La espía que enviaba mujeres a morir en Francia y después buscó personalmente sus cadáveres
Vera Atkins entrevistaba a cada agente del SOE antes de enviarlo a Francia y le advertía de que tenía un 50% de probabilidades de no volver. Cuando la guerra terminó, interrogó personalmente a antiguos oficiales nazis.
La mujer que quizás inspiró a Miss Moneypenny pasó la posguerra interrogando a comandantes de campos de concentración
Cuando Ian Fleming empezó a escribir las novelas de James Bond a principios de los años cincuenta, ya conocía desde hacía más de una década a una mujer que había dirigido, con una mezcla de frialdad administrativa y determinación feroz, el reclutamiento de cientos de agentes secretos enviados a la Francia ocupada. Varios biógrafos sostienen que Vera Atkins fue una de las posibles inspiraciones —hay al menos otras tres candidatas identificadas, y ningún documento de Fleming lo confirma de forma explícita— para Miss Moneypenny, la secretaria que todo lo sabe en el cuartel general del espionaje británico. Es una anécdota literaria simpática, pero también una que distrae de lo verdaderamente extraordinario de su biografía: mientras Moneypenny existía solo sobre el papel, Atkins pasó buena parte de 1945 y 1946 recorriendo Alemania en persona, interrogando a antiguos oficiales de las SS para averiguar, agente por agente, cómo habían muerto exactamente las mujeres que ella misma había enviado a la guerra.
De una finca en Rumanía a las oficinas del espionaje británico
Nacida Vera Maria Rosenberg en 1908 en el seno de una familia de origen judío-alemán por parte de padre y británico por parte de madre, creció en una gran propiedad cerca de Bucarest antes de que el ascenso del fascismo y el antisemitismo en la Rumanía de finales de los años treinta empujara a la familia a instalarse en Gran Bretaña, donde adoptó el apellido Atkins, más discreto que Rosenberg en el clima político de la época. Había estudiado idiomas modernos en París y recibido formación como secretaria en Londres, y trabajó como traductora para una petrolera rumana hasta 1937. Esa combinación de idiomas, contactos europeos y capacidad administrativa la convirtió, cuando estalló la guerra, en una candidata natural para la recién creada Dirección de Operaciones Especiales, el organismo que Winston Churchill había ordenado montar para, en sus propias palabras, "incendiar Europa" mediante el sabotaje y la resistencia clandestina.
La mujer que decidía quién estaba preparado para morir por Francia
Se incorporó en 1940 a la Sección F, la rama encargada de las operaciones en Francia, inicialmente como secretaria, pero ascendió con rapidez hasta convertirse en la oficial de inteligencia de mayor peso dentro de la sección y en la mano derecha del coronel Maurice Buckmaster, su responsable formal. A lo largo de la guerra, Atkins participó en la selección, el adiestramiento y la preparación de más de cuatrocientos agentes destinados a la Francia ocupada, entre ellos las treinta y nueve mujeres que la Sección F llegó a infiltrar como operadoras de radio, correos y organizadoras de redes de resistencia, un número inusualmente alto para la época, cuando la mayoría de los servicios de inteligencia aliados desconfiaban de emplear mujeres en el frente clandestino. Era ella quien entrevistaba personalmente a cada recluta y quien, según coinciden distintas biografías, les advertía sin rodeos de que sus probabilidades de sobrevivir a la misión rondaban el cincuenta por ciento; también era ella quien los acompañaba hasta el aeródromo secreto la noche del despegue, la última cara amiga que muchos de ellos verían.
Más de cien de los agentes que pasaron por sus manos —más de uno de cada cuatro— no regresaron. Entre las mujeres que Atkins había reclutado y enviado estaban Noor Inayat Khan, una operadora de radio de origen indio ejecutada en el campo de Dachau, y Violette Szabo, capturada tras un tiroteo con tropas alemanas y ejecutada en Ravensbrück; ambas recibieron a título póstumo la Cruz de San Jorge, una de las máximas condecoraciones civiles británicas.
El ángulo menos contado: la investigación que ella misma llevó a cabo
Lo que distingue a Atkins de otras figuras de la inteligencia aliada en la Segunda Guerra Mundial no es solo lo que hizo durante el conflicto, sino lo que hizo inmediatamente después, cuando la mayoría de sus colegas ya habían sido desmovilizados. Nombrada oficial temporal para participar en las investigaciones sobre crímenes de guerra, Atkins se propuso averiguar el destino de ciento dieciocho agentes de la Sección F que seguían en paradero desconocido al terminar la guerra. Viajó personalmente por la Alemania ocupada, entrevistó a supervivientes de los campos y llegó a interrogar directamente a antiguos responsables de instalaciones como Natzweiler-Struthof y Ravensbrück, reuniendo pruebas que se utilizaron después en juicios por crímenes de guerra, entre ellos el proceso de Ravensbrück. Logró establecer, con distintos grados de detalle, lo ocurrido a todos los agentes desaparecidos salvo uno, incluyendo la confirmación de que al menos cuatro de ellos, entre ellos varias de las mujeres que había reclutado, habían sido quemados vivos por orden de sus captores.
Una biógrafa que planteó preguntas incómodas, sin llegar a una acusación
La investigadora y periodista Sarah Helm, autora de la biografía de referencia sobre Atkins publicada en 2005, documentó en detalle esa investigación de posguerra, pero también señaló algunas inconsistencias en los propios recuerdos que Atkins ofreció en distintas entrevistas a lo largo de su vida, y sugirió que parte de la documentación oficial sobre sus decisiones como reclutadora pudo perderse o ser destruida deliberadamente en algún momento posterior. Helm no llegó a sostener que Atkins ocultara información de forma deshonesta; su conclusión, más matizada, fue que trabajó con recursos y información imperfectos en una época de secretismo extremo, y que su determinación por resolver los casos de los agentes desaparecidos —incluida la parte de su propia actuación durante la guerra que pudiera haber contribuido a algún fallo— fue genuina, aunque incompleta. Es una distinción importante: no hay evidencia sólida de encubrimiento, pero tampoco existe un relato cerrado y sin fisuras de cada decisión que tomó como reclutadora entre 1941 y 1944.
Una identidad que también ella prefirió no exhibir
Hay un paralelismo incómodo entre la investigadora y las agentes que investigaba: Atkins, de origen judío y nacida fuera de Gran Bretaña, no se naturalizó británica hasta 1944, en plena guerra, y varios biógrafos coinciden en que durante años evitó hablar abiertamente de su propio origen familiar, consciente de la desconfianza que ese perfil podía generar en una Gran Bretaña de posguerra marcada por el inicio de la Guerra Fría y la caza de espías. Fue condecorada como Comandante de la Orden del Imperio Británico, recibió la Cruz de Guerra francesa y fue nombrada caballera de la Legión de Honor en 1995, cinco años antes de morir en Hastings, en el sur de Inglaterra, en el año 2000, a los noventa y dos años.
Por qué esta historia importa hoy
Reducir a Vera Atkins a una posible musa de Ian Fleming es quedarse con la anécdota más ligera de una vida que tuvo, en realidad, dos actos igual de duros: primero, decidir durante años qué hombres y mujeres estaban preparados para una misión de la que más de una cuarta parte no volvería, y después, cuando la guerra ya había terminado y nadie se lo exigía, dedicar meses a recorrer un país en ruinas para poder decirle a cada familia, con nombre y fecha, qué le había pasado a quien ella misma había enviado. Esa segunda parte —la investigación, no el espionaje— es la que casi ningún relato en español cuenta con el detalle que merece, y es también la que mejor explica por qué sus antiguos agentes, décadas después, seguían describiéndola como la persona que nunca los abandonó, ni siquiera cuando ya no podía hacer nada por ellos salvo contar la verdad.