La mujer analfabeta a la que un historiador persa llamó 'la más inteligente del mundo': ¿leyenda o realidad?
Sorghaghtani Beki nunca aprendió a leer, pero maniobró para que sus cuatro hijos gobernaran el imperio más extenso de la historia. Los cronistas que ensalzaron su genio trabajaban, sin excepción, para sus propios descendientes.
La mujer a la que nunca le enseñaron a leer, y que decidió qué idioma aprendería cada uno de sus hijos
Hacia 1236, una princesa cristiana que jamás había aprendido a leer ni escribir tomó una decisión que, siglos después, los historiadores señalarían como una de las claves de la supervivencia del Imperio mongol más allá de la muerte de Genghis Khan: decidió que cada uno de sus cuatro hijos varones aprendería una lengua y una tradición administrativa distinta, para que, llegado el momento, ninguno de los territorios conquistados por su suegro se quedara sin un gobernante capaz de entender sus propios documentos oficiales. Esa mujer era Sorghaghtani Beki, viuda de Tolui —el hijo menor de Genghis Khan— y madre de cuatro hombres que, entre 1251 y 1264, ocuparían los tronos más poderosos de Asia: Möngke, gran kan del imperio; Kublai, fundador de la dinastía Yuan en China; Hulagu, fundador del Ilkanato en Persia; y Ariq Böke, que disputó brevemente el título de gran kan a su propio hermano. Ningún otro linaje en la historia ha producido cuatro gobernantes de semejante extensión territorial desde una sola madre, y sin embargo, fuera de los círculos académicos especializados en historia mongola, su nombre apenas circula en español.
De una tribu casi derrotada a la cúspide del poder mongol
Sorghaghtani nació hacia 1198 en el seno de los kereítas, un pueblo mongol de fe cristiana nestoriana —una rama del cristianismo oriental extendida por Asia Central mucho antes de la llegada del islam a la región— gobernado por su tío, el Ong Kan que aparece en las crónicas como aliado y después rival de Genghis Khan. Cuando Genghis derrotó a los kereítas, el padre de Sorghaghtani, que se había mantenido leal a él, negoció el matrimonio de su hija con Tolui, el más joven de los cuatro hijos de Genghis con su esposa principal. La unión, más política que romántica, situó a Sorghaghtani en el centro de la familia gobernante justo cuando el imperio mongol empezaba su expansión hacia China, Persia y Europa oriental.
Viuda con un territorio del tamaño de Europa occidental que administrar
Tolui murió en 1232, posiblemente por las complicaciones de un ritual chamánico en el que se ofreció a beber una poción destinada a curar a su hermano Ogodei, entonces gran kan; las fuentes no son unánimes sobre si el episodio fue literal o una forma simbólica de explicar una muerte por enfermedad. Lo que sí documentan con claridad las crónicas es lo que ocurrió después: Ogodei entregó a Sorghaghtani la administración de las tierras que su marido había gobernado, un territorio que se extendía por Mongolia oriental, el norte de China y partes de Persia. Cuando, en 1236, Sorghaghtani solicitó formalmente que la región de Hebei, en el norte de China, quedara bajo su autoridad directa, argumentó ante la corte que le correspondía por derecho propio porque había sido su marido quien la había conquistado, un razonamiento que la corte aceptó pese a que otorgar semejante poder territorial a una viuda no era la norma en la práctica sucesoria mongola.
Rechazar dos proposiciones de matrimonio para no perder el control de sus hijos
Tanto el propio Ogodei como su hijo y sucesor Güyük propusieron matrimonio a Sorghaghtani en distintos momentos, una oferta que, de aceptarla, la habría vinculado a otra rama de la familia imperial y habría diluido su autoridad directa sobre el futuro de sus propios hijos. Sorghaghtani declinó ambas propuestas alegando que su prioridad era la educación y el porvenir de sus cuatro hijos, una respuesta que los historiadores contemporáneos interpretan como una maniobra política calculada tanto como una decisión personal: mantenerse viuda le permitió conservar, sin compartirla con ningún marido nuevo, la administración de un territorio que en la práctica funcionaba como un estado dentro del imperio.
La maniobra que colocó a un hijo en el trono más alto de Asia
La muerte de Güyük en 1248, en circunstancias que las propias fuentes mongolas describen como sospechosas —hay especulación, no confirmada, sobre si Sorghaghtani tomó parte activa en ella—, abrió una crisis sucesoria entre las distintas ramas de la familia de Genghis Khan. Sorghaghtani aprovechó ese vacío para tejer una alianza secreta con Batu Kan, líder de la Horda de Oro y primo de sus hijos, cuyo apoyo resultaba decisivo para cualquier candidato al trono. Cuando su hijo Möngke fue proclamado gran kan en una primera asamblea celebrada en territorio siberiano, la legitimidad del nombramiento fue cuestionada por no haberse celebrado en el corazón tradicional de Mongolia; Sorghaghtani organizó entonces una segunda kurultai, esta vez en su propio territorio de administración y con la presencia del hermano de Batu, que blindó políticamente la posición de Möngke frente a las ramas rivales de Ogodei y Güyük. Möngke gobernaría como gran kan hasta 1259; a su muerte, otro de los hijos de Sorghaghtani, Kublai, se impondría en la guerra civil sucesoria a su propio hermano Ariq Böke, también hijo de Sorghaghtani, en un enfrentamiento fratricida que ella no llegó a presenciar.
Una tolerancia religiosa calculada, no solo una virtud personal
Aunque nunca abandonó su fe cristiana nestoriana, Sorghaghtani financió la construcción de una madrasa islámica en Bujará y repartió limosnas entre comunidades cristianas y musulmanas por igual, una política de tolerancia religiosa que sus hijos heredaron: ninguno de los cuatro se convirtió al cristianismo de su madre, y cada uno mantuvo relaciones activas con distintas tradiciones religiosas de sus territorios —el budismo y el taoísmo en la China de Kublai, el islam en la Persia de Hulagu—, una estrategia de gobierno que permitió al imperio mongol administrar poblaciones enormemente diversas sin imponer una única fe oficial, algo excepcional en un siglo marcado por las guerras religiosas en buena parte de Europa y Oriente Próximo.
El ángulo menos contado: ¿genio propio o propaganda de sus nietos?
Aquí conviene introducir una cautela que casi ningún artículo de divulgación sobre Sorghaghtani menciona. Las dos fuentes que más han moldeado su reputación como estratega excepcional —el historiador persa Ata-Malik Juvayni y, sobre todo, Rashid al-Din, autor de la célebre frase que la describe como "la mujer más inteligente del mundo"— no eran observadores neutrales: ambos escribieron sus crónicas al servicio directo de los descendientes de Sorghaghtani, en las cortes del Ilkanato fundado por su nieto. Ensalzar la figura de la abuela fundadora de la dinastía formaba parte, de manera más o menos explícita, de legitimar el poder de quienes pagaban esas crónicas. Eso no significa que las alabanzas fueran falsas —el propio enviado papal Giovanni da Pian del Carpine, que no tenía ningún vínculo de lealtad con la familia y visitó la corte mongola como observador externo, también la describió como la mongola más respetada después de la madre del propio Genghis Khan—, pero sí obliga a leer con más matices la imagen casi sin fisuras que ha llegado hasta hoy, especialmente al compararla con el trato mucho más hostil que las mismas crónicas dieron a otras regentes mongolas de la época, como Toregene u Oghul Qaimish, cuyos gobiernos terminaron en purgas y no dejaron detrás cronistas leales a su memoria.
Una tumba cristiana en el corazón de un imperio que ella ayudó a repartir
Sorghaghtani murió en febrero o marzo de 1252, apenas meses después de ver a Möngke coronado gran kan, y fue enterrada según el rito cristiano en una iglesia de la región de Gansu, en el noroeste de China. Su culto no terminó con su muerte: hacia 1310, ya bajo el gobierno de sus descendientes, se celebraba una misa ceremonial en su honor con el título de emperatriz, y en 1335 sus restos fueron trasladados y honrados en Ganzhou. Siglos después, hacia 1480, todavía existía entre los chajares —uno de los grupos mongoles que reivindican la herencia directa de Genghis Khan— un culto dedicado específicamente a su memoria, una pervivencia poco habitual para una mujer que, según todas las fuentes disponibles, nunca aprendió a leer una sola palabra de ninguno de los idiomas que se hablaban en el imperio que ayudó a construir.
Por qué esta historia importa hoy
La paradoja de Sorghaghtani Beki no es la de una mujer a la que la historia le robó el mérito, como ocurre con tantas otras protagonistas de este tipo de relatos, sino casi la contraria: una mujer analfabeta cuya reputación póstuma fue construida, en buena parte, por los cronistas oficiales de sus propios nietos, que tenían todos los incentivos del mundo para exagerar su genio. Que cuatro imperios —China, Persia, Mongolia y la Horda de Oro— reconocieran, aunque solo fuera nominalmente, un mismo origen materno es un hecho verificable que no necesita ninguna crónica interesada para sostenerse. Lo que sigue sin poder separarse del todo, casi ochocientos años después, es dónde termina la estratega real que maniobró para sentar a cuatro hijos en cuatro tronos, y dónde empieza el relato que esos mismos tronos necesitaban contar sobre la mujer que los había hecho posibles.