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Ganó el Premio Nacional de Escultura a los 22 años. A los 24, destruyó casi toda su obra antes de morir

Marga Gil Roësset esculpía granito con una técnica que pocas mujeres de su generación dominaban. Se enamoró del poeta Juan Ramón Jiménez, y antes de quitarse la vida en 1932 destruyó la mayor parte de lo que había creado.

✍️ Montse 📅 24 de August de 2026 ⏱ 8 min de lectura 👁 22 visitas
Ganó el Premio Nacional de Escultura a los 22 años. A los 24, destruyó casi toda su obra antes de morir

Tres cartas, unos versos que él recibió esa misma mañana, y un cuerpo hallado en Las Rozas

La mañana en que Marga Gil Roësset se quitó la vida, en 1932, el poeta Juan Ramón Jiménez recibió por correo unos versos que ella le había dedicado y que, leídos después de conocer la noticia, se revelaron como un anuncio explícito de lo que estaba a punto de hacer. Antes de morir, Gil Roësset había escrito también tres cartas de despedida —a su hermana Consuelo, a sus padres y a Zenobia Camprubí, la esposa del poeta— en las que confesaba sin rodeos el origen de su decisión: "¡Me he enamorado de Juan Ramón!", escribió, pidiendo perdón por el dolor que su muerte iba a causar. Tenía veinticuatro años. Antes de morir, destruyó también la inmensa mayoría de la obra escultórica y pictórica que había producido durante casi una década, un gesto final que privó a la historia del arte español de buena parte del legado de una de las escultoras más precoces de su generación.

Una niña que a los siete años ya sorprendía a los adultos, y un libro dedicado a su madre

Margarita Gil Roësset nació en Madrid en 1908, en el seno de una familia con inquietudes artísticas evidentes: su hermana Consuelo también se dedicaría a la escultura, y desde muy pequeña Marga mostró un talento para el dibujo que, según recogen las fuentes disponibles sobre su infancia, ya a los siete años producía obras de una madurez inusual para su edad. Ese talento temprano se tradujo pronto en su primer libro ilustrado, La niña curiosa, que dedicó a su madre y que constituye uno de los primeros testimonios documentados de su capacidad creativa. A los quince años empezó a esculpir, un salto de disciplina —del papel y el lápiz a la piedra y el cincel— que muy pocas adolescentes de la España de los años veinte tenían ni la formación ni el acceso a talleres necesarios para emprender.

Un Premio Nacional de Escultura a los veintidós años, trabajando en piedra y granito

El reconocimiento oficial llegó pronto y por una vía inusual: a los veintidós años, Gil Roësset ganó el Premio Nacional de Escultura por su obra Adán y Eva, tallada en granito y piedra, materiales que exigían una fuerza física y una técnica de talla directa que pocas escultoras españolas de su generación practicaban con esa soltura. El logro resultaba doblemente inusual: por la edad de la autora, y por tratarse de una mujer trabajando en piedra dura en un campo —la escultura monumental— dominado casi por completo por hombres en la España de finales de los años veinte y principios de los treinta.

Un concierto a principios de 1932, y una obsesión que se instaló en meses

Fue a comienzos de 1932 cuando Gil Roësset conoció personalmente a Juan Ramón Jiménez en un concierto, un encuentro casual que desencadenó, según todas las fuentes disponibles sobre este episodio, un enamoramiento prácticamente instantáneo por parte de la escultora. El poeta, entonces con cincuenta y un años frente a los veinticuatro de ella, describió su belleza en términos que la propia Gil Roësset conservaría entre sus papeles: la definió como "morena pálida de verdoso alabastro, con ojos hermosos grises". A partir de aquel encuentro, Gil Roësset empezó a visitar con creciente frecuencia el hogar del matrimonio formado por Jiménez y la escritora y traductora Zenobia Camprubí, y realizó bustos de ambos cónyuges, en un gesto que combinaba el ejercicio profesional —retratar a una de las figuras literarias más influyentes de la España de su tiempo— con una cercanía personal que, a juzgar por lo que sus propios diarios y cartas revelarían después, se había convertido ya en una obsesión emocional difícil de sostener.

El busto de Zenobia, una de las pocas piezas que sobrevivió a la destrucción final

De toda la obra que Gil Roësset produjo durante esos meses de trato con el matrimonio Jiménez-Camprubí, el busto que esculpió de Zenobia es una de las escasas piezas que se conservan hasta hoy, precisamente porque escapó a la destrucción sistemática que la propia autora llevó a cabo sobre el resto de su producción artística en los días previos a su muerte. Ese detalle —que decidiera preservar el retrato de la mujer a la que, en su última carta, pedía perdón, mientras destruía prácticamente todo lo demás— es uno de los elementos que los estudios más recientes sobre su figura han empezado a señalar como una clave para entender la complejidad emocional de sus últimos meses de vida, lejos de la lectura simplificada de un amor romántico no correspondido sin más matices.

El ángulo menos contado: unos diarios que hablan de "admiración intensa y destructiva"

Buena parte de la difusión reciente sobre Marga Gil Roësset se ha centrado, comprensiblemente, en la dimensión trágica y romántica de su historia: la escultora joven y brillante que se enamora sin remedio de un poeta consagrado y mucho mayor que ella, y que decide quitarse la vida cuando comprende que ese amor no tiene ningún futuro posible. Lo que ese relato simplificado tiende a omitir es lo que revelan sus propios diarios íntimos, que sus familiares y los investigadores que los han estudiado describen como el testimonio de una "admiración intensa y destructiva" que Gil Roësset sentía hacia Jiménez, un vínculo emocional que parece haber ido mucho más allá del enamoramiento convencional y que ella misma, a juzgar por sus propios escritos, era consciente de no poder controlar ni sostener de manera saludable. Leer su historia solo como una tragedia romántica corre el riesgo de invisibilizar esa dimensión más compleja y más incómoda que sus propios papeles documentan.

Dieciséis esculturas, ochenta dibujos, y una sobrina que reconstruyó lo que quedaba

La destrucción que Gil Roësset llevó a cabo de su propia obra fue tan sistemática que, cuando en el año 2000 la comisaria Ana Serrano organizó la primera gran exposición dedicada a recuperar su legado, solo logró reunir dieciséis esculturas, ochenta dibujos y acuarelas, dos fotografías, algunos objetos personales y cuatro de sus libros, una cifra ínfima si se compara con lo que debió de producir una artista tan prolífica entre los quince y los veinticuatro años. Fue su propia sobrina, Marga Clark, quien años después, en 2011, publicó la novela testimonial Amarga Luz, construida a partir de cartas, escritos y testimonios familiares conservados dentro del entorno íntimo de la familia, en un intento explícito de reivindicar su legado más allá del final trágico que había eclipsado, durante décadas, cualquier otra lectura de su vida. Más recientemente, el documental Las Sinsombrero, dedicado a recuperar la memoria de las artistas e intelectuales españolas de la primera mitad del siglo XX silenciadas por la historia oficial, ha vuelto a situar su nombre junto al de otras creadoras de su generación.

Por qué esta historia importa hoy

Marga Gil Roësset no necesita que se le compare con ninguna otra escultora para que su historia merezca contarse: ganó el reconocimiento oficial más importante que España concedía entonces a la escultura con solo veintidós años, trabajando materiales que exigían una técnica que muy pocas mujeres de su generación tenían oportunidad de dominar. Que decidiera destruir casi toda esa obra antes de morir, dejando a la posteridad apenas una fracción de lo que había creado, convierte su caso en algo distinto de otras historias de mérito artístico arrebatado o ignorado: aquí no fue el sistema quien borró su legado, sino ella misma, en un gesto final que resulta tan difícil de interpretar como de olvidar. Casi un siglo después, lo que queda de su obra —un puñado de esculturas, un busto de la mujer a la que pidió perdón— sigue siendo, más que una curiosidad biográfica, una pregunta abierta sobre todo lo que decidió que el mundo no viera.

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