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Ida Noddack advirtió sobre la fisión nuclear cuatro años antes que nadie. Casi todos prefirieron ignorarla

En 1934, la química alemana Ida Noddack fue la primera persona en plantear por escrito que el núcleo de uranio podía romperse en fragmentos, la idea que definiría la fisión nuclear.

✍️ Montse 📅 28 de August de 2026 ⏱ 8 min de lectura 👁 9 visitas
Ida Noddack advirtió sobre la fisión nuclear cuatro años antes que nadie. Casi todos prefirieron ignorarla

Una confesión en voz baja, cuatro años después de que alguien ya lo hubiera dicho por escrito

En enero de 1939, cuando Otto Hahn y Fritz Strassmann confirmaron en Berlín que un núcleo de uranio bombardeado con neutrones podía partirse en dos fragmentos de tamaño comparable —el fenómeno que meses después Lise Meitner y Otto Frisch bautizarían como fisión nuclear—, muy pocos recordaron que esa misma idea ya se había publicado por escrito cuatro años antes. La había planteado, en solitario, una química alemana llamada Ida Noddack, en una revista de la que ningún físico de la época esperaba noticias relevantes sobre el núcleo atómico. Según recogen varios historiadores de la química que han revisado el caso, con el tiempo Hahn llegó a reconocer en privado, en alemán, algo parecido a esto: "Die Ida hatte doch Recht" —"Ida tenía razón, después de todo". No lo dijo en público ni lo escribió en ningún artículo científico. Y ese silencio, más que la propia frase, resume bien esta historia.

La química que encontró un elemento y reclamó otro que nadie más pudo confirmar

Ida Eva Tacke nació el 25 de febrero de 1896 en Lackhausen, en el oeste de Alemania, y estudió química e ingeniería metalúrgica en la Universidad Técnica de Berlín, un terreno todavía prácticamente vedado a las mujeres alemanas de su generación. En 1925 anunció, junto a su futuro marido Walter Noddack y el ingeniero Otto Berg, el descubrimiento del renio, uno de los últimos elementos naturales estables en encontrarse, mediante técnicas de espectroscopia de rayos X. El mismo equipo reclamó también el hallazgo de otro elemento, al que llamaron masurio —hoy conocido como tecnecio—, pero esa segunda identificación no logró confirmarse con los métodos disponibles en la época, y otros laboratorios europeos no consiguieron reproducirla. La disputa nunca llegó a resolverse limpiamente a su favor, y esa mancha, aparentemente menor, en su historial científico resultaría decisiva pocos años después, cuando Ida Noddack intentó ser tomada en serio por una comunidad de físicos que ya dudaba de su rigor.

Un párrafo de 1934 que decía, con otras palabras, lo que la física tardaría un lustro en aceptar

En 1934, el equipo de Enrico Fermi en Roma anunció que, al bombardear uranio con neutrones, habían producido nuevos elementos más pesados que el propio uranio —los llamados transuránidos—, un resultado que causó sensación internacional. Ida Noddack respondió con un artículo breve en la revista Zeitschrift für Angewandte Chemie en el que señalaba algo que al equipo de Roma se le había pasado por alto: Fermi no había descartado, decía, que el núcleo de uranio bombardeado se hubiera roto en fragmentos de tamaño mucho menor, isótopos de elementos ya conocidos y situados a mitad de la tabla periódica, en lugar de generar elementos nuevos y más pesados. Es, en esencia, la misma idea que subyace a la fisión nuclear tal y como se confirmaría en 1938. Nadie, ni siquiera el propio Fermi, publicó una refutación formal de esa objeción. Simplemente, la ignoraron.

Ni una ecuación, ni un experimento propio que la respaldara

Conviene ser precisos aquí, porque buena parte de los resúmenes que circulan sobre Ida Noddack presentan su artículo de 1934 como una predicción acabada de la fisión nuclear, y los historiadores de la ciencia que han estudiado el caso con más detalle matizan esa versión. Noddack no propuso un mecanismo físico que explicara cómo podía romperse el núcleo, no aportó cálculos que sustentaran la idea desde la física nuclear entonces disponible, ni la sometió a ningún experimento propio de comprobación; se limitó a señalar, como química, que la interpretación de Fermi no estaba suficientemente probada. El propio Emilio Segrè, que trabajó en el equipo de Fermi, reconoció décadas más tarde que él y sus colegas "fueron demasiado torpes" para valorar el alcance real de la objeción. Fue, en ese sentido, una intuición certera lanzada sin desarrollo posterior, no una teoría construida con el rigor que hoy asociamos a un descubrimiento científico formal.

Por qué ni Hahn ni Strassmann la citaron en el artículo que sí hizo historia

El dato más incómodo de todo este episodio no es que Fermi ignorara la objeción en 1934, sino que, según coinciden varias fuentes especializadas en la historia de la física nuclear, tanto Otto Hahn como Fritz Strassmann conocían el artículo de Noddack cuando publicaron en enero de 1939 el hallazgo que confirmaba la fisión, y aun así no lo mencionaron en su propio artículo científico. Entre las razones que se han propuesto para explicar ese silencio colectivo figuran la escasa relevancia académica que se le atribuía a la revista donde había publicado, la sospecha que pesaba sobre el matrimonio Noddack tras la disputa del masurio, y un sesgo compartido por buena parte de la comunidad de físicos y químicos de la época: unos esperaban solo pequeños desplazamientos en el número atómico al bombardear uranio, y otros directamente descartaban que un núcleo tan pesado pudiera fragmentarse de ese modo. Ese consenso implícito bloqueó, durante cuatro años, una lectura que ya estaba disponible por escrito.

El ángulo menos contado: por qué ni siquiera la reivindicación feminista logró rescatarla del todo

Aquí está la parte de la historia de Ida Noddack que rara vez se cuenta con el mismo detalle que su objeción de 1934. Brigitte van Tiggelen, historiadora del Science History Institute que ha estudiado su figura, ha señalado que el público actual espera de estas biografías de científicas olvidadas o bien una heroína reivindicada, o bien una mártir clara del sexismo de su época; Ida Noddack no encaja del todo en ninguno de los dos moldes, y esa es, según la propia historiadora, una de las razones por las que su historia ha permanecido "en gran medida olvidada" incluso dentro de los esfuerzos recientes por rescatar a científicas invisibilizadas. Su reivindicación científica es, como se ha explicado, genuina pero incompleta y objeto de debate historiográfico legítimo. Y su biografía posterior tampoco ofrece la narrativa limpia de una perseguida por el régimen nazi: mientras otras científicas de origen judío, como Lise Meitner, tuvieron que huir de Alemania, Ida Noddack continuó su carrera dentro del sistema académico alemán de los años treinta, un contexto que distintas fuentes señalan como un factor adicional que enfrió el interés por reivindicarla abiertamente en la posguerra. No hay, en ningún caso, una prueba de que ella personalizara ese régimen; lo que hay es una figura demasiado ambigua, en varios sentidos a la vez, para el relato sencillo que suele acompañar a estas biografías.

Por qué esta historia importa hoy

Ida Noddack fue propuesta tres veces al Nobel de Química sin llegar a obtenerlo, y murió en 1978 sin ver resuelto del todo el debate sobre cuánto crédito merecía por aquel párrafo de 1934. La pregunta que sigue abierta no es tanto si acertó —los hechos, en lo esencial, le dieron la razón— sino qué tuvo que ocurrir para que una objeción certera, publicada con nombre y apellido en una revista científica, tardara cuatro años y el inicio de una guerra mundial en ser tomada en serio por quienes sí tenían los medios para comprobarla. La respuesta, incómoda pero documentada, tiene menos que ver con la física del átomo que con quién decide, en cada época, qué firma merece ser leída con atención y cuál puede archivarse sin respuesta.

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