Isabel de Portugal gobernó España durante la conquista del Perú, y su marido casi nunca estaba
Casada por conveniencia con Carlos V en 1526, se convirtió en regente de facto de los reinos españoles durante los prolongados viajes europeos del emperador. Por su despacho pasaron las primeras noticias de la caída del imperio inca.
En 1533, alguien en Castilla tuvo que decidir qué hacer con las primeras noticias de la caída del imperio inca. No fue Carlos V
Mientras Francisco Pizarro ejecutaba a Atahualpa en Cajamarca y el oro y la plata del rescate empezaban a organizarse para cruzar el Atlántico, el hombre que en teoría gobernaba ese imperio recién conquistado, Carlos V, llevaba meses fuera de España: primero en Italia, coronándose emperador por el Papa en Bolonia, y después recorriendo Alemania de dieta en dieta, intentando contener el avance turco sobre Viena y la fractura religiosa que Lutero había abierto en el corazón de su imperio. Quien despachaba en Castilla los asuntos de gobierno, recibía a los embajadores y tomaba las decisiones cotidianas sobre la Corona española y sus posesiones de ultramar durante esos años no era el emperador. Era su esposa, Isabel de Portugal, una reina de la que la mayoría de los españoles de hoy sabría decir, como mucho, que fue "la mujer de Carlos V" y poco más.
Una boda concertada que se convirtió en algo más
Isabel de Portugal nació el 24 de octubre de 1503 en Lisboa, hija del rey Manuel I de Portugal y de María de Aragón, lo que la convertía en nieta de los Reyes Católicos y prima hermana del propio Carlos V. Ese parentesco cruzado, habitual en las estrategias matrimoniales de las casas reales ibéricas, la hizo candidata natural para sellar la alianza entre Portugal y España en un momento en que Castilla necesitaba, sobre todo, dinero: Isabel aportó una dote de 900.000 cruzados portugueses que ayudó a aliviar las exhaustas arcas imperiales. Se casaron el 10 de marzo de 1526 en Sevilla sin haberse visto antes en persona, un procedimiento habitual entre monarcas de la época. Lo que no era tan habitual es lo que ocurrió después: según recogen las crónicas cortesanas conservadas sobre su luna de miel en la Alhambra de Granada, el matrimonio de conveniencia derivó con rapidez en un afecto genuino, hasta el punto de que Carlos prolongó su estancia granadina bastante más de lo previsto por la agenda de gobierno.
Regente de un imperio en el que su marido apenas vivía
Carlos V pasó una parte muy considerable de su reinado fuera de la Península: entre coronaciones, guerras contra Francia, campañas contra el Imperio otomano y dietas del Sacro Imperio Romano Germánico convocadas para lidiar con la Reforma protestante, sus ausencias de España se contaban por años, no por meses. Isabel asumió la regencia de Castilla y Aragón en más de una ocasión durante los trece años que duró su matrimonio; las fuentes no coinciden en el número exacto de esos periodos —algunos estudios hablan de dos regencias largas y bien documentadas, entre 1529 y 1533 y de nuevo entre 1537 y 1539, mientras que otros recuentos, que suman también ausencias más breves, elevan la cifra hasta cinco—, pero todas coinciden en que no se trató de un cargo ceremonial. Isabel presidía los consejos de gobierno, se reunía con corregidores y consejeros, revisaba la correspondencia diplomática y decidía sobre asuntos de hacienda, defensa costera y administración territorial sin necesidad de consultar cada paso con un marido que, en muchos casos, tardaba semanas en recibir sus cartas y otras tantas en responderlas. Los embajadores extranjeros acreditados en la corte española de la época la describían como una interlocutora firme y bien informada, no como una figura decorativa a la espera de instrucciones.
Ese periodo de regencia coincidió, además, con una de las amenazas más constantes para la Corona: los ataques de corsarios berberiscos contra las costas mediterráneas españolas, intensificados por la actividad del almirante otomano Barbarroja. Coordinar la defensa de un litoral extenso con recursos limitados, mientras el grueso del ejército y buena parte del presupuesto de la Corona se destinaban a las campañas europeas de Carlos, fue una de las tareas de gobierno más ingratas y menos vistosas que Isabel tuvo que sostener, sin que ese trabajo administrativo cotidiano dejara el rastro narrativo que sí dejaron las batallas de su marido.
El ángulo menos contado: gobernó mientras se conquistaba un continente
Aquí está la parte de la historia de Isabel de Portugal que casi ningún resumen biográfico breve menciona con el detalle que merece. Su primera y más larga regencia, entre 1529 y 1533, coincidió casi con exactitud con los años decisivos de la conquista del Perú: la expedición de Francisco Pizarro partió hacia el sur en 1531, capturó al inca Atahualpa en noviembre de 1532 y lo ejecutó en julio de 1533, meses antes de que Isabel entregara de nuevo el gobierno a un Carlos que seguía, en ese momento, resolviendo asuntos en el centro de Europa. El Consejo de Indias, encargado de tramitar la administración de los territorios americanos, remitía sus informes y consultas a la Corona residente en España, y durante esos años la Corona residente en España era, en la práctica cotidiana de firmas, audiencias y despachos, Isabel de Portugal. Esto no significa que ella dirigiera personalmente la conquista del Perú desde Castilla —las decisiones militares se tomaban a miles de kilómetros de distancia, con meses de retraso en las comunicaciones—, pero sí que buena parte del aparato administrativo que legitimaba, financiaba indirectamente y procesaba legalmente la incorporación de un imperio entero a la Corona española funcionó, durante ese periodo concreto, bajo su autoridad formal.
Es un dato que rara vez aparece conectado en los relatos en español sobre la conquista de América, mucho más centrados en los conquistadores y en la figura distante de un emperador que, mientras Cajamarca caía, estaba ocupado negociando con príncipes alemanes luteranos y organizando la defensa de Viena.
Una reina que impuso el castellano en su propia casa
Más allá de la gestión administrativa, los historiadores que se han ocupado de su figura —entre ellos los especialistas reunidos en el volumen académico Carolus del Centro Virtual Cervantes— destacan que Isabel insistió en que la administración de su casa y de la corte se llevara en castellano, no en portugués, un gesto que en apariencia es menor pero que sus biógrafos interpretan como una señal deliberada de que su lealtad y su identidad de gobierno estaban puestas en los reinos que gobernaba, y no en la corte de la que procedía. Esa misma firmeza de criterio es la que llevó a Carlos, según coinciden distintos estudios sobre su reinado, a valorar cada vez más las decisiones que su esposa tomaba durante sus regencias, encomendándole responsabilidades de gobierno crecientes a medida que pasaban los años y se prolongaban sus propias ausencias.
Una muerte que dejó a Carlos V de luto para siempre
Isabel tuvo siete embarazos en trece años de matrimonio. El último, en la primavera de 1539, terminó en un parto de un niño que nació muerto, complicado por fiebres que se prolongaron durante dos semanas. Murió el 1 de mayo de 1539 en Toledo, a los treinta y cinco años, sin que Carlos —que se encontraba en otro punto de la Península cuando ocurrió— llegara a tiempo de despedirse de ella. La reacción del emperador fue de un luto que sus biógrafos describen como desproporcionado incluso para los estándares de duelo real de la época: no volvió a casarse, vistió de negro el resto de su vida y encargó a Tiziano varios retratos póstumos de Isabel que conservaría junto a él hasta su propia muerte, casi veinte años después, ya retirado en el monasterio extremeño de Yuste. Sus restos descansan hoy en el Panteón Real del Monasterio de El Escorial, adonde fueron trasladados definitivamente en 1654, más de un siglo después de su muerte.
Por qué esta historia importa hoy
El hijo que Isabel y Carlos sí lograron tener, el futuro Felipe II, heredaría un imperio en el que, gracias en parte a su madre, las coronas de Castilla y Portugal terminarían unidas décadas después. Pero el nombre que ha quedado en la memoria colectiva española es casi siempre el del padre, no el de la madre que sostuvo la gobernación efectiva de esos mismos reinos durante años enteros mientras él resolvía, a caballo entre Italia y Alemania, los asuntos de un imperio que, según la fórmula que se haría célebre poco después, no conocía el ocaso del sol. Que Isabel de Portugal aparezca hoy sobre todo en estudios académicos especializados en la corte de Carlos V, y prácticamente nunca en la conversación pública sobre la España del siglo XVI, dice menos sobre la relevancia real de su gobierno que sobre qué tipo de poder —el que se ejerce en un campo de batalla, frente a un ejército enemigo— seguimos considerando digno de recordarse, y qué tipo de poder —el que se ejerce firmando despachos, recibiendo embajadores y sosteniendo un imperio a distancia— seguimos dando por sentado, sin más, con el nombre de "regencia".