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La única fotógrafa de guerra del carlismo fue también la primera mujer con carné de conducir de Navarra

Lola Baleztena fotografió los frentes carlistas de la Guerra Civil y organizó a las margaritas de Pamplona. En 1930 ya conducía su propio coche, años antes de recorrer los hospitales de sangre con su cámara.

✍️ Montse 📅 24 de August de 2026 ⏱ 8 min de lectura 👁 27 visitas
La única fotógrafa de guerra del carlismo fue también la primera mujer con carné de conducir de Navarra

Entre siete fotógrafos de guerra carlistas documentados, solo una era mujer

De los fotógrafos que acompañaron a las tropas carlistas y documentaron su actividad durante la Guerra Civil española, la investigación disponible sobre fotografía bélica en el bando sublevado identifica a siete nombres propios. Solo uno de ellos era una mujer: Dolores Baleztena Ascárate, más conocida como Lola, que recorrió los frentes de Vizcaya, Asturias, Aragón, Cataluña, Valencia y Madrid entre 1936 y 1939 cargando su propia cámara y conduciendo, en muchas ocasiones, su propio vehículo, años después de haberse convertido en la primera mujer de Navarra en obtener el carné de conducir.

Una familia carlista de Leiza, y una vocación política y literaria desde joven

Nació el 25 de mayo de 1895 en Leiza, en el valle navarro de Larraun, en el seno de una de las familias de mayor peso dentro del carlismo navarro: su padre, Ignacio Baleztena, y su hermano Joaquín ocuparían con el tiempo cargos de responsabilidad dentro del movimiento tradicionalista. Desde joven mostró inquietudes políticas y literarias que la distinguieron de buena parte de las mujeres de su entorno, colaborando con publicaciones tradicionalistas como Estampa Tradicionalista, Egan, Radica y, sobre todo, El Pensamiento Navarro, el diario de referencia del carlismo navarro, donde décadas más tarde publicaría también sus reportajes fotográficos de guerra.

Recorrer los pueblos de Navarra para organizar un sindicalismo femenino católico

Durante los años veinte, Baleztena dedicó buena parte de su energía a recorrer localidades navarras promoviendo la creación de asociaciones de margaritas, la rama femenina del carlismo, y difundiendo lo que las fuentes disponibles sobre su actividad describen como un "sindicalismo femenino de inspiración católica": una defensa de la organización laboral de las mujeres trabajadoras desde presupuestos religiosos y tradicionalistas, alejada tanto del feminismo liberal como del movimiento obrero de inspiración socialista o anarquista que competía por la misma base social en buena parte de España durante esos años. Llegó a presidir la Asociación de Margaritas de Pamplona, la más numerosa e influyente de Navarra, la región donde el carlismo mantenía su base social más sólida de todo el país.

La Campaña de los Crucifijos y el Socorro Blanco

Durante la Segunda República, Baleztena impulsó dos iniciativas que reflejan bien el tipo de activismo que las margaritas navarras desarrollaron en esos años: la Campaña de los Crucifijos, una movilización de protesta contra la retirada de símbolos religiosos de las escuelas públicas que impulsaron las reformas educativas laicas de la República, y el Socorro Blanco, una red de asistencia a presos y perseguidos políticos de ideología tradicionalista, organizada en un momento en que buena parte del carlismo navarro se sentía objeto de persecución por parte de las autoridades republicanas. Ambas iniciativas muestran a una mujer que, mucho antes del estallido de la Guerra Civil, ya ejercía un liderazgo organizativo que iba mucho más allá de la caridad tradicional con la que se habían fundado las asociaciones de margaritas en 1919.

Una cámara de celuloide 9x6, y un carné de conducir pionero

Hacia 1930, Baleztena empezó a fotografiar con una cámara de celuloide de formato 9x6, documentando actos carlistas, peregrinaciones tradicionalistas a Lourdes y a Roma, y los principales eventos políticos que se celebraban en tierras navarras y vascas. Ese mismo año se convirtió, según recogen las fuentes disponibles sobre su biografía, en la primera mujer de Navarra en obtener el carné de conducir, una combinación de habilidades técnicas —la fotografía y la conducción— que muy pocas mujeres españolas de su generación, y desde luego muy pocas mujeres del entorno tradicionalista navarro, llegaron a dominar antes del estallido de la guerra.

Fotografiar el frente sin retratar al combatiente individual

Lo que distingue el trabajo fotográfico de Baleztena del de sus seis colegas varones documentados, según el análisis disponible sobre la fotografía bélica carlista, es precisamente el tipo de imagen que priorizaba: en lugar del retrato individual del combatiente heroico, que dominaba buena parte de la fotografía de propaganda del bando sublevado, Baleztena prefería las imágenes colectivas de voluntarios, los desfiles y procesiones de las organizaciones juveniles carlistas, los funerales de los caídos, las visitas a los hospitales de sangre y el trabajo de las enfermeras voluntarias en los puestos médicos de primera línea, además de las consecuencias que la destrucción bélica dejaba sobre la población civil de las zonas por las que pasaba.

El ángulo menos contado: una fotógrafa que también era editora y propagandista

Buena parte de lo que se sabe hoy sobre el trabajo fotográfico de Baleztena no procede solo de sus negativos conservados, sino de los reportajes que ella misma publicó en El Pensamiento Navarro, donde no se limitaba a aportar imágenes sueltas, sino que construía montajes y collages visualmente llamativos, en ocasiones retocados para reforzar la simbología carlista, con lo que las fuentes disponibles describen como una estética "casi espiritual". Ese doble papel —fotógrafa de campo y editora de sus propias imágenes para la prensa tradicionalista— la convierte en una figura más cercana a una corresponsal de guerra con control editorial sobre su propio material que a una simple aficionada con cámara, un matiz que ninguno de los escasos artículos disponibles en español sobre ella desarrolla con el detalle que merece. A partir de 1937 combinó ese trabajo fotográfico con su participación directa en las misiones de "Frentes y Hospitales", la red de las margaritas que llevaba suministros a los combatientes y prestaba asistencia sanitaria en las zonas de retaguardia inmediata al frente, un papel que ella misma ejerció como enfermera además de como fotógrafa.

La comparación resulta inevitable con otras fotógrafas que cubrieron la misma guerra desde el bando contrario, como Gerda Taro, cuyas imágenes del frente republicano se convirtieron con el tiempo en un referente internacional del fotoperiodismo bélico del siglo XX. Baleztena nunca alcanzó ese reconocimiento fuera de España, ni falta que le hacía dentro de los circuitos de propaganda tradicionalista para los que trabajaba, pero el contraste entre ambas trayectorias —una consagrada por la historiografía internacional del fotoperiodismo, la otra prácticamente desconocida fuera de los estudios especializados en el carlismo navarro— ilustra bien cómo el reconocimiento posterior de una fotógrafa de guerra dependió, en buena medida, del bando para el que trabajó y de la suerte posterior de la causa que documentaba.

De los negativos de guerra a las novelas y memorias de posguerra

Terminada la contienda, Baleztena abandonó progresivamente la fotografía activa y dedicó buena parte de las décadas siguientes a la escritura, publicando novelas y memorias en las que revisaba, desde la distancia, buena parte de lo que había vivido y documentado durante los años más intensos de su activismo tradicionalista. Murió en Pamplona el 1 de mayo de 1989, a los noventa y tres años, tras una vida que abarcó desde las asociaciones benéficas de margaritas de la década de 1910 hasta la reconstrucción, ya en democracia, de una parte de la memoria fotográfica del carlismo navarro del siglo XX.

Por qué esta historia importa hoy

El archivo fotográfico que Dolores Baleztena dejó tras casi una década documentando el carlismo navarro, primero en tiempos de paz y después en plena Guerra Civil, sigue siendo hoy una de las fuentes visuales más citadas por quienes estudian la iconografía del bando sublevado en el norte de España, y sin embargo su nombre apenas circula fuera de los círculos académicos y de memoria histórica navarra que ya conocían su trabajo. Que la única fotógrafa de guerra documentada del carlismo fuera también la primera mujer de su región en conducir un automóvil no es una simple curiosidad biográfica: es la prueba de que el papel de las margaritas carlistas durante la Guerra Civil incluyó también, más allá de la enfermería y la beneficencia con las que se las suele asociar, un ejercicio de autoría técnica y editorial que la historiografía general del periodo raramente les reconoce.

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