La leyenda dice que murió de pena esperando en una torre. La torre no existía todavía: quién fue realmente Isabel de Bobadilla
En 1539 asumió el gobierno formal de Cuba mientras su marido, Hernando de Soto, buscaba un imperio en Florida. Litigó, confiscó pleitos y ordenó fortificaciones.
La estatua que corona La Habana lleva el nombre de una mujer que, según los documentos, nunca llegó a verla
Todos los años, miles de turistas fotografían la Giraldilla, la veleta de bronce con forma de mujer que corona la torre del Castillo de la Real Fuerza, en La Habana Vieja, y escuchan la misma leyenda repetida por guías y folletos: representa a Isabel de Bobadilla, esposa del conquistador Hernando de Soto, mirando eternamente hacia el mar en espera de un marido que nunca volvió, hasta morir de pena. Es una historia hermosa. Tiene, sin embargo, un problema de fechas que casi ninguna de esas versiones turísticas menciona: las obras del Castillo de la Real Fuerza no comenzaron hasta el 1 de enero de 1558, bajo la dirección del ingeniero Bartolomé Sánchez, y se prolongaron durante diecinueve años más. Isabel de Bobadilla, según la reconstrucción documental de su vida, ya no estaba en Cuba —y puede que ya hubiera muerto— cuando se colocó la primera piedra de la torre desde la que la leyenda la sitúa esperando.
Nieta del hombre que sustituyó a Colón, hija de un gobernador, esposa de un adelantado
Isabel de Bobadilla y Peñalosa nació hacia 1505 en Castilla, hija de Pedro Arias Dávila —Pedrarias, gobernador de Panamá y de Nicaragua, uno de los conquistadores más poderosos y controvertidos de su generación— y de una madre que llevaba su mismo nombre. Por parte materna descendía de los Bobadilla y los Peñalosa, familias muy próximas a la corte: su abuelo, Francisco de Bobadilla, había sido el hombre que la Corona envió a las Indias en 1499 para sustituir, e incluso arrestar, a Cristóbal Colón como gobernador. En 1536 firmó en Valladolid las capitulaciones matrimoniales con Hernando de Soto, veterano de las campañas del Perú, en un acuerdo que trasladaba a la nueva pareja ganado, tierras y personas esclavizadas propiedad de su padre en Panamá: un contrato, según los documentos conservados, tan político y económico como sentimental. Se casaron en 1537, y en 1538 llegaron juntos a Cuba, donde De Soto había sido nombrado gobernador y, además, adelantado de Florida.
Ese entorno familiar no era una anomalía aislada. Su parentesco con Beatriz de Bobadilla, la aristócrata que fue confidente personal de la reina Isabel la Católica y gobernó de facto la isla de La Gomera durante años, sitúa a Isabel de Bobadilla dentro de un linaje de mujeres castellanas acostumbradas a ejercer poder delegado en ausencia de sus maridos o señores: un patrón que la historiografía tradicional rara vez menciona al presentar la conquista de América como una empresa exclusivamente masculina, protagonizada por hombres que partían mientras sus esposas esperaban, pasivas, en algún puerto castellano.
El nombramiento que la convirtió en gobernadora de pleno derecho, no en una esposa que esperaba en casa
El 17 de mayo de 1539, De Soto zarpó de La Habana al frente de una expedición hacia Florida en busca de un imperio propio, tan ambicioso como el que Pizarro había encontrado en Perú. Antes de partir, otorgó a Isabel de Bobadilla un poder notarial que la convertía en gobernadora de Cuba en su ausencia, con Juan de Rojas como su delegado en La Habana y Francisco de Guzmán en Santiago. No fue un gesto simbólico: los documentos conservados muestran que el propio rey de España se dirigió a ella por carta reconociendo su autoridad, y que ejerció el cargo tanto de hecho como de derecho durante los cuatro años siguientes. Como gobernadora, intervino en conflictos entre colonos e indígenas y impulsó la construcción de La Fuerza, la primera fortificación defensiva de La Habana frente a los ataques de corsarios, precursora directa del castillo que hoy lleva su leyenda en la veleta.
Una gobernadora que litigaba, no solo que administraba
Su ejercicio del poder no se limitó a tareas de representación. Cuando se enteró de que Hernán Ponce de León, antiguo socio de su marido, había iniciado en secreto una demanda contra De Soto por beneficios no repartidos de expediciones anteriores en Perú y Nicaragua, Isabel de Bobadilla actuó con una contundencia que ningún relato romántico sobre ella suele recoger: confiscó personalmente el documento de la demanda, impidió que Ponce de León abandonara La Habana y lo obligó a firmar una renuncia formal a sus reclamaciones. Años más tarde presentó, además, un extenso pleito judicial —un expediente de varios miles de folios, según los archivos que lo documentan— relacionado con disputas entre herederos de varios conquistadores. Es difícil conciliar a esta mujer, capaz de retener a un adversario legal en la ciudad y de sostener un litigio de semejante envergadura, con la figura pasiva y silenciosa que la leyenda de la Giraldilla ha terminado imponiendo.
El ángulo menos contado: ni la torre existía, ni está del todo claro que muriera de pena
En diciembre de 1543, un mensajero llamado Rodrigo Arangel llegó a La Habana con la noticia de que Hernando de Soto había muerto meses antes a orillas del río Misisipi, en el territorio que nunca llegó a conquistar. La leyenda de la Giraldilla sostiene que Isabel de Bobadilla murió de pena poco después, sin apenas sobrevivir a la noticia. Los documentos que reconstruyen el resto de su vida cuentan otra historia, y aquí las fuentes no terminan de coincidir del todo. Varias fuentes documentales indican que, tras la muerte de su marido, subastó miles de bienes —desde una hacienda con trabajadores indígenas hasta un rosario de oro de treinta y dos cuentas— y reunió más de cuatro mil pesos de oro para poder regresar a España, donde, según esas mismas fuentes, habría muerto en 1554: once años después de recibir la noticia que, según la leyenda, la mató de inmediato. La propia Wikipedia en español recoge explícitamente esta contradicción y señala que la tradición habanera que la sitúa muriendo de amor en una torre carece de base histórica documentada, entre otras razones porque esa torre —el Castillo de la Real Fuerza— ni siquiera existía en la Cuba en la que ella vivió. La estatua de la Giraldilla que hoy la representa, obra del escultor Jerónimo Martín Pinzón, se instaló años después de que concluyeran las obras del castillo, es decir, varias décadas después de los hechos que supuestamente conmemora.
Por qué esta historia importa hoy
Nada de esto significa que Isabel de Bobadilla no mereciera un símbolo en la ciudad que gobernó, ni que su historia carezca de un fondo genuinamente conmovedor: perdió a un marido en una expedición fallida al otro lado del golfo de México, y tuvo que rehacer su vida casi desde cero, ya cuarentona, en la España a la que regresó. Lo que sí revela el desajuste entre la leyenda y los documentos es una elección editorial que se repite en tantas otras mujeres de esta serie: entre una gobernadora que confiscaba pleitos, ordenaba fortificaciones y litigaba durante años, y una viuda silenciosa que solo sabía mirar al mar, la memoria popular —y quien la construyó, escultor incluido, mucho después de los hechos— prefirió con claridad la segunda versión. La primera, la que sí puede documentarse, es también la que más tardó en contarse. Quizá porque una gobernadora real resulta, para la memoria colectiva, bastante más difícil de convertir en símbolo bonito que una estatua de bronce mirando el mar en silencio.