional como parte del tratamiento psiquiátrico— es precisamente el tipo de contraste que la memoria institucional mexicana no ha sabido, o no ha querido, conservar con el mismo detalle que sí ha dedicado a otros pioneros de la medicina mexicana del siglo XX, casi todos ellos hombres.
Por qué esta historia importa hoy
Mathilde Rodríguez Cabo murió en la Ciudad de México el 9 de septiembre de 1967, de un infarto, dejando atrás un pabellón infantil que había dirigido más tiempo que cualquier otro médico de su generación y un archivo de propuestas legislativas feministas que México tardaría medio siglo, y en algunos casos más, en retomar. La propia investigación académica que ha rescatado su figura en los últimos años resume su trayectoria con una frase que condensa bien la paradoja: una carrera sobresaliente que permaneció olvidada y desconocida, pese a haber sido decisiva tanto para la psiquiatría infantil mexicana como para el movimiento de mujeres de su tiempo. Que la primera psiquiatra de México —potosina, formada en Berlín, traductora de Freud y Jung, autora de propuestas legales que anticipaban debates que el país sigue teniendo abiertos en 2026— no cuente hoy con una sola calle en la ciudad donde ejerció durante casi cuatro décadas dice menos sobre lo que ella hizo que sobre lo que la memoria institucional mexicana decidió, en algún momento del camino, dejar de contar.