La ingeniera cheroqui del programa espacial de EE. UU. que nunca pudo contar en qué trabajaba
Mary Golda Ross fue la única mujer entre los 40 ingenieros fundadores del ultrasecreto Skunk Works de Lockheed. Casi dos décadas después de su muerte, buena parte de lo que diseñó para la carrera espacial sigue sin desclasificar.
Una moneda con la cara de una mujer de la que casi nadie conocía la voz
En 2019, la Casa de la Moneda de Estados Unidos puso en circulación un dólar con el rostro de una mujer que la mayoría de quienes lo recibieron como cambio en una tienda no habría sabido identificar: Mary Golda Ross, ingeniera aeroespacial y una de las figuras clave de los primeros años de la carrera espacial estadounidense. Un año antes, Google le había dedicado un doodle por su 110 aniversario. Sin embargo, casi nadie —ni siquiera buena parte de sus propios familiares— podía explicar con precisión en qué había trabajado durante sus treinta años en Lockheed. No era un descuido de la memoria histórica: era el resultado directo de un juramento de confidencialidad que Ross respetó hasta el final de su vida, y que sigue vigente, en parte, casi dos décadas después de su muerte en 2008.
De una escuela rural de Oklahoma a la primera línea de la ingeniería
Ross nació en 1908 en Park Hill, Oklahoma, en el corazón de la Nación Cheroqui, y era bisnieta de John Ross, el jefe que había liderado a los cheroquis durante el Sendero de Lágrimas y ayudado a reconstruir la nación en el territorio indio tras el desplazamiento forzoso. Se licenció en matemáticas en 1928, a los veinte años, en el Northeastern State Teachers' College de Tahlequah, y pasó nueve años dando clases de matemáticas y ciencias en escuelas rurales durante la Gran Depresión. En 1936 empezó a trabajar como estadística para la Oficina de Asuntos Indígenas en Washington D. C., y un año después fue nombrada consejera de las alumnas del Internado Indígena de Santa Fe, en Nuevo México, mientras completaba un máster en matemáticas por la Colorado State Teachers College.
La Segunda Guerra Mundial cambió su trayectoria. En 1942, Lockheed la contrató como matemática para trabajar en el caza P-38 Lightning, resolviendo problemas de presión y aeroelasticidad con papel, regla de cálculo y una calculadora mecánica Friden: el instrumental que precedió, por más de una década, a los primeros ordenadores electrónicos de uso industrial. Terminada la guerra, en lugar de ser despedida como ocurrió con gran parte de las mujeres que la industria bélica había contratado de forma temporal, Ross hizo algo poco habitual para la época: pidió a Lockheed que la enviara a estudiar ingeniería. La empresa aceptó, y en 1949 se convirtió en la primera mujer nativoamericana en obtener la certificación profesional de ingeniera por la Universidad de California en Los Ángeles.
La única mujer entre los cuarenta fundadores del Skunk Works
En 1952, Lockheed reunió a un grupo reducido de ingenieros para crear una división de desarrollo avanzado que trabajaría, literalmente, puertas adentro y sin ventanas: el Programa de Desarrollo Avanzado, conocido informalmente como Skunk Works por el olor de una fábrica de plástico cercana a sus primeras instalaciones improvisadas. La división, dirigida por el legendario ingeniero Kelly Johnson, había nacido nueve años antes para desarrollar el primer caza a reacción operativo de Estados Unidos en un tiempo récord, y con los años se convertiría en la cuna de proyectos tan emblemáticos como el avión espía U-2 y el SR-71 Blackbird. De los cuarenta ingenieros fundadores de su rama de desarrollo avanzado, Mary Golda Ross fue la única mujer, y también el único miembro nativoamericano del grupo.
Su trabajo allí —según describen tanto Lockheed como el Museo Nacional del Indígena Americano, que hoy custodia parte de su legado— consistió en desarrollar conceptos preliminares de diseño para vuelos orbitales tripulados y no tripulados, satélites de defensa y uso civil, y algunos de los primeros estudios serios sobre viajes interplanetarios, en una época en que la propia palabra "satélite" sonaba a ciencia ficción para el público general. Entre los proyectos que sí han quedado documentados está el cohete Agena, cuyos criterios de diseño desarrolló aplicando investigación en hidrodinámica; el Agena se convirtió en la etapa superior utilizada en las misiones Gemini, en satélites de reconocimiento del programa Corona y en numerosos lanzamientos orbitales civiles y militares durante los años sesenta. Ross también participó en la investigación y evaluación de rendimiento de los misiles balísticos Polaris, lanzados desde submarinos, y más adelante trabajó como ingeniera de sistemas avanzados en los programas de los misiles Poseidón y Trident. Es coautora, además, de un volumen del Manual de Vuelo Planetario de la NASA dedicado específicamente a posibles misiones hacia Marte y Venus, un documento técnico que ayudó a sentar las bases de cálculo de trayectorias interplanetarias años antes de que esas misiones fueran viables.
Lo que no está en ningún expediente público
Aquí es donde la historia de Ross se separa de la de otras pioneras de la ingeniería del siglo XX: gran parte de lo que hizo en el Skunk Works nunca se ha desclasificado. No se trata de una laguna en la investigación biográfica, sino de una decisión deliberada del Departamento de Defensa estadounidense, que mantiene bajo secreto buena parte de los programas de defensa e inteligencia gestados en esa división entre los años cincuenta y setenta. Ross, fiel al juramento que firmó al incorporarse, se negó sistemáticamente a hablar de los detalles de su trabajo incluso en las entrevistas que concedió ya jubilada y con más de noventa años, limitándose a confirmar las líneas generales que Lockheed había autorizado a hacer públicas. Sus propios biógrafos coinciden en que ese silencio no fue reticencia personal ni modestia impostada, sino una forma de profesionalidad que ella consideraba no negociable: había firmado un compromiso y pensaba respetarlo, aunque eso significara que su nombre apareciera en una moneda de curso legal sin que el público pudiera saber, con precisión, por qué se lo merecía.
Una identidad que nunca ocultó, en una época que se lo habría permitido
Lo llamativo es que, mientras guardaba con tanto celo los detalles técnicos de su trabajo, Ross nunca ocultó quién era. En una industria y una época en las que ser mujer y ser nativoamericana representaban una doble barrera de entrada —y en las que muchas profesionales optaban por pasar desapercibidas en ese aspecto—, ella insistía en que su abuelo cheroqui le había transmitido un principio que aplicó a lo largo de toda su carrera: tratar a todas las personas por igual y buscar la armonía antes que la confrontación, un valor que describía como parte de su educación cheroqui y que decía haber aplicado tanto en las salas de reuniones de Lockheed como en su trabajo posterior de mentoría. En 2004, ya con 96 años, acudió a la ceremonia de apertura del Museo Nacional del Indígena Americano en Washington D. C. vestida con un traje tradicional cheroqui de calicó verde que se había hecho confeccionar para la ocasión, en lo que ella misma describió como una de las pocas veces que había vestido un traje tradicional completo en público.
Fue miembro fundadora de la Sociedad de Mujeres Ingenieras desde los años cincuenta y, ya jubilada, dedicó buena parte de su tiempo y de su patrimonio a becar a jóvenes nativoamericanas que quisieran estudiar ciencia e ingeniería, además de colaborar con el Consejo de Tribus de Recursos Energéticos en programas educativos. A su muerte, en 2008, dejó una donación de 400.000 dólares al Museo Nacional del Indígena Americano, una de las mayores aportaciones individuales que había recibido la institución hasta entonces.
Por qué esta historia importa hoy
La paradoja de Mary Golda Ross —una de las figuras mejor documentadas en cuanto a reconocimiento público tardío, y al mismo tiempo una de las más opacas en cuanto a legado técnico concreto— es distinta a la de otras científicas "silenciadas" que suelen protagonizar este tipo de relatos. A ella no le robó el mérito ningún colega ni ningún comité de premios: se lo guardó ella misma, por decisión propia, durante más de sesenta años. Hoy, con satélites, sistemas de posicionamiento y misiones interplanetarias que dependen de principios que se empezaron a esbozar en aquellas salas sin ventanas de Burbank, California, sigue sin poder decirse con exactitud cuánto de lo que calculó Mary Golda Ross llegó realmente al espacio. Puede que ese detalle nunca se conozca del todo, y esa incertidumbre, lejos de ser un vacío incómodo en la investigación, es quizá el rasgo más fiel a cómo ella misma habría querido que se contara su historia.