¿Mandó Sitt al-Mulk asesinar a su propio hermano, el califa que se creía un dios?
Al-Hakim bi-Amr Allah desapareció una noche de 1021 en El Cairo y nunca se encontró su cuerpo. Su hermana asumió el poder de inmediato, ejecutó a los principales sospechosos y persiguió después la secta que veneraba a su hermano.
Una desaparición nocturna que nunca se resolvió
La noche del 13 de febrero de 1021, el califa fatimí Al-Hakim bi-Amr Allah salió, como tantas otras veces, a caminar en soledad por las colinas de Mokattam, en las afueras de El Cairo, donde solía retirarse a observar las estrellas. No regresó. Durante días, sus guardias rastrearon la zona sin resultado, hasta que encontraron su montura con las patas cortadas y, más tarde, restos de ropa ensangrentada que se le atribuyeron. Nunca apareció un cuerpo. El califa que se había proclamado, en los últimos años de su reinado, una manifestación divina en la tierra —una doctrina que sus seguidores más fervientes convertirían después en la fe drusa— fue declarado muerto sin que nadie pudiera explicar con certeza qué le había ocurrido. Quien asumió el control del imperio fatimí en cuestión de horas, y con una eficacia que sorprendió incluso a sus propios cortesanos, fue su hermana: Sitt al-Mulk.
La hija favorita de un imperio que se extendía de Túnez a Siria
Sitt al-Mulk nació en septiembre u octubre del año 970 en al-Mansuriya, en la actual Túnez, hija del califa al-Aziz Billah y, con toda probabilidad, de una concubina cristiana melquita de origen bizantino, quizás procedente de la aristocracia provincial de Sicilia. Su padre la favoreció desde niña de una forma que no era habitual ni siquiera entre las princesas fatimíes: le concedió un palacio propio, atendido por cuatro mil sirvientas, y una unidad militar personal. Heredó además a la confidente esclava de su madre, Taqarrub, que se convirtió, en palabras de sus biógrafos, en su espía particular dentro de palacio. Bella según las crónicas, y con un instinto político que sus contemporáneos reconocían sin reservas, Sitt al-Mulk nunca se casó, una decisión que le permitió evitar las complicaciones dinásticas que un matrimonio habría introducido en la sucesión del califato.
De intermediaria de confianza a rival declarada
Durante los primeros años del reinado de su medio hermano Al-Hakim, que ascendió al trono en el año 996 con apenas once años, la relación entre ambos fue cordial: ella recibía rentas de propiedades que generaban cien mil dinares de oro al año y actuaba como intermediaria entre los súbditos que buscaban audiencia con el califa. Pero el gobierno de Al-Hakim se fue volviendo cada vez más errático —prohibiciones arbitrarias sobre el comercio nocturno, la venta de ciertos alimentos o la presencia de mujeres en la calle, además de una persecución intermitente contra cristianos y judíos que en ocasiones alcanzó también a musulmanes disidentes— y la relación entre los hermanos se deterioró en paralelo. El punto de ruptura llegó en 1013, cuando Al-Hakim designó como heredero a un primo, Abd al-Rahim ibn Ilyas, apartando a su propio hijo, Ali. Sitt al-Mulk se opuso abiertamente a esa decisión y llegó a proteger en su propio palacio al niño Ali y a su madre, Ruqayya. Al-Hakim, cada vez más receloso, empezó a sospechar —sin que las fuentes aclaren si con fundamento— que su hermana mantenía amantes en la corte, una acusación que en el contexto de la época equivalía a una amenaza directa contra su vida.
Lo que dicen las crónicas, y lo que los historiadores todavía discuten
Aquí es donde las fuentes contemporáneas se separan, y donde la honestidad histórica obliga a exponer las versiones por separado en lugar de fundirlas en un solo relato. El cronista Hilal al-Sabi, escribiendo poco después de los hechos, implica directamente a Sitt al-Mulk: sostiene que, temiendo ser asesinada ella misma, conspiró junto al general kutama Ibn Dawwas para eliminar a su hermano tras una disputa sobre el rumbo del Estado. Otro cronista, al-Quda'i, relata que, ya en el poder, Sitt al-Mulk «ordenó ejecutar a todos los que habían participado en la conspiración para matar a Al-Hakim», un dato que los historiadores modernos leen con sospecha: eliminar a los supuestos conspiradores era también la forma más eficaz de silenciar a cualquiera que pudiera señalarla como instigadora. Un tercer cronista, Yahya de Antioquía, no menciona en absoluto su implicación. Entre los historiadores contemporáneos tampoco hay consenso: Yaacov Lev y Fátima Mernissi consideran su participación «probable»; el arabista alemán Heinz Halm la califica de «dudosa», recordando que otros muchos miembros de la corte —empezando por el propio Ibn Dawwas— tenían motivos de sobra para desear la muerte de un califa cada vez más impredecible. Halm reconoce, sin embargo, que «los rumores fueron persistentes» y que el propio Al-Hakim desconfiaba abiertamente de su hermana en sus últimos meses de vida.
El ángulo menos contado: una regenta que purgó tanto a los sospechosos como al culto de su hermano
Lo que casi ningún resumen divulgativo de esta historia explica con detalle es la rapidez y la precisión con que Sitt al-Mulk actuó una vez desaparecido Al-Hakim, algo que por sí solo alimenta las sospechas sobre su implicación aunque no las demuestre. En cuestión de días repartió dinero entre dignatarios y mandos militares para asegurarse su lealtad, coronó al hijo de Al-Hakim como el nuevo califa Al-Zahir li-i'zaz Din Allah —un adolescente de apenas dieciséis años sobre el que ella ejercería el poder real— y, acto seguido, ejecutó al general Ibn Dawwas, el mismo hombre al que las crónicas señalan como su presunto cómplice, y atrajo con engaños de vuelta a Egipto al heredero rival, Abd al-Rahim ibn Ilyas, para encarcelarlo y ejecutarlo también. Con sus posibles cómplices y sus posibles rivales muertos, ninguna versión de los hechos podía ya contradecir la suya. Como regenta, revirtió con rapidez buena parte de las políticas más destructivas de su hermano: canceló las concesiones económicas arbitrarias, restableció los impuestos aduaneros, permitió de nuevo que las mujeres salieran a la calle y que se escuchara música y se bebiera vino, y autorizó el regreso a su fe original de quienes habían sido obligados a convertirse. Pero persiguió con la misma firmeza a los primeros seguidores de la doctrina que proclamaba a Al-Hakim como una encarnación divina —el germen de lo que hoy se conoce como la fe drusa—, expulsándolos de Egipto hacia las montañas del Líbano, donde la comunidad drusa se mantiene hasta la actualidad. Sofocar el culto a su propio hermano, mientras gobernaba en su nombre formal, es quizá el gesto que mejor resume la posición imposible en la que se encontraba: heredera de un poder que nunca pudo reclamar como propio, porque su nombre, como el de cualquier mujer del califato, no podía pronunciarse en la jutba, el sermón del viernes que en el islam medieval certificaba quién ostentaba legítimamente la soberanía.
Una muerte discreta, un poder que no llegó a tener nombre
Las propias fuentes medievales no coinciden en cuánto tiempo conservó Sitt al-Mulk el control real del Estado: el cronista al-Musabbihi sostiene que su influencia se diluyó con rapidez en manos de nuevos funcionarios cortesanos, mientras que al-Maqrizi afirma que mantuvo las riendas del gobierno hasta el final de su vida. Sitt al-Mulk murió de disentería el 5 de febrero de 1023, a los cincuenta y dos años, sin haber cerrado las negociaciones que mantenía con el Imperio bizantino por el control de Alepo. Gobernó, según el historiador Yaacov Lev, con la «hayba» —el respeto casi reverencial— que se esperaba de cualquier soberano legítimo, pero lo hizo siempre desde una posición que las propias normas de su época se negaban a reconocer con un título formal. Mil años después, la pregunta que planteó la desaparición de su hermano sigue sin respuesta definitiva: si Sitt al-Mulk ordenó su muerte, o si simplemente supo, mejor que nadie en la corte fatimí, qué hacer con el vacío de poder que esa muerte dejó abierto.