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Los médicos dijeron que nunca volvería a caminar; ella diseñó y fabricó 1.451 cazas Hurricane

Elsie MacGill se recuperó de la polio con dos bastones metálicos y se convirtió en la primera ingeniera aeronáutica jefe del mundo. Un cómic de 1942 la llamó 'la Reina de los Hurricanes', pero redujo a viñetas una hazaña industrial mucho más compleja.

✍️ Montse 📅 21 de August de 2026 ⏱ 8 min de lectura 👁 28 visitas
Los médicos dijeron que nunca volvería a caminar; ella diseñó y fabricó 1.451 cazas Hurricane

Una hazaña industrial que un cómic redujo a una viñeta heroica

En enero de 1942, la revista estadounidense True Comics, dedicada a convertir hechos reales en historietas para un público infantil y juvenil, dedicó ocho páginas a una ingeniera canadiense a la que bautizó "la Reina de los Hurricanes". Elsie MacGill, entonces de treinta y seis años, dirigía en ese momento la producción del caza británico Hawker Hurricane en una fábrica de Fort William, en el norte de Ontario, y caminaba apoyada en dos bastones metálicos desde que, trece años antes, la poliomielitis le había paralizado las piernas y un médico le había asegurado que no volvería a levantarse de una silla de ruedas. El cómic la convirtió, con capa dibujada y pose heroica, en una superheroína de guerra. La realidad, menos vistosa que una viñeta pero bastante más difícil de resumir en ocho páginas, era que MacGill supervisaba una planta que había pasado de quinientos a cuatro mil quinientos trabajadores en menos de dos años, y que fabricaba piezas con una precisión que debía coincidir, milímetro a milímetro, con las que se producían a miles de kilómetros de distancia, en las fábricas británicas del mismo avión.

De una casa de jueces y sufragistas a las aulas de ingeniería

MacGill nació en Vancouver en 1905 en una familia poco convencional para la época: su padre era abogado especializado en inmigración y su madre, Helen Gregory MacGill, era periodista, activista sufragista y llegaría a convertirse en la primera jueza de la Columbia Británica. Creció sabiendo que una mujer podía ocupar espacios que la sociedad consideraba reservados a los hombres, y en 1923 se matriculó en la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Toronto, donde fue la primera mujer en cursar la carrera. En 1927 se graduó como ingeniera eléctrica, la primera canadiense en lograrlo, y en 1929 obtuvo en la Universidad de Míchigan un máster en ingeniería aeronáutica, siendo la primera mujer en Norteamérica —posiblemente en el mundo— en conseguir ese título.

La enfermedad que debía dejarla en una silla de ruedas

Poco después de graduarse en Míchigan, MacGill contrajo poliomielitis. Los médicos le anunciaron que no volvería a caminar. Durante los tres años siguientes, mientras se sometía a un largo proceso de rehabilitación y aprendía a desplazarse con dos bastones de metal, siguió trabajando: escribió artículos técnicos de ingeniería aeronáutica desde la cama, y en 1932, ya de pie aunque apoyada en los bastones que usaría el resto de su vida, se incorporó a Fairchild Aircraft en Quebec como ingeniera aeronáutica auxiliar. Allí participó en el diseño del Fairchild Super 71, el primer avión totalmente metálico fabricado en Canadá, y en 1938 presentó ante la Royal Aeronautical Society de Londres una ponencia sobre cálculos simplificados de rendimiento de aeronaves que fue recibida con elogios poco habituales para una ingeniera de menos de treinta y cinco años en ese entorno profesional.

La primera ingeniera aeronáutica jefe del mundo

Ese mismo año, 1938, Canadian Car and Foundry la nombró ingeniera jefe de su división aeronáutica en Fort William, un puesto que, según coinciden las fuentes disponibles sobre su carrera, ninguna otra mujer había ocupado hasta entonces en ninguna fábrica de aviones del mundo. Bajo su dirección, la planta desarrolló primero el entrenador militar Maple Leaf II y, con el estallido de la guerra, se convirtió en una de las líneas de montaje del Hawker Hurricane, el caza que, junto al Spitfire, sostuvo la defensa aérea británica durante la Batalla de Inglaterra. Entre 1939 y 1943, la fábrica de Fort William construyó 1.451 unidades del Hurricane, aproximadamente una de cada diez de las que se fabricaron en el mundo durante la guerra, y MacGill diseñó además el utillaje necesario para producir piezas con la precisión suficiente para que fueran intercambiables con las fabricadas en las plantas británicas del mismo modelo, un requisito logístico que exigía una exactitud casi obsesiva en cada componente.

Bastones de nieve, no solo bastones para caminar

Más allá de la gestión de la producción, MacGill diseñó personalmente adaptaciones técnicas específicas para el clima canadiense: sistemas de deshielo en las alas y un tren de aterrizaje con esquís que permitía operar los Hurricane desde pistas nevadas, una modificación que ningún manual británico del avión contemplaba porque, sencillamente, Gran Bretaña no tenía ese problema. La plantilla de la fábrica llegó a superar los cuatro mil quinientos trabajadores, la mitad de ellos mujeres reclutadas durante la guerra para sustituir a los hombres alistados, un cambio demográfico que MacGill gestionó al mismo tiempo que la propia producción.

El ángulo que el cómic no contó: lo que vino después de la guerra

La imagen de la "Reina de los Hurricanes" con bastones y bata de ingeniera es la que ha sobrevivido en la memoria popular canadiense, en parte gracias a esa portada de 1942. Pero reducir a MacGill a esa etapa, por espectacular que fuera, deja fuera la parte de su carrera que ella misma consideraba más determinante. Terminada la guerra, en 1943, la fábrica de Fort William fue reconvertida para fabricar el bombardero en picado Curtiss-Wright Helldiver y tanto MacGill como el director de la planta perdieron sus puestos en circunstancias que las fuentes disponibles no detallan con precisión. Se casó ese mismo año con el ingeniero E. J. Soulsby y se trasladó a Toronto, donde montó su propia consultoría de ingeniería aeronáutica, especializada en normativa internacional de seguridad aérea. En 1946 fue nombrada asesora técnica de la Organización de Aviación Civil Internacional, y en 1947 se convirtió en la primera mujer en presidir un comité de Naciones Unidas, el de análisis de tensiones estructurales.

De la fábrica de cazas a la comisión que cambió la legislación canadiense

El capítulo menos conocido de su biografía llegó más de dos décadas después de dejar la ingeniería a tiempo completo. En 1967, el gobierno canadiense la nombró comisionada de la Real Comisión sobre la Condición de la Mujer, el organismo encargado de investigar la desigualdad legal, laboral y social de las mujeres en Canadá. MacGill coescribió el informe final, publicado en 1970, que recomendó cambios legislativos de calado en materia de empleo, educación y derechos civiles, y que se convirtió en un documento de referencia para las reformas legales de la década siguiente. En un anexo firmado aparte del informe conjunto, MacGill dejó constancia de su desacuerdo con algunos de sus colegas comisionados en puntos concretos, entre ellos su postura personal a favor de retirar del Código Penal canadiense el delito de aborto, una posición que reflejaba, según recogen biografías posteriores, la misma convicción con la que había entrado en 1923 en una facultad de ingeniería donde no había ninguna otra mujer: que las normas que limitaban las decisiones de las mujeres merecían ser cuestionadas con datos, no con suposiciones. Recibió la Orden de Canadá en 1971.

Por qué esta historia importa hoy

Hay algo revelador en que la imagen que perduró de Elsie MacGill sea la de una heroína de cómic con capa imaginaria, y no la de la ingeniera que gestionó una cadena de producción de precisión industrial extrema mientras caminaba con dos bastones de metal que jamás abandonó, ni la de la comisionada que, ya jubilada de la ingeniería, ayudó a redactar uno de los documentos más influyentes sobre los derechos de las mujeres en la historia legislativa canadiense. Su propia frase sobre cómo quería ser recordada —no solo por sus premios de ingeniería, sino como defensora de los derechos de mujeres y niños— sugiere que ella misma sabía qué versión de su historia corría el riesgo de perderse. Casi noventa años después de que un dibujante le pusiera una capa que nunca llevó, la parte más difícil de resumir en una viñeta sigue siendo la más digna de contarse: la de una mujer a la que le dijeron que no volvería a ponerse de pie, y que en su lugar levantó una fábrica de guerra y, después, una comisión que cambió la ley.

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