¿Fue Pitias de Aso la primera embrióloga de la historia, o solo la mujer de la que sabemos cómo murió?
Varias webs en español la presentan hoy como bióloga y coautora silenciada de Aristóteles en sus estudios marinos de Lesbos.
Una etiqueta que hoy se repite como un hecho asentado
En 2024, un portal español dedicado a divulgación biográfica publicó un breve perfil que presentaba a Pitias de Aso como «bióloga y embrióloga reconocida como la esposa de Aristóteles y una de las primeras colaboradoras científicas en el campo de la biología y la embriología». El texto afirma que colaboró con su marido recogiendo especímenes vivos durante sus viajes, en particular en Mitilene, y que quizá contribuyó con observaciones propias a sus estudios sobre embriología y clasificación de especies. Es una historia atractiva, y circula ya en varios rincones de internet en español como si fuera un dato biográfico más, al mismo nivel que su matrimonio o su muerte. Hay un problema: ningún texto griego o romano antiguo que mencione a Pitias dice una sola palabra sobre ciencia, especímenes o embriología. Todo lo que sabemos de ella con algo de certeza cabe en un párrafo.
Hija, sobrina o hija adoptiva: ni siquiera eso está claro
Pitias nació hacia el año 362 antes de nuestra era, probablemente en Atarneo, una ciudad de la costa de Asia Menor gobernada por Hermias, un antiguo esclavo que había llegado a convertirse en tirano de la región y en mecenas de filósofos. Su parentesco exacto con él sigue sin resolverse: unas fuentes antiguas la llaman su sobrina, otras su hija adoptiva, y una tercera posibilidad, la de que fuera hermana de Hermias, resulta cronológicamente poco probable según los estudiosos que han intentado reconstruir las fechas. Lo único que las distintas versiones antiguas coinciden en afirmar es que, cuando Aristóteles llegó a la corte de Atarneo hacia el año 347 antes de nuestra era, formaba parte del círculo familiar de Hermias, y que ese vínculo determinaría el resto de su vida.
Un tirano crucificado y una boda que nadie explica igual
La historia de Hermias termina de forma brutal: el rey persa Artajerjes III lo capturó mediante engaño y lo hizo torturar y crucificar. Sobre lo que ocurrió con Pitias inmediatamente después, las fuentes antiguas ni siquiera coinciden en el orden de los hechos. El geógrafo Estrabón y el biógrafo Demetrio de Magnesia sostienen que fue el propio Hermias quien entregó a Pitias como esposa a Aristóteles durante su estancia en Aso, antes de morir. Otro autor, Aristocles, sitúa el matrimonio después de la ejecución de Hermias, cuando Pitias había quedado en una posición vulnerable. Los críticos contemporáneos de Aristóteles no tardaron en insinuar un motivo menos romántico: que se había casado con ella para ganarse el favor político de un hombre poderoso. El propio Aristóteles, según recogen sus biógrafos antiguos, se defendió invocando su amistad con Hermias y la necesidad de proteger a una mujer que se había quedado sin ningún apoyo tras la muerte de su tutor. Ninguna de las tres versiones —conveniencia política, lealtad amistosa o simple afecto— puede confirmarse con lo que ha llegado hasta nosotros, y cualquier resumen que elija una sola de ellas como la definitiva está simplificando una historia que ni siquiera los propios antiguos lograron contar de forma coherente.
Lo que el testamento de Aristóteles sí certifica
Del resto de la vida de Pitias apenas queda nada. Tuvieron una hija, llamada también Pitias, nacida antes del año 337 antes de nuestra era. La propia Pitias madre murió en Atenas en algún momento posterior al año 330 antes de nuestra era, antes que su marido. Lo sabemos porque el testamento de Aristóteles, conservado gracias a que Diógenes Laercio lo transcribió siglos después, contiene una instrucción explícita: pedía que sus propios huesos fueran enterrados junto a los de ella, «tal y como ella misma ordenó». Es, probablemente, la frase que más se ha citado de todo lo relacionado con Pitias, y también la única que transmite algo parecido a un sentimiento personal. Tras su muerte, Aristóteles formó una relación con Herpilis, una antigua sirvienta de la casa, con quien tuvo un hijo, Nicómaco; algunos estudiosos sugieren, a partir de referencias indirectas en el propio testamento, que Nicómaco pudo ser en realidad hijo de Pitias, aunque tampoco existe acuerdo unánime sobre este punto.
Una luna de miel en Lesbos que sí está bien documentada... por parte de él
Lo que sí puede reconstruirse con solidez es lo que Aristóteles hizo durante esos mismos años. Tras abandonar Atarneo, la pareja se trasladó a Mitilene, en la isla de Lesbos, donde Aristóteles pasó una temporada crucial para la historia de la ciencia: recorrió la laguna de Pirra recogiendo, diseccionando y clasificando cientos de especies marinas, un trabajo que sentaría las bases de su tratado Historia de los animales y que historiadores de la ciencia como Armand Marie Leroi han descrito como el nacimiento efectivo de la biología como disciplina sistemática. La coincidencia cronológica entre esa etapa y el inicio de su matrimonio con Pitias es real e innegable. Lo que no es igual de sólido es el salto que separa esa coincidencia de la afirmación de que Pitias participó activamente en ese trabajo.
De dónde viene realmente la etiqueta de "bióloga"
Rastreando el origen de esa idea se llega, de forma bastante directa, a un solo nombre: Kate Campbell Hurd-Mead, una médica y pionera historiadora feminista de la medicina que en 1938 publicó Historia de la mujer en medicina, una obra ambiciosa que buscó, por primera vez de forma sistemática, rescatar a mujeres borradas de la historia científica. Fue Hurd-Mead quien sugirió que Pitias pudo haber colaborado con Aristóteles en sus estudios embriológicos, una hipótesis razonable dado el contexto, pero que ella misma presentó como conjetura, no como hecho documentado. Ningún autor griego o romano antiguo —ni Aristóteles en sus propios escritos, que mencionan observaciones de pescadores, comadronas y criadores de abejas como fuentes de datos, pero nunca a su esposa— atribuye a Pitias una sola observación, dato o especimen concreto.
El ángulo menos contado: cuando rescatar a una mujer del olvido se convierte en otra forma de inventarla
Aquí está la parte de esta historia que casi ningún resumen divulgativo en español se detiene a explicar. El proyecto de recuperar a las mujeres silenciadas por la historia de la ciencia es legítimo y necesario, y el caso de Pitias podría parecer, a primera vista, un ejemplo perfecto: una mujer culta, cercana a uno de los científicos más influyentes de la historia, presente exactamente en el lugar y el momento en que se gestó una disciplina entera. Pero el material real disponible sobre ella es tan escaso —una genealogía disputada, una boda narrada de tres formas distintas, una hija, una fecha de muerte aproximada y una frase de un testamento— que llenar ese vacío con el título de «embrióloga» no es corregir un silencio documentado, sino sustituirlo por una afirmación que ningún documento antiguo respalda. La diferencia importa: no es lo mismo decir «sabemos que colaboró y su nombre desapareció después», que es lo que ocurre con figuras como Trota de Salerno o las computadoras humanas de Harvard, que decir «no sabemos si colaboró, pero decidimos suponerlo». Repetir la segunda situación como si fuera la primera no le hace justicia a Pitias: le construye una biografía de repuesto que quizá ni siquiera sea la suya.
Por qué esta historia importa hoy
Casi 2.400 años después de su muerte, Pitias de Aso sigue siendo, sobre todo, una ausencia con nombre propio: la mujer de la que Aristóteles escribió lo suficiente como para que supiéramos que la quería enterrar a su lado, pero de la que no dejó ni una sola línea sobre lo que ella pensaba, decía o hacía mientras él llenaba páginas enteras sobre pulpos, erizos de mar y el desarrollo de los embriones de pollo. Que la respuesta moderna a ese silencio haya sido inventarle, con buena intención pero sin pruebas, un título profesional concreto dice algo incómodo sobre cómo se construye hoy la memoria de las mujeres de la Antigüedad: a veces se las recupera documentando lo que hicieron: a veces, cuando no queda nada que documentar, simplemente se decide lo que probablemente les habría gustado hacer, y se cuenta como si fuera lo mismo.