Fue la primera y única mujer nombrada líder de guerra en la historia asante, porque ningún jefe varón quiso serlo
En 1900, cuando el gobernador británico exigió el Taburete de Oro sagrado de los asante, Yaa Asantewaa se levantó ante una asamblea de jefes indecisos, disparó un tiro al aire y asumió el mando de un ejército de cinco mil guerreros.
Una asamblea de jefes en silencio, y una mujer que dispara al aire
En marzo de 1900, en el patio real de Kumasi, capital del Imperio asante, en lo que hoy es Ghana, un grupo de jefes se reunió para decidir cómo responder a la exigencia más humillante que el Imperio británico les había planteado hasta entonces: el gobernador Frederick Hodgson quería sentarse sobre el Taburete de Oro, el objeto sagrado que los asante consideraban el receptáculo del alma de toda la nación, o llevárselo a Londres como tributo a la reina Victoria. Según recogen las fuentes históricas disponibles, los jefes presentes dudaban, conscientes de que enfrentarse abiertamente al ejército británico podía significar la aniquilación. Fue entonces cuando Yaa Asantewaa, la reina madre de Ejisu, tomó la palabra: "¿Cómo puede un pueblo orgulloso y valiente como el asante quedarse sentado mirando mientras los hombres blancos se llevan a nuestro rey y a nuestros jefes?", pronunció, según la formulación que ha llegado hasta hoy. Acto seguido, tomó un fusil y disparó un tiro al aire para dejar clara su determinación. Los jefes presentes la nombraron líder de la guerra que se avecinaba: la primera y, hasta ese momento, única vez en la historia documentada del Imperio asante que una mujer asumía ese cargo.
De campesina a reina madre por vía de un hermano
Yaa Asantewaa había nacido hacia 1840 en la localidad de Besease, hija de Kwaku Ampoma y Ata Po, y había pasado buena parte de su vida adulta dedicada a la agricultura en Boankra, dentro de un matrimonio polígamo del que tuvo una hija. Su ascenso a una posición de autoridad formal llegó por vía de su hermano mayor, Nana Akwasi Afrane Okpase, que ocupaba un cargo de peso dentro de la estructura política asante y la nombró reina madre —ohemaa— de Ejisu, un título que en el sistema político asante no era meramente honorífico ni decorativo: implicaba responsabilidad directa sobre la custodia del taburete de oro local, voz y voto en el consejo de jefes, y un papel determinante en la selección de sucesores al trono. Cuando su hermano murió en 1894, Yaa Asantewaa ejerció ese derecho dinástico para nombrar a su propio nieto como jefe de Ejisu. Dos años después, en 1896, las autoridades coloniales británicas exiliaron a las islas Seychelles al rey Prempeh I y a varios jefes asante que se resistían a aceptar el protectorado británico, y designaron a Yaa Asantewaa regenta del distrito de Ejisu-Juaben, colocándola, casi por defecto administrativo, en la posición desde la que cuatro años después encabezaría la sublevación.
Seis meses de asedio y la guerra más sangrienta entre asante y británicos
La elección no era simbólica ni honorífica: implicaba mando militar efectivo, capacidad de convocar y organizar a los distintos contingentes de los territorios asante, y la responsabilidad última sobre la estrategia de un conflicto que ella misma había forzado a que ocurriera con aquel disparo al aire. Ninguna otra reina madre, antes ni después, volvería a ejercer ese tipo de autoridad militar directa dentro del sistema político asante, lo que convierte su nombramiento en un episodio tan singular dentro de la propia historia africana como lo son, en sus respectivos contextos, los de otras gobernantes que empuñaron el mando en circunstancias igualmente extraordinarias. Bajo su mando, un ejército asante estimado en unos cinco mil guerreros sitió a partir de marzo de 1900 el fuerte británico de Kumasi, donde el gobernador Hodgson y su guarnición quedaron atrapados durante meses, sin apenas suministros ni posibilidad de recibir refuerzos rápidos. El cerco se prolongó hasta que, el 23 de junio de 1900, Hodgson logró una fuga desesperada de la fortaleza aprovechando el deterioro de las provisiones y una epidemia que diezmaba a los sitiados, y no fue hasta el 15 de julio cuando una columna de refuerzo de mil soldados al mando de James Willcocks logró finalmente romper el asedio. Las cifras exactas de víctimas varían considerablemente según la fuente: los registros británicos hablan de alrededor de mil bajas propias en el conjunto del conflicto, mientras que las cifras de muertos asante, muy superiores según casi todas las estimaciones disponibles, no cuentan con un recuento fiable equivalente —el propio político británico David Lloyd George llegó a referirse en 1901, en un discurso ante el Parlamento, a "cientos y miles de cadáveres de salvajes" alrededor del fuerte, una frase de retórica política más que un dato verificado, pero que da una idea de la magnitud de la matanza incluso en boca de sus responsables. Los historiadores coinciden en calificar esta guerra, conocida como la Guerra del Taburete de Oro, como el enfrentamiento más letal de toda la serie de guerras anglo-asante libradas durante el siglo XIX y principios del XX.
El ángulo menos contado: un taburete falso engañó al imperio durante veinte años
Aquí está el episodio que rara vez se cuenta con el detalle que merece fuera de los círculos especializados en historia africana. Pese a que la guerra terminó, en términos militares inmediatos, con la derrota asante y la anexión formal del territorio a la corona británica el 1 de enero de 1902, los asante lograron una victoria simbólica que sobrevivió durante décadas al desenlace bélico: entregaron a las autoridades coloniales un taburete de oro falso, mientras escondían el auténtico en un lugar que permaneció secreto durante casi veinte años. No fue hasta 1920 cuando unos trabajadores del ferrocarril descubrieron por accidente el escondite y despojaron al taburete original de parte de su ornamentación de oro para venderla, un acto de profanación tan grave para la cosmovisión asante que los responsables fueron condenados a muerte por un tribunal asante, con el consentimiento de las propias autoridades coloniales británicas, que para entonces habían aprendido a respetar, aunque fuera de forma pragmática, el peso simbólico de aquel objeto que en 1900 habían estado dispuestas a exhibir como trofeo colonial.
Un exilio sin retorno, y un entierro real veinte años después
Yaa Asantewaa no fue capturada durante los combates: las tropas británicas la arrestaron ya en 1901, junto a otros quince consejeros, y la deportaron a las islas Seychelles, en el océano Índico, a más de siete mil kilómetros de Ejisu. Murió allí, en el exilio, el 17 de octubre de 1921, a los ochenta u ochenta y un años, sin haber regresado nunca a suelo asante. No fue hasta 1924, cuando el rey Prempeh I fue finalmente autorizado a volver del exilio, cuando se gestionó el traslado de los restos de Yaa Asantewaa y del resto de exiliados fallecidos para que recibieran, por fin, un entierro real conforme a su rango.
Por qué esta historia importa hoy
Ghana alcanzaría la independencia el 6 de marzo de 1957, cincuenta y siete años después de que Yaa Asantewaa tomara un fusil ante una asamblea de jefes indecisos y disparara al aire para forzar una decisión que ningún hombre presente se atrevía a tomar. El Museo Yaa Asantewaa, construido en Kumasi en su honor, ardió en un incendio en 2004 que destruyó casi todas sus piezas originales, y los sucesivos intentos de reconstrucción —incluida una promesa de financiación internacional en 2016 que quedó estancada— no se han completado, con un nuevo anuncio de reconstrucción tan reciente como febrero de 2024. Que la única mujer que la tradición militar asante consideró capaz de liderar un ejército en armas siga esperando, más de un siglo después de su muerte, un museo permanente que sobreviva más de una década, dice bastante sobre la distancia que todavía separa el reconocimiento simbólico de una heroína del cuidado material de su memoria.