¿Heredó Zamora, o solo lo dice un romance? Lo que de verdad se sabe de la infanta Urraca, más allá de la leyenda del Cid
La tradición dice que Fernando I le entregó Zamora en su testamento y que su hermano Sancho II murió asesinado por defenderla. La historiografía actual advierte que buena parte de esa historia procede solo de cantares de gesta.
El romance que toda España conoce a medias
"Rey don Sancho, rey don Sancho, no digas que no te aviso..." Ese verso, o alguna de sus variantes, sigue apareciendo en antologías escolares de romances medievales como uno de los textos más citados del romancero castellano. Cuenta que Urraca, infanta de León, avisó a su hermano Sancho II de que corría peligro bajo los muros de Zamora, la ciudad que ella defendía, poco antes de que un noble zamorano lo matara por la espalda. Es una de las historias medievales más repetidas de la literatura española. También es, según la propia especialización académica que ha estudiado el caso, una historia de la que se puede documentar bastante menos de lo que el romance da a entender.
¿Heredó Zamora, o solo lo cuenta un cantar de gesta escrito después?
Fernando I había reinado sobre un territorio formado por la unión de León, Castilla y Galicia, y su decisión de repartirlo entre sus cinco hijos a su muerte, en 1065, es el origen directo de toda la guerra fratricida que vendría después entre Sancho, Alfonso y García por el trono de sus respectivos reinos. La versión que circula con más frecuencia sobre ese reparto sostiene que Fernando I, al dividir su reino entre sus hijos en ese mismo testamento de 1065, entregó a Urraca el señorío de Zamora y a su hermana Elvira el de Toro, dos ciudades fortificadas que quedarían así bajo gobierno directo de ambas infantas. Esa es también la versión que recoge, sin apenas matices, buena parte de la bibliografía en inglés sobre el periodo. Pero el Proyecto Condado de Castilla, uno de los recursos españoles especializados en la genealogía y la historia altomedieval leonesa y castellana, es tajante en sentido contrario: sostiene que la historiografía actual rechaza esa tradición concreta —que Urraca y Elvira gobernaran realmente esas plazas como señoríos propios— por proceder únicamente de fuentes juglarescas tardías, es decir, de los cantares de gesta compuestos generaciones después de los hechos, y no de ningún documento de la época que lo confirme. Es exactamente el tipo de contradicción entre fuentes que rara vez se señala en los relatos divulgativos sobre Urraca, casi siempre construidos sobre la versión más narrativa y menos verificable.
Un cerco, una muerte y un asesino que encontró refugio dentro de los muros
Lo que sí puede documentarse con más solidez es el contexto político inmediato: tras derrotar y destronar a su hermano Alfonso VI en la batalla de Golpejera, en enero de 1072, Sancho II intentó reunificar bajo su corona el reino que su padre había dividido, y encontró en Zamora una resistencia que ningún otro punto de su ofensiva le había opuesto. El cerco se prolongó sin que las tropas de Sancho lograran tomar la ciudad, hasta que el 7 de octubre de 1072 el rey murió asesinado en las inmediaciones de la muralla. Según la Crónica del Cid, el autor material fue un noble zamorano, Vellido Dolfos, que tras cometer el magnicidio logró refugiarse dentro de la ciudad sitiada, un detalle que por sí solo bastó para que la sospecha recayera de inmediato sobre quienes gobernaban Zamora en ese momento.
Una jura en una iglesia de Burgos que ninguna fuente del siglo XI menciona
El episodio que más ha fijado en la memoria popular española la sospecha sobre Urraca y su hermano Alfonso no aparece, de hecho, hasta generaciones después de ocurridos los hechos: la leyenda de la Jura de Santa Gadea, según la cual el Cid —entonces todavía un noble castellano sin el relieve legendario que adquiriría más tarde— habría obligado a Alfonso VI a jurar hasta tres veces, sobre los cerrojos de una iglesia de Burgos, que no había tenido parte en la muerte de su hermano. La escena, tan citada en libros de texto y series de televisión como la propia canción de aviso de Urraca, no figura en ninguna crónica latina del siglo XI: aparece por primera vez en textos historiográficos y literarios posteriores, ya en clave de cantar de gesta, con el mismo tipo de fuente tardía que el propio Proyecto Condado de Castilla señala como poco fiable para reconstruir lo que realmente ocurrió en Zamora en 1072.
El ángulo menos contado: una sospecha que ninguna fuente contemporánea confirma
Aquí es donde conviene distinguir, con el mismo cuidado que exige cualquier episodio de este tipo, entre lo que se sospechó entonces y lo que se puede probar hoy. Según la Wikipedia en inglés, que recoge en este punto el consenso historiográfico disponible, "se sospechó ampliamente que el asesinato fue resultado de un pacto entre Alfonso y Urraca", el hermano exiliado que heredaría el trono vacante y la infanta que gobernaba, según la tradición, la ciudad sitiada. Pero la propia crónica de la época, señala la misma fuente, evitó deliberadamente culpar de forma directa a ninguno de los dos. El Proyecto Condado de Castilla es igual de explícito en este punto: la participación de Urraca en el asesinato, dice, "solo se menciona en crónicas tardías" y "no puede verificarse". Es decir: la sospecha existió, y la retórica literaria posterior —el romance, el cantar de gesta, y siglos después la leyenda de que el Cid obligó a Alfonso VI a jurar su inocencia en la iglesia de Santa Gadea de Burgos— construyó sobre ella una historia completa y emocionalmente satisfactoria. Lo que ningún documento de la época confirma es que esa historia sea, además, cierta.
Por qué esta historia importa hoy
Urraca Fernández sobrevivió casi treinta años a su hermano Sancho II, y las fuentes documentales sí la sitúan con solidez en un papel bien distinto del que le da el romancero: consejera de confianza de Alfonso VI durante buena parte de su reinado, con presencia constante en la corte y en los documentos reales hasta su muerte, hacia 1101-1103 —una vida pública, documentada en diplomas y confirmaciones reales, casi treinta años más larga que la de la Urraca legendaria que desaparece del relato popular en el mismo instante en que muere su hermano bajo los muros de Zamora—. Fue enterrada en el panteón real de San Isidoro de León, el mismo que siglos después acogería a Urraca I, la reina que llevó su mismo nombre y a la que este portal ya ha dedicado dos artículos por derecho propio. En la propia Zamora, una de las puertas de la muralla medieval conserva todavía hoy el nombre de Puerta de Doña Urraca, un monumento físico y cotidiano a una tradición que ninguna crónica del siglo XI llegó a registrar con ese nombre concreto, y que solo se consolidó como topónimo siglos después de que el romance ya hubiera fijado su versión de los hechos en la memoria popular. Que la Urraca del romance —valiente, leal, tal vez cómplice de un magnicidio— y la Urraca de los documentos —una infanta bien situada en la corte de su hermano superviviente— puedan ser, en aspectos importantes, dos figuras distintas construidas sobre el mismo nombre, no resta interés a su historia: solo obliga a contarla separando, con la misma nitidez con que lo hacen los propios especialistas, lo que el verso conserva de lo que el documento certifica: un romance que sigue emocionando, y una infanta real cuya vida documentada fue, a su manera, igual de interesante que la leyenda que terminó por sustituirla.