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Manuela Malasaña no llevaba cartuchos para su padre: su padre ya estaba muerto

La versión que todo el mundo repite dice que murió socorriendo a su padre en el Parque de Monteleón el 2 de mayo de 1808.

✍️ Montse 📅 29 de August de 2026 ⏱ 8 min de lectura 👁 8 visitas
Manuela Malasaña no llevaba cartuchos para su padre: su padre ya estaba muerto

Un padre que ya estaba muerto no pudo recibir cartuchos de nadie

Cada 2 de mayo, en el barrio de Madrid que lleva su nombre, alguien vuelve a contar la misma escena: una joven costurera corre entre el humo del Parque de Artillería de Monteleón cargando cartuchos para su padre, que dispara contra las tropas francesas, hasta que una bala la alcanza y cae junto a él. Es una imagen poderosa, reproducida en esculturas, guías turísticas y cientos de artículos. Tiene un problema: según la investigación documental del historiador Carlos Cambronero, que rastreó los archivos municipales de Madrid, Juan Malasaña, el padre de Manuela, había muerto antes de que estallara el levantamiento del 2 de mayo de 1808. No pudo estar en Monteleón. No pudo recibir cartuchos de nadie. Y sin embargo, esa escena inexistente sigue siendo, con diferencia, la versión más repetida de cómo murió una de las heroínas más citadas de la historia de España.

Diecisiete años, un taller de bordados y dos fechas distintas de muerte

Lo que sí puede documentarse con relativa solidez es esto: Manuela Malasaña Oñoro nació en Madrid en 1791, hija de Juan Malasaña Pérez, un artesano de instrumentos musicales de origen vallecano con raíces francesas, y trabajaba como bordadora o costurera en un taller cercano a su domicilio. Tenía diecisiete años cuando murió, en los días del levantamiento popular madrileño contra la ocupación napoleónica que Francisco de Goya inmortalizaría después en sus dos lienzos más conocidos, El dos de mayo y Los fusilamientos del tres de mayo. Ahí aparece ya la primera grieta en el relato: mientras la tradición popular sitúa su muerte el día 2, el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia y varias fuentes documentales la datan el día 3, coincidiendo precisamente con la jornada que Goya retrató en su cuadro de los fusilamientos. No es un detalle menor. Cambia por completo el escenario: no una joven alcanzada por una bala perdida en pleno combate callejero, sino una ejecución sumaria del día siguiente, cuando el mariscal Joachim Murat ya había ordenado desarmar Madrid y fusilar sin juicio a cualquier civil sorprendido con un arma.

"Sin más examen la fusilaron": lo que dice una revista de 1896

Esa es, precisamente, la segunda versión, más árida y menos cinematográfica que la de los cartuchos, pero sostenida por documentación de época. La revista La Ilustración Artística recogió en 1896 una fórmula que ha sobrevivido casi intacta hasta hoy: a Manuela la detuvo una patrulla francesa cuando volvía de su taller de costura, y al registrarla y "encontrase, pendientes de la cintura, las inofensivas tijeras, instrumento de su profesión, sin más examen la fusilaron". No hay heroísmo narrado en esa frase, solo un detalle burocrático y brutal: un objeto de trabajo, unas tijeras de bordadora, interpretado como arma prohibida por una tropa de ocupación que había recibido la orden de ejecutar a cualquier madrileño armado, sin distinguir entre un fusil y unas tijeras de costura. La bibliógrafa e historiadora Francesca Peyrou, autora del estudio de referencia sobre su figura, Manuela Malasaña. De joven costurera a mito madrileño (2009), es una de las voces académicas que han intentado desenredar qué parte de esta historia responde a hechos verificables y cuál se construyó después, cuando Madrid necesitaba nombres y rostros concretos para una jornada en la que, según los recuentos de la época, murieron más de cuatrocientas personas casi todas anónimas.

El origen del mito tiene fecha: 1876, sesenta y ocho años después

La versión romántica de Manuela socorriendo a su padre en Monteleón no aparece en ningún documento contemporáneo a 1808. Se fija por escrito casi setenta años después, en la Guía de Madrid que el escritor y político Ángel Fernández de los Ríos publicó en 1876, en pleno auge del relato patriótico decimonónico que necesitaba convertir el levantamiento contra Napoleón en una épica coral de nombres propios. Fernández de los Ríos no inventó a Manuela Malasaña —existió, murió esos días, y su nombre aparece en los registros de víctimas—, pero sí parece haber construido, o al menos fijado en la memoria colectiva, el episodio concreto de los cartuchos y el padre artillero, una escena que encajaba mejor con el imaginario heroico que la escultura de Antonio Moltó y Lluch reproduciría después en terracota, hoy conservada en el Museo de Historia de Madrid. El escultor esculpió la leyenda, no el acta.

El ángulo menos contado: una víctima civil convertida en combatiente porque el relato lo necesitaba

Aquí está la parte de la historia de Manuela Malasaña que la mayoría de los resúmenes turísticos evitan, probablemente porque resulta menos vendible que la imagen de la joven heroica cargando munición bajo el fuego. Si el acta de defunción de su padre es correcta y él ya había muerto, y si la versión de las tijeras confiscadas como arma prohibida tiene más respaldo documental que la del combate en Monteleón, entonces la historia real de Manuela Malasaña no es la de una combatiente que murió luchando, sino la de una víctima civil, una adolescente que trabajaba de costurera, ejecutada sin juicio por una patrulla de ocupación que aplicaba con brutalidad indiscriminada una orden diseñada para aterrorizar a toda la ciudad, no para responder a una amenaza real. Esa distinción importa. No porque reste dignidad a su muerte —el fusilamiento sumario de una menor de edad por llevar un utensilio de costura es, si acaso, un dato todavía más perturbador que el de la heroína caída en combate—, sino porque revela cómo funciona la construcción de la memoria histórica: Madrid del siglo XIX necesitaba una Juana de Arco doméstica, una joven armada de valor y pólvora, no la imagen mucho más incómoda de una chica ejecutada por error, o por crueldad gratuita, mientras volvía de trabajar.

Lo que las fuentes no logran ponerse de acuerdo

Conviene ser honestos sobre los límites de lo que puede afirmarse con certeza. Ni siquiera los historiadores que han revisado el caso coinciden en todos los detalles: la fecha exacta oscila entre el 2 y el 3 de mayo según la fuente consultada; algunas versiones sostienen que las tijeras eran de bordar y otras que eran de sastre; y no existe un acta de defunción única y definitiva, ampliamente aceptada, que zanje toda duda sobre las circunstancias exactas de su detención. Lo que sí sostienen de forma convergente varias investigaciones documentales, incluida la de Cambronero recogida por distintos medios especializados en historia de Madrid, es que la premisa central del relato más difundido —una hija socorriendo a un padre combatiente— no resiste el contraste con los registros del propio Ayuntamiento de Madrid.

Por qué esta historia importa hoy

El barrio de Malasaña, epicentro de la movida madrileña de los años ochenta y hoy una de las zonas más visitadas de la capital, lleva su nombre desde 1961, cuando el Ayuntamiento franquista rebautizó la antigua plaza de Maravillas en homenaje a la heroína popular del Dos de Mayo. Miles de personas pasean cada día por esas calles sin saber que el relato que da nombre al barrio —la joven que murió defendiendo a su padre con las armas en la mano— probablemente no ocurrió tal y como se cuenta, y que la versión documentalmente más sólida es la de una adolescente ejecutada por llevar puestas las herramientas de su oficio. Que España haya preferido, durante siglo y medio, contar la primera versión antes que la segunda no dice tanto sobre lo que le pasó a Manuela Malasaña como sobre qué tipo de heroísmo femenino ha resultado siempre más fácil de conmemorar: el de la combatiente armada, no el de la víctima civil de una represión indiscriminada. Puede que ambas mereciesen, igualmente, dar nombre a un barrio entero de Madrid.

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