Los jueces nazis la condenaron a seis años; Hitler exigió su cabeza. Por qué Estados Unidos olvidó a Mildred Harnack
Mildred Harnack, nacida en Milwaukee, fue la única estadounidense entre los dirigentes de la resistencia alemana contra el nazismo. Un tribunal militar le impuso una pena de prisión, pero Hitler la anuló y ordenó ejecutarla.
Mildred Harnack ante el tribunal militar del Reich
Poco antes de las nueve de la mañana del 15 de diciembre de 1942, una mujer con traje gris de lana y el pelo rubio recogido en un moño entró en una sala del Reichskriegsgericht, el tribunal militar supremo de la Alemania nazi, en Berlín. Llevaba tres meses y medio encerrada en una celda húmeda, tosía por la tuberculosis que había contraído en prisión y su cuerpo tenía marcas de tortura. Así la describe su sobrina bisnieta, la escritora Rebecca Donner, en un reportaje publicado en HistoryNet. La acusada no era un soldado desertor, que era lo habitual en aquella sala, sino una profesora de literatura nacida en Milwaukee, Wisconsin: Mildred Harnack. Cuatro días después, cinco jueces la declararon culpable de complicidad en alta traición y la condenaron a seis años de prisión. No llegó a cumplirlos. Adolf Hitler, que recibía informes diarios del juicio, anuló la sentencia y ordenó su muerte.
De una clase en Wisconsin a los círculos de Berlín
Mildred Fish nació el 16 de septiembre de 1902 en Milwaukee, en un barrio con tanta población de origen alemán que creció oyendo ambos idiomas. Estudió literatura inglesa en la Universidad de Wisconsin-Madison, donde obtuvo la licenciatura y un máster y empezó a dar clases. En 1926, según el relato que recogen varias biografías, un jurista alemán becado por la Fundación Rockefeller, Arvid Harnack, se equivocó de aula y acabó en su clase. Se casaron ese mismo año. En 1929 se instalaron en Alemania, donde ella enseñó lengua y literatura y tradujo autores estadounidenses, y él entró en el Ministerio de Economía.
La llegada de Hitler al poder en 1933 los encontró en Berlín. Poco a poco, el matrimonio convirtió su círculo de académicos, artistas y amigos en una red de oposición. Según las biografías disponibles, empezaron ayudando a personas perseguidas por el régimen; con el tiempo, pasaron a la información sensible. Aprovechando el cargo de Arvid, transmitieron datos a diplomáticos de la embajada estadounidense y, a partir de 1940, también a la inteligencia soviética, incluida información sobre los preparativos de la invasión de la URSS.
Conviene detenerse en ese último dato, porque explica tanto la importancia de la red como la sospecha que la persiguió después. Según la historiografía sobre el grupo, los avisos que llegaron a Moscú desde Berlín en la primavera de 1941 anunciaban con bastante precisión el ataque alemán contra la Unión Soviética, y Stalin los desoyó. La información era valiosa; la fuente, incómoda. Para Mildred Harnack, además, el riesgo era doble: como extranjera casada con un alto funcionario, cualquier contacto con diplomáticos o con desconocidos podía llamar la atención de la Gestapo. Mantuvo durante años una apariencia de normalidad —clases, traducciones, reuniones de lectura en su casa— que servía a la vez de vida real y de cobertura.
La «Orquesta Roja», un nombre puesto por sus perseguidores
La Gestapo detuvo a Mildred Harnack el 7 de septiembre de 1942. Los servicios de inteligencia alemanes bautizaron a su red y a otros grupos relacionados como Rote Kapelle, «Orquesta Roja», un nombre que sugería una organización comunista dirigida desde Moscú: en la jerga del contraespionaje, los operadores de radio eran «pianistas» y el conjunto de emisoras, una «orquesta». Donner subraya que aquellas personas eran obreros y oficinistas, estudiantes y profesores, periodistas y artistas, y que más del cuarenta por ciento eran mujeres. Setenta y seis fueron juzgados en un proceso masivo ante el tribunal militar.
La sentencia que Hitler no aceptó
Arvid Harnack fue condenado a muerte y ahorcado en la prisión de Plötzensee el 22 de diciembre de 1942. A Mildred, en cambio, el tribunal le impuso seis años. La pena no sobrevivió a la revisión del Führer. Según coinciden HistoryNet y HowStuffWorks, Hitler la anuló y exigió un nuevo juicio, cuyo resultado estaba decidido de antemano: el 16 de enero de 1943 fue condenada a muerte. El 16 de febrero de 1943 la guillotinaron en Plötzensee. Tenía cuarenta años. Es, según esas mismas fuentes, la única ciudadana estadounidense ejecutada por orden directa de Hitler.
Pasó sus últimas semanas traduciendo poemas de Goethe al inglés. Las palabras finales que se le atribuyen, «Y yo que he amado tanto a Alemania», las recogen, entre otros, la asociación de antiguos alumnos de la Universidad de Wisconsin y numerosas biografías; como ocurre con muchas últimas palabras, no existe una transcripción independiente que las confirme.
El ángulo menos contado: el informe del Ejército estadounidense
La parte menos conocida de su historia empieza después de su muerte. En 1946, el Cuerpo de Contrainteligencia del Ejército de Estados Unidos abrió una investigación sobre su ejecución, como parte de la búsqueda de criminales de guerra. Según reproducen tanto HistoryNet como el portal All That's Interesting, un memorando secreto fechado el 21 de noviembre de 1946 concluyó lo siguiente: aunque las acciones de Mildred Harnack eran «loables», había conspirado contra el Gobierno alemán, había sido juzgada, y existía «justificación suficiente» para imponerle la pena de muerte. El Ejército cerró el caso.
Es una conclusión extraordinaria: una investigación estadounidense validó, en la práctica, la legalidad de una condena dictada por un tribunal nazi contra una ciudadana estadounidense que había pasado información a la propia embajada de su país. La explicación que proponen sus biógrafos es el contexto. La Guerra Fría estaba empezando, y los interrogadores oían una y otra vez, de boca de antiguos oficiales nazis capturados, que la Orquesta Roja había sido una red de espías de Stalin. Mildred y Arvid habían pasado información a la URSS, sí, pero también a Estados Unidos. Aun así, como resume HowStuffWorks, quedaron etiquetados como espías comunistas, no como resistentes.
Dos memorias enfrentadas
El resultado fue una memoria partida en dos por el Telón de Acero. En la Alemania del Este, la Orquesta Roja fue presentada como un ejemplo de resistencia antifascista. En la Alemania Occidental y en Estados Unidos, durante décadas, sus miembros cargaron con la sospecha de traición. Su propio país tardó más de cuarenta años en rehabilitarla públicamente: en 1986, el Parlamento de Wisconsin declaró el 16 de septiembre, día de su nacimiento, «Día de Mildred Fish-Harnack» en todo el estado, según la asociación de antiguos alumnos de la universidad.
Por qué esta historia importa hoy
En 2021, Rebecca Donner publicó All the Frequent Troubles of Our Days, una biografía basada en documentos de archivo y cartas familiares que devolvió a su tía bisabuela al debate público en Estados Unidos y recibió el premio del National Book Critics Circle en la categoría de biografía. En español, en cambio, su nombre apenas aparece fuera de alguna mención en listados sobre la resistencia alemana. La historia de Mildred Harnack incomoda por varios motivos a la vez: porque una estadounidense arriesgó la vida contra Hitler en Berlín desde años antes de que su país entrara en guerra con Alemania; porque la clemencia de unos jueces nazis fue revocada personalmente por el dictador; y porque, tras la guerra, el Ejército de su país prefirió darle la razón al tribunal antes que complicar el relato con una resistente que también había hablado con Moscú. La pregunta que deja no es si fue una heroína, sino cuántas historias de la resistencia se quedaron fuera de los libros porque no encajaban en el bando correcto de la guerra siguiente.