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Isabel Zendal no vacunó a nadie ni erradicó la viruela: la verdad detrás del mito de la "primera enfermera de la historia"

La OMS la reconoció en 1950 por un logro concreto y bien documentado: acompañar a 22 niños a través de dos océanos como guardianes vivos de la vacuna.

✍️ Montse 📅 10 de September de 2026 ⏱ 9 min de lectura 👁 9 visitas
Isabel Zendal no vacunó a nadie ni erradicó la viruela: la verdad detrás del mito de la "primera enfermera de la historia"

Una distinción modesta que acabó traducida como gesta

En 1950, la Organización Mundial de la Salud incluyó a Isabel Zendal en un informe sobre la historia de la enfermería con una frase concreta y comprobable: fue "la primera enfermera de la historia en una misión internacional". No dijo que hubiera vacunado a nadie con sus propias manos, ni que hubiera erradicado ninguna enfermedad, ni que fuera la primera enfermera del mundo a secas. Dijo, exactamente, eso: que acompañó una misión sanitaria fuera de las fronteras de su país. Setenta y seis años después, un repaso por la prensa digital en español encuentra piezas que le atribuyen haber "erradicado la viruela en medio mundo" y la describen como pionera absoluta de la vacunología. Ninguna de esas dos afirmaciones aparece en ningún documento de época, y un artículo académico publicado en 2026 en la revista Cultura de los Cuidados, firmado por el investigador Sergio Savoini Arévalo, ha empezado a rastrear, publicación por publicación, de dónde salió cada exageración y cuándo se coló en el relato como si fuera un hecho contrastado.

De rectora de un hospicio a "enfermera" por decreto

Isabel Zendal Gómez nació el 26 de febrero de 1773 en Santa Mariña de Parada, una parroquia rural del municipio de Órdenes, en A Coruña, hija de una familia campesina. Su madre murió de viruela cuando ella tenía trece años, un dato biográfico que casi todas las versiones divulgativas repiten como explicación implícita de su vocación posterior, aunque ningún documento conecta explícitamente ambos hechos. Hacia los veinte años empezó a trabajar en el Hospital de la Caridad de A Coruña, y el 24 de marzo de 1800 fue nombrada rectora de la Casa de Expósitos de la ciudad, el hospicio donde se acogía a niños abandonados: un puesto de gestión y administración de un centro de beneficencia, con un sueldo de cincuenta reales al mes más ración de pan, no una formación clínica ni una plaza sanitaria en el sentido moderno del término. Fue precisamente esa experiencia gestionando el cuidado cotidiano de niños sin familia la que la convirtió, tres años más tarde, en la persona idónea para un problema muy concreto que tenía la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna.

Un puesto añadido a última hora, y compartido con tres hombres

La expedición promovida por Carlos IV para llevar la vacuna de la viruela a los territorios españoles de ultramar necesitaba resolver un problema logístico concreto: como todavía no existía manera de conservar el virus vacuno en frascos durante meses de travesía marítima, la única forma de mantenerlo activo era transmitirlo de brazo a brazo entre niños no inmunizados, cada nueve o diez días, durante toda la ruta. Eso exigía viajar con un grupo de menores sanos y, según razona la propia documentación de la expedición, con "el alivio de una Mujer de providad" que se ocupara de ellos: así lo recoge el decreto real del 14 de octubre de 1803 que nombró a Zendal "enfermera" de la expedición, dos meses después de que se hubiera cerrado la lista inicial de participantes del 21 de agosto de ese mismo año. No viajaba sola en ese cometido: los archivos de la expedición documentan a otros tres hombres —Basilio Bolaños, Pedro Ortega y Antonio Pastor— encargados también de tareas de enfermería durante el trayecto, unos compañeros que la inmensa mayoría de los reportajes actuales ni siquiera menciona.

Veintidós niños, dos océanos, y una tarea que no necesita exagerarse

El 30 de noviembre de 1803 zarpó de A Coruña la corbeta María Pita con veintidós niños de entre tres y nueve años a bordo, procedentes en su mayoría de la propia Casa de Expósitos que Zendal dirigía —entre ellos su propio hijo, Benito Vélez, de nueve años—. Cruzaron el Atlántico manteniendo la cadena vacunal brazo a brazo, y desde Nueva España, Zendal encabezó después un segundo tramo con veintiséis niños rumbo a Filipinas, zarpando de Acapulco el 7 de febrero de 1805. Uno de los menores murió durante el trayecto. El propio Francisco Xavier Balmis, director de la expedición, escribió en 1806 sobre su desempeño que "infatigable noche y día ha derramado todas las ternuras" en el cuidado de los niños a su cargo: un elogio real, documentado y, para lo que se le pedía, más que suficiente. Nada de eso incluye vacunar personalmente a nadie —esa tarea correspondía a los cirujanos de la expedición—, y sin embargo ese matiz se ha ido perdiendo en el tránsito de la biografía documentada a la leyenda divulgativa.

El ángulo menos contado: cuando la ficción rellena huecos y el periodismo los da por hechos

Savoini Arévalo documenta en su artículo un mecanismo muy concreto de cómo se construyó ese exceso. La novela Saving the World (2006), de la escritora domínico-estadounidense Julia Álvarez, dramatiza a un personaje inspirado en Zendal aprendiendo y practicando personalmente la técnica de vacunación durante la travesía, una escena que la propia investigación reconoce como pura invención narrativa —"una teoría que no se ha demostrado", en palabras del artículo académico— necesaria para dar a la protagonista un papel activo dentro de una trama de ficción. El problema no es que exista esa novela: es que, según rastrea el artículo, elementos como ese acabaron citándose después en piezas informativas y divulgativas como si fueran datos biográficos verificados, en un proceso de "engrandecimiento progresivo" que fue sumando, publicación tras publicación, méritos que ningún documento de época le atribuye. A eso se suma un segundo problema, más simple: durante décadas, ni siquiera su nombre estuvo claro. Antes de que se localizara su partida de bautismo, los archivos y las publicaciones sobre ella manejaban hasta treinta y cinco variantes distintas —Isabel López Gandalia, Isabel Sendalla, Isabel Cendalla y Gómez, entre otras—, un desorden documental que, paradójicamente, dejó más espacio todavía para que la ficción y el error se colaran donde los archivos no daban una respuesta clara.

Un hospital con su nombre, en medio de otra polémica bien distinta

La fama actual de Isabel Zendal no viene solo de reportajes y novelas: en diciembre de 2020, en plena pandemia de covid-19, la Comunidad de Madrid inauguró un gran hospital de emergencias bautizado oficialmente como Hospital de Emergencias Enfermera Isabel Zendal, con un coste declarado cercano a los cien millones de euros. La apertura del centro se produjo en medio de una intensa controversia sanitaria y política —por la falta de plantilla propia, la ausencia inicial de quirófanos completos y las dudas de varios colectivos médicos sobre su utilidad frente a otras inversiones posibles—, una polémica que nada tiene que ver con la biografía de la propia Zendal, pero que disparó de la noche a la mañana las búsquedas de su nombre y, con ellas, la demanda de piezas divulgativas rápidas sobre quién había sido. Ese fue, probablemente, el momento exacto en que el hueco entre lo poco documentado y lo mucho que de pronto había que contar empezó a llenarse con material que no siempre distinguía entre una cosa y otra.

Por qué esta historia importa hoy

Nada de este ejercicio de contraste reduce lo que Isabel Zendal hizo de verdad. Dirigió, sin apenas formación clínica más allá de la práctica cotidiana, el cuidado de un grupo de niños sin familia durante casi tres años de travesía marítima en dos continentes distintos, en una época en que ninguna mujer española había encabezado antes una misión sanitaria fuera de las fronteras del país; eso es, literalmente, lo que la OMS reconoció en 1950, y no necesita ningún adorno adicional para ser una historia notable. Lo que sí revela el rastreo de Savoini Arévalo es un patrón que se repite con otras figuras históricas rescatadas del olvido: la corrección de una ausencia —apenas circulaba una biografía suya con detalle antes de que un hospital de Madrid llevara su nombre en 2020— puede acabar sustituyéndose por otro tipo de distorsión, la del relato que crece con cada nueva pieza divulgativa hasta que ya nadie recuerda cuál fue el hecho original y cuál el añadido. Entre el olvido y el mito hay un término medio, documentado y verificable, que sigue siendo el más interesante de los dos extremos.

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